CÓDIGOS DE PODER

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Sobre la gentrificación y sus protestas.

Hay algo más profundo que el alza de las rentas. Algo más cruel que un café de diseño en una esquina donde antes había una fonda o changarro. Algo más invisible que los turistas caminando con sus audífonos y ropa deportiva por las banquetas de la Roma. Lo que arde en las calles de Ciudad de México es una herida que sangra desde el fondo mismo de lo que significa pertenecer.

Las protestas contra la gentrificación, que se están viviendo en la CDMX, no se explican en los titulares fáciles ni en los carteles que pintaron las paredes con mensajes incendiarios. Se trata de un conflicto más hondo: uno que cruza el alma de las ciudades y que enfrenta dos ideas opuestas del habitar. Por un lado, la ciudad como producto de mercado. Por otro, la ciudad como construcción colectiva de sentido. En medio, miles de familias que cargan con la ansiedad de ser expulsadas, no con órdenes judiciales, sino con la violencia lenta de la vida encarecida.

En la capital mexicana, la gentrificación ha tomado una forma particular: una convergencia feroz entre turismo digital, plataformas de renta vacacional, fondos inmobiliarios, promesas de modernidad y una arquitectura de políticas públicas desdibujadas.

Los desplazamientos ya no requieren grúas ni policías. Ocurren cuando un joven deja su departamento porque el nuevo dueño triplicó el alquiler. Cuando una panadería cierra y en su lugar aparece una cafetería que vende flat whites a 90 pesos. Cuando los vecinos ya no se saludan porque hablan distintos idiomas y tienen distintas razones para estar ahí. La expulsión se volvió silenciosa, pero brutal.

Lo más inquietante no es la transformación de las colonias o barrios, sino la transformación del lenguaje con que esa mutación se nombra. Se llama modernización a lo que en realidad es despojo. Se llama cosmopolitismo a lo que en realidad es desarraigo. Se llama inversión a lo que en realidad es especulación.

El filósofo francés Henri Lefebvre hablaba del “derecho a la ciudad” como la posibilidad de participar en su diseño, en su uso, en su alma. Hoy, en muchas zonas de Ciudad de México, ese derecho ha sido privatizado. Quien paga, habita y quien invierte, decide.

Las protestas recientes que algunos medios calificaron de xenófobas debe entenderse, también, como el grito de quienes han sido sistemáticamente silenciados. Hay racismo y hay violencia en algunos de esos mensajes, y resulta importante condenarlos sin matices. Pero también hay desesperación legítima, acumulada, de personas que han visto desaparecer su entorno, sus códigos, su historia. No estamos ante un rechazo a los visitantes. Estamos ante una súplica por permanecer. Porque cuando todo se convierte en experiencia de paso, alguien deja de tener un lugar en el mundo.

El problema, por supuesto, no es un grupo de extranjeros con laptops tomando café en los starbucks. Es un modelo de ciudad que ha sido cedido al algoritmo y al capital. Un modelo que convierte cada metro cuadrado en unidad de renta. Que celebra lo cool por encima de lo justo. Que mira con más simpatía a los influencers que a los abuelos que llevan ahí toda la vida.

Las soluciones existen, pero requieren decisión y aceptar que habrá afectaciones en beneficio de los más. No hay mercado sin reglas y no hay justicia sin política pública. A continuación, expongo distintas propuestas y alternativas de solución desde la política comparada o la creatividad.

Uno. Regular de manera estricta las plataformas de renta vacacional.

No basta con pedir registro. Es necesario limitar la cantidad de días por año que un inmueble puede rentarse a turistas, definir zonas de alta densidad donde se prohíba esta actividad, y aplicar sanciones ejemplares a quienes violen estas disposiciones. Ciudades como Berlín, París o Lisboa ya lo hacen. Ciudad de México puede hacerlo también.

Dos. Establecer un control progresivo de rentas.

Se requiere una legislación que impida aumentos desproporcionados, que garantice estabilidad a los inquilinos de largo plazo, y que ofrezca incentivos fiscales a propietarios que mantengan precios accesibles. El derecho a la vivienda no se protege con discursos, sino con mecanismos legales efectivos.

Tres. Invertir masivamente en vivienda asequible en zonas céntricas.

El gobierno debe utilizar terrenos públicos ociosos para desarrollar vivienda social, no en la periferia, sino donde la gente ya tiene sus redes de contacto, su trabajo, su historia. Además, es hora de explorar alianzas público-comunitarias, donde los habitantes participen en el diseño y la gestión de estos espacios.

Cuatro. Gravar el capital especulativo. Debe establecerse un impuesto a las viviendas vacías, a los grandes tenedores de propiedades sin uso habitacional, y a quienes compran inmuebles con fines de renta turística sin arraigo en la ciudad. También es fundamental aplicar impuestos justos a las ganancias de plataformas digitales extranjeras.

Cinco. Proteger el comercio local y la cultura comunitaria.

Las taquerías, panaderías, librerías, zapaterías y tienditas son el alma de las colonias. Sin ellos, la ciudad se convierte en una postal sin voz. Se requieren programas de subsidio a la renta para estos negocios, incentivos fiscales, y una declaratoria de patrimonio inmaterial para oficios tradicionales.

Seis. Fortalecer la democracia urbana. Los vecinos deben tener poder real en las decisiones que afectan su entorno: usos de suelo, desarrollos inmobiliarios, transporte. Es tiempo de crear consejos vinculantes, presupuestos participativos y mecanismos de consulta comunitaria antes de autorizar proyectos que transforman una colonia.

Siete. Reconocer el arraigo como un derecho legal.

Quien ha vivido veinte, treinta años en un lugar debe tener prioridad para quedarse. Esto no es nostalgia. Es justicia. Es memoria viva.

Ocho. Transparencia radical en el desarrollo urbano. Debemos saber quién es dueño de qué. Qué fondos están detrás de qué torres. Qué empresas fachada compran casas para luego revenderlas. Qué funcionarios públicos participan de estos negocios. La opacidad es el terreno fértil de la expulsión.

El futuro de Ciudad de México no se decidirá en una junta de inversión, sino en la forma en que respondamos a esta pregunta: ¿es la ciudad un espacio para todos o un botín para unos cuantos?

Los jóvenes que hoy protestan no odian el inglés. Odian el silencio cómplice ante una ciudad que deja de pertenecerse. Las madres que marchan no rechazan el turismo. Rechazan quedarse sin casa. Los artistas que gritan no desprecian la modernidad. Reclaman un lugar en ella.

En el fondo, todo esto es un reclamo de amor. Amor a la calle, a la vecina, al parque, al mercado. Amor a lo que fuimos y a lo que podríamos ser.

La ciudad aún puede elegirse a sí misma. Puede decir basta. Puede redefinirse no como mercancía, sino como promesa compartida. Puede ser moderna sin borrar sus raíces. Puede ser diversa sin expulsar a nadie. Puede ser justa sin pedir permiso.

La ciudad, como los cuerpos, tiene memoria. Que no olvide a quienes la caminan, la viven y la sueñan.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA lo permite.

Placeres culposos: Este viernes se estrena lo nuevo del genio del blues, Joe Bonamassa.

Cláveles para Greis y Alo.

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