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martes, octubre 4, 2022

ENTRE RECUERDOS Y ROPEROS DE DOS GRANDES MAMÁS

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POR: CONSUELO GONZÁLEZ DEL CASTILLO

“Toma el llavero, abuelita y enséñame tu ropero”, dice la canción de Gabilondo Soler, mejor conocido como Cri-Cri. 

No hay nada más entrañable que recordar los días en que siendo niñas le pedíamos a mi querida abuela que nos enseñara, una vez más, los tesoros que guardaba en su ropero con tanto celo y protección.

No olvido aquel mueble de madera color chedrón con tres largos compartimentos, al lado derecho guardaba los vestidos que usaba en las elegantes fiestas de sus hermanos, eran de encaje, perfectamente confeccionados. A la izquierda tenía abrigos, suéteres y zapatos que siempre parecían recién comprados.

La puerta de en medio tenía un espejo con un corte ondulado en dos de las esquinas y cuando la abría, para nosotros (mi hermana pequeña y yo) por más veces que la hayamos repasado visualmente siempre seguía siendo una auténtica caja de sorpresas.

Ahí guardaba pudorosamente su ropa interior: aquellos medios fondos o fondos enteros que hace mucho tiempo dejaron de existir y demás prendas íntimas que escondía con recato. Hasta arriba tenía el cepillo para el pelo, algunos “incaibles” como le decía ella a los pasadores para el cabello y otras pertenencias como sobres o bolsitas donde guardaba el dinero que gastaba con sumo cuidado. ¡Ah…! olvidé nombrar sus enormes mantillas españolas que usaba todos los domingos para ir a misa.

Lo más emocionante era cuando sacaba la caja de fotografías. A ella también le hacía ilusión adentrarse en los recuerdos, nos explicaba con detalle cada imagen impresa que iba sacando. Así conocí a mis antepasados, a mi abuelo, a mi padre y a mis tíos cuando eran jóvenes o aún niños. 

El ropero de mi madre era mucho más austero que el de su suegra. No recuerdo ropa colgada, tan vez algún abrigo o alguna chamarra de mis hermanos. También tengo presente una caja llena de documentos de ocho hijos: actas de nacimiento, calificaciones, fe de bautismo, certificados de escuela y demás y cómo no traer a mi memoria el libro de oraciones y un rosario con cuentas negras con un crucifijo dorado.

La sensación más hermosa era cuando le pedíamos que abriera el alhajerito color plata y negro que le había regalado mi papá cuando eran novios. Ahí tenía el tesoro más grande que puede guardar alguien que ha amado con intensidad: las argollas de matrimonio y su anillo de compromiso. Al lado de esas tres “joyas”, tenía un pequeño envoltorio de papel china que alguna vez fue blanco, en ese entonces era ya amarillento, pero se mantenía liso y firme por el cuidado con que se conservaba…la emoción era grande cuando empezaba a desenvolverlo con sumo cuidado para dejarnos ver el preciado recuerdo. Ahí guardaba unos pequeñísimos huesos de la nariz de mi padre, resultado de una operación de fractura ocasionada por la patada de un caballo. Para mi hermanita y para mí era lo más cercano que teníamos de él pues había fallecido cuando apenas teníamos uno y dos años. 

No solo para nosotros era fuerte el sentimiento, pues la mirada de mi mamá lo decía todo. Reflejaba el dolor de madre ante sus pequeñas hijas regocijándose con algo tan diminuto que había pertenecido al padre que no conocieron. 

Esperemos que ahora nuestros hijos y nietos nos canten: “Toma el llavero y enséñame…tu corazón”, porque ya no se usan los roperos. 

Ojalá y estemos prestos y alegres para abrirlo y encuentren amor, respeto, ternura, esperanza y tiempo para quererlos. 

  

 

 

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