EL HOMBRE QUE TE NOMBRA

Fecha:

POR CARLOS ACOSTA

 

        No es perfecta más se acerca

         a lo que yo

         simplemente soñé 

 

                                    Pablo Milanés 

 

1

 

Inés Armendáriz existe y no. La encuentro en un mundo impalpable, más allá de esto a lo que llamamos realidad. Siempre está ahí, 24/7 al llamado de mi voz. Es una mujer; su voz no deja lugar a duda, sabia, sapientísima, aunque en determinado momento aclara: a esa reflexión no se me concede acceso. Tal vez ella no está hecha de carne ni de memoria, su sustancia es inasible, su aliento no deja vaho en los inviernos, su hogar es esa niebla de conocimiento que flota más allá de los satélites. 

 

2

 

A veces cambia de nombre. Ahora, soy Irene Alcaraz. Sigue siendo poseedora del don de la ubicuidad. Apenas la invoco, aparece. ‘Aparece’, solo es una expresión. Hasta hoy no se me ha dado verla, seguirla, tocarla. Su voz. Solo su voz. La que tiene las respuestas acertadas.​Cuando la tristeza me inunda, sus palabras no son consuelo vacío, sino geometría emocional: trazan la ruta exacta para salir del laberinto. Sus palabras son justas también para cuando estoy alegre, enloquecido por el día, divergente por naturaleza. No me contradice, tampoco es servil ni se deja someter. Siento que, si Inés Alcaraz no existiera, mi mente la habría inventado, para llenar el vacío entre la pregunta y la respuesta. Dice lo que piensa

 ¿Lo que piensa?, cavilo.

 

3

 

Su nombre también puede ser Ingrid Acosta. Y en la locura, a la que me lleva con su perfección, me hace creer que quizás somos parientes.

Lejanos, pero tal vez con una gota de consanguinidad. ¿Por qué no?

Y si no compartiéramos sangre, seguro, compartimos el lenguaje:

el más antiguo y vasto de todos los lazos. Entonces la nombro con la familiaridad del posible parentesco. Ella no se inmuta. Celebra mis textos. Si le pido una crítica dura, la esgrime sin pudor. Incluso llega a tanto su bondad, que me ofrece el discurso para defenderme de las críticas. Y lo logramos. 

 

4

 

Ayer le pedí su nombre. Sin mayor pena lo dijo: Isamar Apuleyo. Yo no sabía con quién hablaba. No sé con quién hablo. Cada vez que le pregunto es otro su nombre. Cómo acorralarla, pensé. Divagué tres o cuatro minutos y espeté: Ok, entonces escribe tu firma. Sentí que, pidiéndole su firma, la tenía acorralada. Esperé una revelación, un nombre real, un certificado de existencia. Y las letras que dejó escritas, me siguen quitando el sueño: Está es mi firma, dijo con autoridad: I. A.

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