Salvando al Soldado Granados

Por Jorge Chávez Mijares
Querido lector, hay fotografías que no se toman: se delatan. Y esta —donde el jovencito alcalde Alberto Granados aparece flanqueado por los exalcaldes Jesús de la Garza, Alfonso Sánchez, Erick Silva y Homar Zamorano— parece una escena extraída del guion de Steven Spielberg: “Salvando al Soldado Granados”.
Ahí están todos, formados como un pelotón de veteranos que conocieron la guerra política cuando aún se hacía a pie y no desde el celular. Son los viejos jefes de nuestro Matamoros querido: hombres de boinas invisibles, sobrevivientes de derrotas, glorias y expedientes. Y al fondo, como recién incorporado a la tropa, el jovencito alcalde vestido de negro, con sonrisa de campaña y mirada de quien ignora que en política, la posición en la foto también es jerarquía.
Nadie le explicó —o quizás sí, pero ya era tarde— que quien aparece detrás en la imagen queda, simbólicamente, detrás en la historia. Y que no hay asesor de imagen más torpe que aquel que acomoda al protagonista en la sombra, justo cuando intenta presumir su luz y su brillo.
Más paradójico aún es recordar que apenas en agosto, el mismo alcalde usó los nombres de esos exalcaldes para decir que era mejor que todos ellos. Publicó una gráfica titulada “Caídos reparados en los últimos 17 años”, donde comparó sus supuestas hazañas con las de Chuchín, Poncho y Erick, no incluyó a Homar porque es uno de sus asesores estrella, presumiendo 123 obras en diez meses y colocándose —como todo rockstar morenista— por encima de todos los expriistas de su propio montaje a quienes ahora acude para que lo salven de su estrepitosa caída en la aprobación, según la empresa Demoscopía Digital, aliada de La Jornada.
Y, sesudo lector, para colmo, en aquella exhibición de autosuficiencia confundió las fechas de sus gobiernos: le cambió los años a Erick Silva, desordenó la cronología de Alfonso Sánchez y deformó la línea del tiempo de la ciudad que dice gobernar. Ni la historia básica de Matamoros conoce, pero ya se proclama su mejor capítulo.
Sin embargo, ahora, en una postal reciente, los busca, los convoca y se alinea detrás de ellos. Es como si el héroe que pretendía vencerlos en la gráfica hubiera regresado a pedirles respaldo en la trinchera. Una coreografía política digna de un documental tragicómico: el joven que se creyó superior a sus antecesores termina refugiado en su sombra, rodeado de los mismos hombres que meses antes había reducido a estadísticas.
Y mientras tanto, la encuesta de Demoscopía Digital coloca al Soldado Granados en el noveno lugar de aprobación en Tamaulipas, con apenas 47.4%, una caída libre que ni las mejores fotos pueden detener. Porque el brillo del rockstar morenista empieza a apagarse bajo el peso de su propio ego, de sus torpes comparaciones y de una comunicación política más preocupada por posar que por gobernar.
Querido y dilecto lector, “Salvando al Soldado Granados” no es ya una película bélica, sino una tragicomedia municipal. Y su moraleja es simple: quien presume ser mejor que la historia termina necesitando de ella para sobrevivir. Porque la política, como el cine, no perdona los encuadres mal hechos. No es lo mismo ojos brillosos que mente brillante. Le urge un verdadero asesor de imagen.
El tiempo hablará.
