LOCURAS CUERDAS

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Alberto Granados. El alcalde recostado.

Apreciado lector, dicen que gobernar es un acto de vigilia. Que quien lleva sobre sus hombros la investidura de un pueblo duerme poco y sueña aún menos, porque el insomnio de su gente es su propio insomnio. Pero en Matamoros hay un jovencito alcalde que decidió gobernar recostado, con la mirada semicubierta por la visera de su gorra negra donde brillan sus iniciales como un logo de marca recién registrada.

Es el alcalde, no es un ciudadano más. En la imagen que subió recientemente, se ve un jovencito, con la barba perfectamente delineada y los labios apenas curvados en un gesto que no es sonrisa ni seriedad: es un gesto de nada, de su vanidosa majestad. Está echado sobre un sillón o una cama, con la manga arremangada y el pecho medio expuesto, como si se dispusiera no a trabajar por su ciudad, sino a posar para un anuncio de perfumes o para el TikTok de una vida que se presume exitosa sin precisar por qué. Es el alcalde, no un ciudadano más. 

Ahí aparece, con su gorra que dice BG – Beto Granados, marcando territorio sobre su propia frente como si la investidura de alcalde fuera un accesorio personal. Y pienso: Matamoros no votó por un logo, votó por un líder. 

Pero en esa fotografía no hay liderazgo. Hay un jovencito alcalde con mirada cansada o altiva, con una frase superpuesta que reza: “Me dijo que le gusta el café y justo de ese color soy.” El comentario, propio de un influencer en modo coqueto, choca con la realidad de la ciudad que gobierna. 

Y mientras tanto, él se recuesta.

Hay alcaldes que gobiernan con palabras huecas, otros con ocurrencias, otros con gestos de solemnidad impostada. En sus entrevistas de banqueta este jovencito alcalde gobierna con partículas gramaticales sin verbo, con preposiciones que no llevan a ninguna parte, con adverbios sin destino y con selfies recostadas. Su proyecto político parece ser un catálogo de filtros donde él es el único protagonista y la ciudad, un fondo borroso que no necesita definirse.

Sesudo lector, desde la perspectiva del cuidado de la investidura, que es prestada, no es de él, esta imagen es un pequeño cataclismo. La investidura no es un traje invisible que cada quien usa como quiere. Es un manto de dignidad que se hereda y se honra. La gorra personalizada con sus iniciales no lo hace alcalde: es el cargo el que debería ennoblecer su frente. Pero aquí ocurre lo contrario: el cargo se abarató al precio de una foto de TikTok.

Querido y dilecto lector, cabe señalar que en cuestión de percepción ocupa el mejor lugar en Tamaulipas, con la empresa “Demoscopía Digital”, pero que no se confunda, es percepción, es el romanticismo de Shakespeare, pero cuando lo comparemos con su Plan Municipal de Desarrollo, será la deprimente y cruda realidad de Gógol. 

Hay días en que Matamoros parece una ciudad sin alcalde, y días como hoy, en que parece gobernada por un modelo de catálogo que practica el arte de gobernar acostado. Y mientras él descansa su vanidad sobre cojines diseñados, la ciudad, allá afuera, se hunde en la vigilia interminable de los que no pueden dormir porque el agua les llega a las rodillas y la esperanza apenas les cubre el alma. 

El tiempo hablará.

 

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