LOCURAS CUERDAS

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Senado sin Platón: crónica de un zafarrancho anunciado.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, hoy el Senado de la República se convirtió en un teatro digno de La República… pero no la de Platón, sino la mexicana, donde la filosofía se toma vacaciones y la política se desborda como pulque fermentado en cántaro roto.

Lo pude ver una y otra vez, en medio del Himno Nacional —esa pausa solemne que debería recordarles a todos que son representantes de la nación y no simples gladiadores de ocasión— Alejandro Moreno, “Alito”, y Gerardo Fernández Noroña decidieron que era un buen momento para inaugurar la categoría olímpica de “boxeo legislativo”. Entre manotazos, gritos y amenazas de barrio (“te voy a romper la madre”), la Comisión Permanente se transformó en una pulquería con estrado, un circo romano sin leones pero con senadores enardecidos que parecían pedir pan y golpes en vez de pan y circo.

¿Y las cuatro virtudes cardinales de Platón? Esas que aprendí en la clase de ética en la preparatoria Juan José de la Garza. Brillaron por su ausencia como estrellas apagadas en un cielo nublado:

Prudencia: sustituyeron la sabiduría práctica por la sabiduría de la riña callejera, donde el más fuerte impone, y el argumento es reemplazado por la amenaza.

Fortaleza: no como virtud, sino como marrullería de pasillo, esa bravata que se infla como gallo de pelea en cantina.

Templanza: la dejaron olvidada en la taquilla del Senado, junto a las corbatas mal anudadas y las conciencias arrugadas.

Justicia: fue la primera víctima del zafarrancho; nadie quiso darle resucitación cardiopulmonar, ni siquiera un soplo de dignidad.

Sesudo lector, Platón soñaba con guardianes de la ciudad que fueran justos, templados, sabios y valientes. México, en cambio, nos obsequia guardianes de curul que confunden el ágora con la Arena Coliseo y la tribuna con una esquina de lucha libre. ¡Qué paradoja! En vez de filósofos reyes, tenemos gladiadores de pasillo con máscara y sobrenombre incluidos.

La política mexicana, que debería ser un arte elevado, termina convertida en espectáculo de feria. Ortega y Gasset advertía que cuando las masas invaden la política, el nivel se degrada hasta confundir el poder con el estrépito. Y hoy, en el Senado, lo que se escuchó no fue el eco de la razón sino el retumbar de un zafarrancho vulgar.

Ahora seremos testigos de la inevitable andanada de culpas y victimizaciones: cada quien querrá llevar agua a su molino, acusando al otro de ser el provocador, el agresor, el villano de esta tragicomedia. Y mientras tanto, los mexicanos que aún conservamos una mínima posesión de materia gris seguimos aguardando a que alguien con peso moral y político imponga la mesura, esa virtud tan ausente como necesaria.

Esperaríamos que la presidenta Claudia Sheinbaum, en su papel de estadista, actúe con temple y altura, para quitarle a los protagonistas el estigma de verduleros de barrio. Si no lo hace, la mancha de este episodio quedará tatuada en la memoria colectiva como prueba de que en el Senado se legisla a golpes y no a razones.

Y mientras tanto, el pueblo —ese coro griego que observa desde la galería, entre la indignación y la risa— se pregunta si acaso no sería mejor gobernar con árbitros de la Triple A en lugar de senadores. Al fin y al cabo, los gladiadores de curul ya traen máscara, sobrenombre y hasta grito de guerra incluidos.

La escena es un retrato al óleo de la contradicción mexicana: debajo del lema solemne “La Patria es Primero”, Alejandro Moreno y Gerardo Fernández Noroña parecen estar inaugurando la nueva disciplina de lucha olímpica senatorial.

La frase que corona el recinto, tallada en letras doradas, se convierte en ironía pura: mientras el bronce de la patria vigila imperturbable, los guardianes de curul se enredan en gritos, manotazos y ademanes de riña. La solemnidad de la serpiente y el águila en el muro se ve reducida a simple utilería, fondo barroco de una comedia bufa.

En vez de deliberar, se desafían; en lugar de argumentos, amenazas; y el eco de la frase inmortal —“La Patria es Primero”— se diluye entre voces que parecen más bien gritar “mi ego es primero”.

Querido y dilecto lector, no es mucho pedir que la clase política recuerde que la grandeza de un legislador no se mide en decibeles ni en manotazos, sino en la serenidad con que sabe contenerse. La verdadera fortaleza no se exhibe con golpes, sino con argumentos. Y la prudencia, la templanza y la justicia —esas virtudes que Platón imaginó como columnas de toda república— siguen siendo el único camino para devolverle dignidad a la política mexicana.

Ojalá que este zafarrancho no quede como postal costumbrista de nuestra vida pública, sino como recordatorio de que gobernar exige mesura, y que los representantes de la nación deben ser capaces de elevar el debate a la altura de la historia que dicen encarnar.

El tiempo hablará.

 

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