En las alas de la Fantasía

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Estaba, colgado en la pared de la habitación de mis abuelos, un cuadro que vi durante años. Yo vivía en la casa paterna. Pero a veces iba a dormir con los padres de mi madre. Me ponía muy alegre cuando ellos me invitaban o si yo pedía permiso y se me concedía. Andaría en, los cinco años. Ya desde entonces, delgadito, pecoso, pelo rizado. El cuarto era de paredes de adobe y cielo de lámina. Tenía un cielo falso que podía hacer las veces de tapanco. 

El cuadro era una fotografía enmarcada, de cuarenta por veinticinco centímetros, quizás. No se trataba de una obra de arte universal en réplica, ni de una imagen religiosa. Parecía un lugar céntrico de alguna ciudad cerca del mar, de un puerto, ¡eso! La toma había sido de un lugar en alto, quizás de un edificio cercano. Se veía la construcción de una sola planta, de paredes blancas, con una especie de torre al centro y tres o cuatro arcos en el frente. Algunos autos, pocos, muy pocos, estacionados y uno o dos, que, por la posición, se intuía, iban en movimiento.

Alrededor de aquella construcción, habían dos o tres tiendas en una de las calles laterales. Se veían algunas azoteas. Y al fondo, algo que, me gustaba pensar, era el mar. No había personas, a pesar que la fotografía -era evidente- había sido tomada de día. Yo pensaba en alguna ciudad del estado de Veracruz. Mis tíos, habían emigrado hacia allá cuando en el país florecía la industria petrolera. También llegué a pensar en Tampico, ciudad que entonces conocía solo de nombre por las conversaciones de los mayores. La incertidumbre, el silencio de aquel cuatro siempre en penumbra, la edad, el anuncio temprano de hipersensibilidad infantil, seguramente también añadían algo para que el encanto sucediera. 

Después, mucho después, lo perdí de vista. No supe lo que sucedió. Emigramos del pueblo. Volvíamos en vacaciones. Un día me encontré con que mis abuelos se habían cambiado a vivir a un lado de la tienda “Abarrotes Guerrero”, que estaba ubicada en el mismo, grandísimo, solar propiedad de ellos. Nunca pregunté. Ni entonces ni ahora. Ni a mis abuelos, ni a mis tíos. 

Hoy, luego de tanto tiempo, sin aparente explicación, las imágenes de aquel cuadro viene hasta mí. Lo pienso, dos, tres veces. Creo que es bueno conservar, en el transcurso de la vida, un lugar inexplicable, un secreto propio que ni tú sabrías descifrar; un sitio que te hipnotizó muchas tardes, te llevó en alas de la fantasía a otras ciudades, y del que no supiste, nunca, nombre ni ubicación. Así sea.

 

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