DOS CUENTOS

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POR MANUEL RIVERA

        HAMBRE

​Aún sobrecogida como si tuviera fobia de entrar en su propia casa, Sarah gira la llave en la cerradura con mano temblorosa, abre la puerta y da el primer paso hacia el recibidor en penumbra. Hoy al fin ha sentido el terror en el cuerpo, y aunque siempre ha sido escéptica en temas paranormales, ahora no puede dejar de pensar en la historia de Sybil.

Por otra parte, ya anochece al otro lado de la ventana y la magia de la hora provoca un color inusual en la casa; un color violeta tan tenue que parece de otro mundo, hace estragos en la imaginación y no le ayuda a pensar del todo. 

Entre tú y yo, hay veces que a la caída de la noche las sombras tienen ojos, y uno siente que todo (más aún lo inexplicable) parece posible. Algunos llaman “sexto sentido”, “intuición” o “miedo irracional” a esta certeza.

—¿Hola? –. Aún en el hall, Sarah eleva un poco la voz, deseando que al menos Rebecca o Georgina, sus dos compañeras de piso, estén en casa. —¡Ey! -Contesta alegremente la voz de Rebecca desde algún lugar escaleras arriba —¡Ahora mismo bajo! —

—¡Sigh! —. Sarah deja escapar un pequeño suspiro de alivio y se apoya contra la puerta cerrada, menos mal que Rebecca está ahí. Se la oye moverse por el pasillo en la planta de arriba, de un lado para otro, taconeo va, taconeo viene.

A esta hora, Georgina ya se habrá marchado a su pueblo para pasar el fin de semana con su familia, como siempre, y Rebecca estaría haciendo la maleta para quedarse en casa de su novio y pasarla ahí de viernes a domingo. Sí, Sarah recuerda que Rebecca se lo dijo. Todo está normal, aunque, para su desgracia, a Sara le tocará pasar la noche sola en casa después de la historia referida por Sybil y eso iba a ser un gran lío.

—Menos mal que estás, Rebe, aunque sea por un rato— admite Sarah, acercándose a la escalera. Va a subir para saludar a su amiga y cambiarse de ropa, pero lo piensa mejor. De repente le apetece algo dulce, pero a la de ya —creo que… voy a hacer chocolate caliente, ¿te apetece? —

Chocolate caliente, eso vendría de miedo para el mal cuerpo que trae ahora; no te lo creerás, pero hasta se siente mareada por toda esa mierda de invocar demonios y ouijas; maldita sugestión.

—¿Oh? Claro, un segundo— Rebecca arrastra algo pesado por el pasillo en la planta de arriba, con esfuerzo a juzgar por su voz entrecortada. Siempre lleva ochenta y cuatro mil cosas en la maleta, aunque se vaya sólo tres días, y esta vez no parece ser una excepción. Eso contando con que la colección de zapatos de tacón va aparte en otra bolsa, un saco forrado con el mismo estampado de rosas que se vería en la tapicería del sofá de una señora mayor. Parecería que arrastrase un muerto —¿Qué te pasa? te noto la voz rara— Sí, realmente Sarah había sonado asustada. Bueno, es normal. —Nada. Sybil, este… Oye, ¿Necesitas ayuda ahí arriba? —¿Sybil? —

—Sí— Sarah se dirige a la cocina integral americana de la pequeña casa. Desde allí tiene vista a las escaleras y puede comunicarse con Rebecca sin levantar la voz apenas —creo que le pasa algo. Se le va la cabeza. —

—¡Oh vaya! — más ruido de maletas en la habitación de Rebecca. Sarah saca el bote de cacao en polvo de la alacena, lo abre, lo huele. Le encanta meter la nariz y oler el cacao en polvo, tal vez ahora incluso le tranquiliza de alguna forma.

—Bueno, esa historia que cuenta desde hace un par de días da escalofríos, ya sabes… sobre…—Sarah frunce el ceño, es todo tan alocado que le resulta raro oírse a sí misma hablando de ello —sobre un… “demonio”—.

Desde arriba se escucha la carcajada de Rebecca y luego un grifo abierto mientras ésta se lava las manos. —Ah, eso—

—Ya, Rebe… no tiene gracia. Tenías que haber visto su cara, ella lo cree de verdad. Cada vez está más… obsesionada con el tema. Me da miedo. —

Se hace un silencio incómodo por un momento en la planta de arriba mientras Rebecca termina de acomodar sus cosas, sólo pequeños detalles pues ya tiene casi todo a punto. 

—Sybil dice que ese demonio persigue a la gente— prosigue Sarah, enfrascada en la preparación del chocolate —también dice que imita a las personas, como si tuviera… un mecanismo mimético de depredador. Un demonio que toma el aspecto de cualquiera que conozcas: su forma de moverse, su voz, todo para asegurarse de que no huirás cuando intente atraparte.

En la planta de arriba, Rebecca esboza una sonrisa y menea la cabeza. —Por favor. No me digas que te lo has… —Pues no, Rebe. No, no me lo creo —pero… pero por un momento me hizo dudar, ¿sabes? Su cara… — Sarah tragó saliva y removió el denso líquido en la olla, se siente un poco tonta de repente, como una niña pequeña asustada por una pesadilla —Sybil estaba tan… asustada. Todo fue por una maldita invocación que hizo en la cabaña Jack y… 

En ese momento sintió un viento helado en la nuca y Sarah, como si le giraran la cabeza de repente, no logra concebir lo que sus ojos están viendo; del lado de la estufa dirigiéndose hacia el cuarto de lavado nota unas manchas de sangre y cerca de allí un cadáver familiar, era Rebecca quien estaba en el cesto de la ropa; mutilada y con la garganta rebanada, Sarah se queda en completo silencio y arriba sólo se escucha: –Un momento, Sarah ya bajo…—

Aterrada Sarah no tarda ni medio segundo en sacar el teléfono del bolso. Intenta llamar al 911, pero su mirada se queda por un momento fijo en la pantalla y su corazón da un bote hasta su garganta: —Sarah!! oye cariño, no tengas miedo, es hora de reunirse con tus amigas…—

La voz es ahora un zumbido en el oído de Sarah. En la planta de arriba, algo que se parece mucho a Rebecca, sonríe y comienza a bajar las escaleras. Se ha comido el cadáver de Georgina pero… aún tiene hambre.

 

      HISTORIA DE VIDAS

Dicen que una persona puede vivir hasta cuatro vidas, entonces decidí comprobarlo. De cumpleaños recibí una máquina del tiempo y al usarla viajé a tu encuentro.

Primero te encontré en Grecia, poco antes de Cristo, filósofo escribiendo para todos; no me sorprende siempre has sido arte.

Años después te encontré pintando un cuadro en el Renacimiento; supe que eras tú al ver tu pincel dibujándome a mí. 

Finalmente te encontré en los 60’s a la orilla del mar, escuchando a los Beatles, pidiéndole al océano todos tus anhelos, espero te los haya cumplido.

Es algo extraño ¿sabes? Que, a pesar de no estar a tu lado en el presente, en el pasado siempre te encontré. 

Por eso hoy pasé por tu casa y te dejé mi máquina del tiempo en tu buzón, así cuando me extrañes puedes encontrarme en nuestra línea de vida y si estamos viviendo nuestra última, entonces me despido.

Fue un placer hacer historia a tu lado.

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