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Ciudad Mante
miércoles, febrero 8, 2023

LECTURA CONALEP

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POR: CARLOS ACOSTA

1Llegamos, Esperanza y yo, a las diez de la mañana al Conalep Mante. Era un día de mediados de noviembre. La temperatura ambiental andaba alrededor de los dieciocho grados Celsius, así que íbamos, ambos, con pantalón de mezclilla y sobre–camisas de manga larga. En el portón, nos esperaba la maestra Lucy Álvarez. Cuatro días antes, ella me había hablado por teléfono: queremos invitarle a celebrar con nosotros el día nacional del libro. Lo pensé tres segundos. Sí, claro, cuenten conmigo; llevaré unos ejemplares de mi novela Espejos que se aclaran; haremos una lectura de algunos fragmentos y la comentaremos. Muy bien ¿A dónde le llevamos la invitación por escrito para darle a ésta mayor formalidad? No es necesario maestra, si gustan, con la palabra de usted y la mía, queda formalmente hecha la invitación ¿De verdad? Sí, de veras. De acuerdo, entonces lo esperamos el lunes a las diez de la mañana.

2Antes de pasar al Auditorio, nos recibieron en la sala de espera de la Dirección. Ahí estuvimos algo así como quince minutos, mientras los alumnos iban llegando. Al entrar al salón donde sería la charla, Esperanza encontró un lugar entre el alumnado y, de una buena vez, empezó a tomar fotografías. Yo pasé a el lugar que me correspondía en la mesa que estaba enfrente. La maestra Chely Herrera, a nombre del director del plantel, C. P. Daniel Antonio Cruz Hernández, nos dio la bienvenida y recordó que esta no era la primera vez que les visitábamos. Acto seguido la profesora Elvia María Ávalos, maestra de ceremonias, informó que el día nacional del libro en México es celebrado el doce de noviembre, por ser la fecha en la que nació la célebre poeta Sor Juana Inés de la Cruz. Después leyó una breve semblanza de mi quehacer como escritor. Escritor es un oficio que, a fin de cuentas, después de tantos años, he decidido aceptar para mi persona: decidí hacerlo con alegría y recato. 

3Acto seguido tomé la palabra: Como lo ha referido la maestra Chely, no es esta la primera vez que vengo a leer a Conalep Mante, antes he venido a leer el cuento Celeste, el libro de memorias Sesenta vueltas al sol, y los poemas de Manuscritos rechazados. Gracias a ustedes por su presencia hoy aquí y, en especial, gracias por su paciencia para escuchar. Expliqué un poco de qué iba el tema de la novela. Y empecé a leer: Ella encendió un cerillo en la oscuridad. Recuerda padre. Acuérdate. Mira el espejo. Ve más allá de tus pupilas. Sigue el rumor de la sangre por las venas y las arterias. Entra como si fueras el aire en cada inspiración. Llega a lo más hondo y no vuelvas. No al menos por ahora. Haz vida en lo largo de los huesos, lo breve de los músculos, la vertiente de las emociones. Pervive en cada rizo enmarañado del cabello. Explora el número de neuronas, lo innumerable de los poros. Recuerda padre. Acuérdate. Algunos de los oyentes –jovencísimos todos, quince, diecisiete años, no más– daban rienda suelta a las inquietudes propias de la edad y buscaban, por lo bajo, jugar y platicar, pero a medida que avanzó la lectura, fueron quedando, uno a uno, casi todos, atentos. 

4 Terminé la primera parte de la lectura y estalló un generoso aplauso. Luego, proseguí en otro capítulo que versa ya del tema en sí de la novela: Nacida en un país lejos del lugar donde fuera concebida, Salka pertenece a esas generaciones, hijas de africanos, nacidas en México. Al principio no fue motivo de interés para propios ni extraños el hecho de que así sucediera. Con el paso del tiempo y la llegada del siglo veinte, surgieron algunas voces grupales que se autonombraron “descendientes de africanos”, hecho evidente por demás. Pero en documentos sociológicos, demográficos, en la historia oficial del país, eran invisibles. En realidad, ambas lecturas fueron más extensas de lo expuesto aquí, pero por razones obvias no es posible transcribirlo todo en este espacio. Al terminar de leer esta segunda parte, otra vez sobrevoló en el ambiente del Auditorio, una parvada de esas palomas transparentes que son los aplausos.

5 Luego siguió la sesión de Preguntas y Evasivas. La primera de estas, resultó interesante por demás y mostró que se habían escuchado con atención las lecturas: es un tema que trata sobre la discriminación que vive ese grupo poblacional en nuestro país. Así es asentí, y algo que podría considerarse superado, desafortunadamente, aún sigue vigente en nuestros días. Luego siguieron otras participaciones: Desde cuándo escribe, preguntó una alumna. Mmh, lo pensé dos veces, bueno, en realidad yo comencé a escribir a la edad de seis años, cuando empecé a ir a la escuela. Los estudiantes respondieron con un coro espontáneo de risas, habían comprendido la broma. A decir verdad, esta respuesta es un poco de recreo, agregué, discúlpame, pero es para tratar de hacer más fluida la comunicación. Fue en la escuela preparatoria –ahora sí respondí a la pregunta como tal– cuando empecé a pergeñar versos, a llenar de letras cualquier hoja en blanco que encontrara, fue cuando tenía la edad que ustedes tienen ahora. ¿Cuánto es lo que más se ha tardado para escribir un libro? A esta pregunta respondí que, para escribir Marotas –un poema de largo aliento que consta, a su vez, de doce poemas– había tardado diez años. La expresión de asombro se hizo murmullo evidente. Luego alguien más interrogó: y qué le dice el doctor al escritor (y viceversa, comprendí). Bueno, era una pregunta que nunca me habían hecho, pero atiné a decir que ambos se llevan bien, que se miran con respeto y ternura y que en realidad nunca han estado en conflicto. Después siguieron muchas más preguntas. Celebro que sean ustedes tan preguntones, dije. Y ellos, ellas, otra vez aplaudieron.

6 Por cada participación del alumnado, íbamos entregando un libro a quienes lo hicieran. Así que, casi durante toda la sesión, siempre hubieron, varias manos alzadas a la vez. De esta manera, llegó el momento en que se terminaron los ejemplares que traíamos. Aun así, varias manos seguían en lo alto con una pregunta por hacer. Momentos después vino la firma de libros. Se hicieron dos filas de muchachos y muchachas, se sumaron algunas maestras. Y también dejé un ejemplar para la biblioteca. Firmé los libros de quienes lo solicitaron. Nos tomamos fotografías varias. Escuché enhorabuenas, felicitaciones y una que otra pregunta que había quedado pendiente. Volví a sentir, como en otros lugares y en otras lecturas, que esta, es también una manera de ser feliz, al menos para mí. Aunque por momentos, dado sus risas y jugueteos que no cesaban, parecía que ellos, ellas, también lo eran. Ah, respiré hondo cuando me percaté de ello, y enseguida pensé ¿Qué más pedir?…

7 Volvimos a casa en el March color vino tinto. Veníamos a poca velocidad. Ya eran poco más de las doce mediodía y a esa hora el bulevar estaba lleno de autos. Una vez más, comprendí que, con el paso de los años, la ciudad había ido convirtiendo sus calles, antes vacías, en avenidas colmadas de automóviles. ¿Esto es el progreso? El cielo seguía nublado y los tordos de los ficus, ayer por la tarde, numerosos y ensordecedores, hoy, en especial a estas horas, brillaban por su ausencia. Son los milagros del otoño, pensé. Tuve la sensación de que aquel, aquellos, eran unos buenos momentos para dejarlos, en algún lugar, por escrito. Supe que el día había valido la pena y la alegría. Descubrí una sensación de paz que me habitaba de los pies a la cabeza, y que pasaba, desde luego, por el corazón.

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