POR CARLOS ACOSTA
Para mí, la historia empezó cuando aprendí a andar en bicicleta. A Gerardo, mi mejor amigo, se la regalaron un veinticuatro de diciembre a media noche. En esa misma hora, fue a buscarme a mi casa, que estaba justo frente a la suya. En esta fecha especial, el barrio no dormía.
Tú debes estrenarla, invitó. Yo lo veía, ahí, a media calle, sin tráfico de autos a esa hora. Sólo estábamos él y yo, de manera que no me dio pena decirlo: yo no sé andar en bicicleta. No subió al biciclo, ni dijo, mira es muy fácil y se fue hasta la esquina de la calle y regresó. No. Más bien, la extendió hacia mí, al tiempo que exclamaba: si no sabes, yo te ayudo, sube, no tengas miedo, yo agarraré la bici del asiento. Increíble que él y yo, hace unos meses, nos hubiéramos conocido, en un pleito callejero.
A tientas, subí a la bicicleta. Era una bici, mediana; el cuadro en color rojo; las llantas y el asiento, negros; los manubrios, plateados. Él, la tomó del asiento, la empujó con fuerza desmedida; sin embargo, nunca se retiró y decía: aquí voy, aquí voy, mientras iba corriendo. Ambos andábamos alrededor de los trece años. Era raro, por decir lo menos, que, a esa edad, yo no supiera andar en bicicleta. Pero a esta edad, yo nunca había subido a una.
Al llegar a la esquina, me soltó. Su grito rasgó la media noche: ¡da la vuelta a la manzana! Avancé tres metros y debí bajar el pie. Avancé otros tantos. De nuevo descansé. El equilibrio, no parecía estar hecho para mí. Volteé para llamar a mi amigo: no estaba. Pedaleé de nuevo y esta vez avancé hasta la siguiente calle. Puse los pies en el suelo, pensando que podría venir un auto.
Volví a pedalear y ahora sí, recorrí toda la calle. Agarré vuelo. Sentí el aire frío de la noche en las mejillas, en el cabello. Una risa que me venía de adentro, fue destello en la penumbra. Frené. Di la vuelta en la tercera cuadra, llegué al final. Como no venía ningún carro, muy despacio, enfilé a donde mi amigo esperaba. Allá, en la banqueta de su casa, estaba Gerardo.
Apenas me vio, se puso de pie. Empezó a gritar de alegría. Aquí está, la entregué y añadí, sana y salva. Luego, él subió a la bici. En menos de lo que aquí se cuenta, ya volvía. Me invitó de nuevo. Ya no quise. Insistió. No acepté. Mejor, aquí te espero. Él estaba feliz. Dio la vuelta a la manzana, como cinco veces. Yo no quise intentarlo de nuevo. Con una vez que la felicidad había tocado a mi puerta, era suficiente por esta noche. Y en muchos años.
Para mí, la historia empezó cuando aprendí a andar en bicicleta
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¿A qué edad empezó usted a escribir?, pregunta la gente, después de una lectura en público. A los seis años, contesto, en primero de primaria.
Esta es una broma recurrente, en mis lecturas. Soy partidario de restarle todo indicio de parafernalia y rimbombancia, a un quehacer tan humano y saludable, como es, la escritura.
Hay tantas formas y estilos de literatura, como seres humanos haya, o hubo, en la historia de la humanidad. Y sí, una vez elevado a la condición de arte, habrá escritores más, o menos, depurados.
Escribir, Árbol, es fantástico. Pero añadir doscientas páginas para que al final, quien lo lea, sepa, sienta, sueñe, reflexione, sufra, lo que, para uno, es un Árbol, es una de las mayores felicidades del ser humano. Mientras viva. Y quizá, después.
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Mi padre, joven, sale de casa. Va a su trabajo. El horario es, de cinco de la tarde a cinco de la mañana. Bajo el brazo, lleva su guitarra. Él, es trovador en serenatas y cantinas.
Yo ando en diez años. Lo veo desde la puerta. Va con paso rápido y cuerpo erguido. Su figura se aleja. Se pierde, en lo lejos de la calle. Algo me sobresalta. Me echo a correr. Sigo el rumbo por donde él, camina.
Lo sigo, lo sigo.
Pasan uno, dos, muchos años. Lo veo allá. Ahora tiene ochenta y dos noviembres. Está sentado en la banqueta de su casa. ¡Papá!, te quiero tanto. Me mira con sus ojos de niño: es el corazón, hijo. El corazón. Gracias.
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Estoy sentado en la sala de mi casa. Escucho cómo cae la lluvia sobre los tragaluces. Todavía no amanece. El ruido que hacen los hilos de agua sobre las micas translúcidas, es apenas audible. El aguacero intenso ya pasó.
Ahora es lluvia residual, algo así como una dulce llovizna que no cesa de caer. Me pongo de pie, me acerco a la ventana. El jardín ha reverdecido. En días pasados, a pesar de nuestros riegos (y ruegos) el pobre, estaba casi muerto. Así que la llovizna de estos días, vino a ser su salvación.
El sauce, que después de ser un árbol seco gracias al picoteo repetido de un pájaro carpintero, y al que solo le había quedado una ramita, ahora es otra vez un sauce entero, con las ramas curvas hasta el suelo. La pequeña isla, del fondo, muestra su limonero, su corona de Cristo, la mata de plátano enana. Al fondo, casi llegando a la barda, el árbol de mango, Manila, cargado de frutos amarillos.
Para mucha gente, un patio lluvioso, podría, ser nada. Para mí, lo es todo. Ahorita, aquí en la ventana, con un aire leve, fresco, en las mejillas y un silencio que, junto a mí, es testigo de la llegada del alba, creo que también uno, tiene el derecho de sentirse afortunado.
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No me lo expliquen. No traten de hacerlo. Soy un hombre común; de los aturdidos por información a toneladas, de los ciegos con ojos abiertos. No lo entendería. No me es posible comprender el inmenso costo humano de la guerra: esa violencia expresada en su máxima escala.
Es verdad que todos los días, de todos los años, del siglo veinte, hubo guerra en alguna parte del mundo. Y no aprendimos. Más bien, nos hemos convertido en la peor plaga para el planeta. ¿Tendrá razón, José Saramago, cuando afirma que, el ser humano, no tiene remedio?
Uno, como médico, busca preservar la vida, aliviar el sufrimiento. La guerra, por el contrario, causa destrucción masiva y muerte. El poeta busca la belleza, la conexión humana y expresar emociones profundas. La guerra, con su brutalidad y deshumanización, es la antítesis de ambos.
¿Soy, acaso, la voz de muchos que, a pesar de oír, a diario, las razones superficiales de la guerra, no logramos reconciliarnos con la salvaje, irracional, existencia de la misma, en un mundo que debería buscar la convivencia justa y en paz?
No quiero verme fatalista. ¿Asoma al horizonte, la Tercera Mundial? Locura de locuras. Sólo quedarían vivas, La Antártida y Sudáfrica. Perdón, que nadie me lo explique, yo no entiendo la estupidez y la soberbia de quienes hacen la guerra.
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En la búsqueda infinita, ya fui El Principito, con su flor, sus tres volcanes limpios, su silla para ver atardeceres. Ya fui Bukowski, en su embriaguez perpetua y lúcida: si quieres saber dónde está Dios, pregúntale a un borracho.
Ya fui Gregorio Samsa, el Aleph, Ana Karenina, Mata Hari, el re cordis de El libro de los Abrazos. También llegué a ser Hombre de triste figura, Tarumba, Sputnik mi amor, Blimunda, Baltazar siete soles, un Libro salvaje.
Durante un buen tiempo fui, Aureliano Buendía, Pedro Páramo, El viejo del mar, El joven poeta de las cartas con Rilke, Madame Bovary. He sido Susana Tamaro, yendo a dónde el corazón la lleve. Benedetti, en su asma. Neruda, en las alturas de Machu Picchu. Szymborska en el regreso del viaje.
Ya fui también, Pemol, alumno de la Profesora Eva, niño en Zapatos azules, el que se perdió con Lala en la niebla. Fui, bailador con Las Marotas, Espiral de luz, el Espejo que se aclara, las Palabras en la punta de la lengua, el aprendiz de Poeta.
A veces parece que ya es la hora, que el milagro sucederá de un momento para otro. Pero, es fecha que no. En la búsqueda infinita, sigo, sigo. Sigo.
