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martes, diciembre 6, 2022

¿Leemos, abuela?

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La belleza de estar unidos por un libro

Por: María Consuelo González del Castillo                                                          Escritora

«Mi madre me leía libros todas las noches, sentada en la orilla de mi cama. Ella era la rapsoda; yo, su público fascinado. El lugar, la hora, los gestos y los silencios eran siempre los mismos, nuestra íntima liturgia», dice Irene Vallejo en su libro “El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo”, donde narra magistralmente el tránsito que hizo la humanidad desde la oralidad hasta la escritura. 

Aún no he avanzado más de la mitad de la obra, sin embargo, sus frases tan bien colocadas me tienen maravillada.

Los primeros enunciados de este escrito los sustraje de un capítulo que me hizo vibrar de emoción, pues al instante llegó a mi mente el sonido de la voz, con tono preadolescente, de mi nieto Juan Pablo: «¿Leemos, abuela?»

Desde hace varios años, la lectura, a pesar de estar separados por un océano, nos ha hecho vivir momentos inolvidables. Desde su recámara hasta la mía, no hay distancia. Estamos unidos a través de un libro en la mano, viajando con Julio Verne al centro de la Tierra o naufragando con “Escuela de Robinsones”.  Este último lo terminamos de leer a finales del año pasado, con la fortuna de hacerlo juntos en su cuarto. Juan Pablo provocó un “festival” al proponer que pronunciáramos al mismo tiempo la última palabra del ejemplar…nos abrazamos y comimos los “pinchos” que preparó para la ocasión.

Parafraseando a Vallejo, la joven escritora española, les comento que cada vez que abordamos un libro, nos zambullimos en nuestra “íntima liturgia”, nuestro bello paraíso. Él aún no vislumbra que su niñez está caducando, pero yo bien sé que la naturaleza humana hace que los tiempos y los intereses cambien. No tengo idea cuándo, pero con seguridad, esta hermosa costumbre entre mi nieto y yo tendrá su fin, mientras tanto, seguimos viviendo esta aventura de leer alternadamente, disfrutando del silencio de nuestras almas para escucharnos y gozar profundamente la narración de cada capítulo.

Cuando llegamos a episodios emocionantes, me dice: “Un rato más, por favor, abuela, que está muy interesante…” “¡Claro, mi vida! Yo leo hasta que tú me digas”, le contesto con alegría, pero no nos dura mucho el gusto, al poco tiempo me dice: “Abuela, me ha dicho mi madre que tengo que parar porque ya es tarde…” y, paramos; él, cierra el libro, yo, lo bendigo; le afirmo que lo amo, cuelgo el teléfono y regreso a mi realidad con la ilusión de volver a vivir con intensidad nuestra “íntima liturgia”.

Son muchos los beneficios de leer con nuestros nietos, en principio, que no es poco, les fomentamos el gusto por la lectura, les transmitimos valores, emociones y mucho más, pero para nosotros, sus abuelos, no hay mejor vivencia que el acompañamiento mutuo, cultivando nuestro vínculo para trascender en el tiempo.

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