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Ciudad Mante
jueves, diciembre 8, 2022

Día de Muertos      

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Por: Consuelo González del Castillo    

Ayer, Día de Muertos, después de desayunar, me dispuse a cumplir con la tradición que he vivido desde pequeña. Fui a visitar el lugar donde descansan los restos de mis padres en la Iglesia de San Francisco en la ciudad de Querétaro. 

Las criptas se encuentran en un lugar subterráneo, muy frío, helado diría yo, se percibe un olor a humedad que te remonta a lo viejo, caduco… sin uso.

Pareciera que estás dentro de una madriguera, subes, bajas y caminas por pasillos muy estrechos donde de lado a lado están las catacumbas que resguardan los restos mortales de quienes algún día fueron personas con sus “ires y venires” en sus vidas. 

No pude evitar ir revisando nombres, fechas, epitafios y recuerdos…Niños, jóvenes y adultos. “No hay edad para desaparecer”, pensé. 

Por fin me detuve frente a la bóveda sellada con una piedra plana grabada con los nombres de mis padres. Recé por el eterno descanso de sus almas, oré por los vivos y agradecí al cielo por los favores recibidos… para luego emprender el regreso.

Camino a casa llegaron a mí, algunas imágenes de mí niñez. Estas fechas eran muy importante para nosotros o por lo menos así nos lo hacía sentir mi madre. Todo comenzaba un fin de semana antes del Día de Muertos. 

Nunca nos negamos o sentíamos pereza para salir muy temprano rumbo al panteón en mi querida ciudad Mante, más bien nos daba gusto participar en la preparación de lo que para nosotros era un festival.  No recuerdo a qué edad me sumé o me sumaron a esta tradición. Era mi madre y los más chicos de la familia los que llegábamos al camposanto con el equipo necesario para lavar las tumbas de nuestros familiares, entre ellos mi padre, mi abuelo y mi tía Consuelo. 

Después de un año a la intemperie soportando lluvias y vendavales, las lápidas se encontraban llenas de moho, tierra y cualquier cosa que nos podamos imaginar. Recuerdo cómo poco a poco iban quedando otra vez blancas, en su color original. Mi madre era la que decidía cuándo ya estaban perfectamente limpias y eso nunca ocurría en el primer día de nuestra encomienda. 

Lo que sí sucedía era que para el dos de noviembre ya estaban impecables, listas para ser adornadas con coronas de flores que con anterioridad se habían mandado a elaborar. 

¡Qué orgullosos nos sentíamos! El cansancio había valido la pena. En ese entonces, nosotros no entendíamos que esa era la forma de honrar a nuestros muertos. Ahora también sabemos que son ellos,   con sus legados, los que fueron formando las raíces de nuestras vidas. 

Al año siguiente se repetía la misma historia. Hoy, muchos años después, continuamos  privilegiando su recuerdo sobre el olvido. 

 

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