VENGO POR TI (PRIMERA PARTE)

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“Recurro a usted porque quiero contarle mi historia” 

Dijo la joven acostada sobre el diván del doctor Allan J. Carroll.

La mujer respondía al nombre de Gavie Neeloth, de Bangor, Maine; pueblo natal del doctor Carroll. Según la ficha de la enfermera Watts, tenía veintinueve años, trabajaba para una importante empresa de Nueva York, estaba divorciada, y había tenido dos hijos. Ambos muertos.

–No puedo recurrir a un cura porque no profeso la religión católica. No puedo recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice fue matar a mis hijos. Mis pequeños tesoros. Los maté a ambos.

El doctor Carroll puso en marcha el dictáfono que traía en su saco azul percudido por los años que había estado ejerciendo esa noble profesión.

La fémina estaba rígida como una estaca sobre el diván; sin dar un ápice de tristeza. Sus pies sobresalían, rígidos, por el extremo. Era el vivo perfil psicológico del asesino promedio, que no sentía vergüenza ni dolor alguno. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como un cadáver. Sus facciones se mantenían escrupulosamente compuestas. Miraba y no miraba el simple cielo blanquiazul, por entre los tragaluces de aquel consultorio de Nueva York.

–Quiere decir que los mató realmente, o…

–No. –Un movimiento impaciente de la cabeza–. Pero fui la causante. Danny en 1991. Shirley en 1993. Sólo quiero contárselo.

El doctor Carroll no dijo nada. Le pareció que Neeloth tenía un aspecto demacrado y envejecido. Su cabello raleaba, su tez estaba pálida. Sus ojos encerraban todos los secretos miserables del crimen.

–Fueron asesinados, ¿entiende? Pero nadie lo cree. Si lo creyeran, todo se arreglaría.

–¿Por qué?

–Porque…

Neeloth se interrumpió y se levantó bruscamente sobre los codos, mirando hacia el otro extremo de la habitación.

–¿Qué es eso? –exclamó. Sus ojos se habían entrecerrado, reduciéndose a dos tajos oscuros.

–¿Qué es qué?

–Esa puerta—

–El armario –respondió Carroll–. Donde cuelgo mis abrigos y dejo mis Crocs.

–Ábralo. Quiero ver lo que hay dentro—

El doctor Carroll se levantó en silencio, atravesó la habitación y abrió la puerta. Dentro, una gabardina marrón colgaba de una de las tres o cuatro perchas. Abajo había un par de Crocs relucientes, café oscuro. Dentro de uno de ellos había un ejemplar cuidadosamente doblado del New York Times. Eso era todo.

–¿Conforme? –preguntó el doctor.

–Sí. –La mujer dejó de apoyarse sobre los codos y volvió a recostarse.

–Decía –increpó el doctor Carroll mientras volvía a la silla– que, si se pudiera probar el asesinato de sus hijos, todos sus problemas se solucionarían. ¿Por qué?

–Me mandarían a la silla–interrumpió de tajo Neeloth–. Para acabar con el virus de la vida. –Sonrió a la nada.

–¿Cómo fueron asesinados sus hijos?

–¡No trate de arrancármelo por la fuerza!

Neeloth se volvió y miró fijamente a Carroll con expresión perversa.

–Se lo diré, no apresure las cosas. No soy uno de sus desequilibrados que se pasean por el mundo pretendiendo ser Napoleón o que justifican haberse hecho aficionados a la heroína porque la madre no los quería. Sé que no me creerá. No me interesa. No me importa. Me bastará con contárselo.

–Muy bien. –El doctor Carroll inhaló de su vaper.

–Me casé con un galante caballero en 1987… Yo tenía veintitrés años y él treinta. Al año me embaracé. Ese hijo fue Danny. –Sus labios se contorsionaron para formar una sonrisa gomosa, grotesca, que desapareció en un abrir y cerrar de ojos–. Tuve que dejar la Universidad y buscar empleo, pero no me importó. Amaba a mis dos caballeros. Éramos muy felices. Volví a quedar embarazada poco después del nacimiento de Danny, y Shirley vino al mundo en diciembre de 1991. Todo fue un accidente; a veces los frenos de un auto fallan. ¿No le parece?

Carroll emitió un gruñido neutro.

–Pero no importa. A pesar de todo los quería. –Lo dijo con tono casi vengativo, como si hubiera amado a los niños para castigar a su esposo.

–¿Quién mató a los niños? –preguntó Carroll.

–Maell –respondió inmediatamente Gavie Neeloth–. Él los mató. Sencillamente, salió del armario y los mató. –Se volvió y sonrió–. Claro, usted cree que estoy loca. Se le nota en su cara. Pero no me importa. Lo único que deseo es desahogarme e irme. –Le escucho –dijo Carroll confundido.

–Todo comenzó cuando Danny tenía casi cuatro años y Shirley era apenas un bebé. Danny empezó a llorar cuando lo tenía en la cama. Verá, teníamos un apartamento de dos dormitorios. Shirley dormía en una cuna, en nuestra habitación. Al principio pensé que Danny lloraba porque ya no podía llevarse el biberón a la cama. Mi esposo dijo que no nos obstináramos; que le tuviéramos paciencia, que le diéramos el biberón y que él ya lo dejaría solo. Pero así es como los chicos se echan a perder. Si eres tolerante con ellos los malcrías. Después te hacen sufrir. Se dedicará a asesinar chicas, sabe, o empiezan a drogarse. O se hacen violadores. ¿Se imagina lo horrible que es despertar una mañana y descubrir que su hijo, es un violador? Sin embargo, después de un tiempo, cuando vimos que no se acostumbraba, empecé a acostarle yo mismo. Y si no dejaba de llorar le daba una delicada palmada. Entonces repetía a cada rato “luz, luz”. Bueno, no sé. ¿Quién entiende lo que dicen los niños tan pequeños? Sólo una como madre lo saben. Mi esposo le instaló una lámpara de noche. Uno de esos artefactos que se adhieren a la pared con la figura del ratón Mickey o de algún superhéroe o de lo que sea. No se lo permití. Si un niño no le pierde el miedo a la oscuridad cuando es pequeño, nunca se acostumbrará a ella.

De todos modos, murió el verano que siguió al nacimiento de Shirley. Esa noche lo metí en la cama y empezó a llorar en seguida. Esta vez entendí lo que decía. Señaló directamente el armario cuando lo dijo. “Él está ahí –gritó–. Él está ahí, Maell.” Apagué la luz y salí de la habitación y le pregunté a mi esposo por qué quería asustar al niño. Sentí deseos de darle un par de bofetadas, pero me contuve. Juró que nunca le había hecho un comentario que lo asustase y que no conoce algo de un tal Maell. Le acusé de ser un imbécil.

Verá, ése fue un mal verano para mí. Sólo conseguí que me emplearan de secretaria almacenista en Pepsi Cola, y estaba siempre cansada. Shirley se despertaba y lloraba todas las noches y yo la tomaba en brazos y gimoteaba. Le aseguro que a veces tenía ganas de arrojarla por la ventana. ¡Jesús, a veces los mocosos te hacen perder la chaveta! Podrías matarlos. Bien, el niño me despertó a las tres de la mañana, puntualmente. Fui al baño, medio dormida, sabe, y mi esposo me preguntó si había ido a ver a Danny. Le contesté que lo hiciera el y volví a acostarme. Estaba casi dormida cuando Danny empezó a gritar. Me levanté y entré en la habitación. El crío estaba acostado boca arriba, muerto. Blanco como la harina excepto donde la sangre se había… se había acumulado, por efecto de la gravedad. La parte posterior de las piernas, la cabeza, las… eh… las nalgas. Tenía los ojos abiertos. Eso era lo peor, sabe. Muy dilatados y vidriosos, como los de las cabezas de alce que algunos tipos cuelgan sobre la repisa. Pero un crío norteamericano no debería tener esa expresión. Muerto boca arriba. Con pañales y pantaloncitos de goma porque durante las últimas dos semanas había vuelto a orinarse encima. Qué espanto. Yo amaba a ese niño.

Neeloth meneó la cabeza lentamente y después volvió a ostentar la misma sonrisa gomosa, grotesca.

–Mi esposo chillaba hasta desgañitarse. Trató de alzar a Danny y mecerlo, pero no se lo permití. A la policía no le gusta que uno toque las evidencias. Eso lo sé…

–¿Supo entonces que había sido el ser denominado Maell? –preguntó Carroll pausadamente.

–Oh, no. Entonces no. Pero vi algo. En ese momento no le di importancia, pero mi mente lo archivó.

–¿Qué fue? —

–La puerta del armario estaba abierta. No mucho. Apenas una rendija. Pero verá, yo sabía que la había dejado cerrada. Dentro había bolsas de plástico. Un crío se pone a jugar con una de ellas y adiós. Se asfixia. ¿Lo sabía?

–Sí. ¿Qué sucedió después? Neeloth se encogió de hombros.

–Lo enterramos. –Miró con morbosidad sus manos, que habían arrojado tierra sobre dos pequeños ataúdes.

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