Entre el lodazal humano encontré una flor blanca. A mí alrededor, en pleno siglo veintiuno, la guerra, ese monstruo irracional, camina como por su casa. Siento que el mundo ha enloquecido. ¿Así ha sido siempre? Veo ciudades derruidas. Bombardeos. Odio. Estoy cerca de Tel Aviv, en un kibutz. Ahí, veo de lejos a una mujer. A simple vista parece andar un poco más allá de sus ochenta. Hace trabajos domésticos. Es Mijal Snunit. La conocí hace algunos años, desde luego, a través del memorable, El Pájaro del alma.
Viene a mi mente el texto: Hondo muy hondo, dentro del cuerpo habita el alma. Nadie la ha visto nunca, pero todos saben que existe. Dentro del alma, en su centro, de pie en una sola pata habita un pájaro, El pájaro del alma. Él siente todo lo que nosotros sentimos. Me acerco a Mijal. Ella mira por la ventana un atardecer de horizonte enrojecido. De pronto pienso que son los colores residuales del sol antes de irse. Pero no. Son la lumbre que producen bombardeos y misiles. Ella permanece inmóvil, justo como si fuera un faro que yo, en mis delirios al leer su libro, he construido en su honor.
Sigo repasando mentalmente: Cuando alguien nos llama por nuestro nombre, el pájaro del alma, presta atención a la voz para averiguar qué clase de llamada es esa. Cuando alguien se enoja con nosotros, el pájaro del alma se encierra en sí mismo silencioso y triste. Quisiera hablar con Snunit. Pero se le ve tan ensimismada en lo que el mundo le muestra. No es mi intención, interrumpir otro, ¡imaginemos!, libro que ahora mismo, quizás, se está escribiendo en su mente. Tristísimo y aterrador texto habrá de ser. Es verdad, en el lodazal destructivo y la violencia en su máxima expresión, de la especie humana, encontré una flor blanca.
JUAN VILLORO
Es extraño este relato. Cada vez me descubro en los lugares menos penados. Ahora voy de viaje en avión. Me toca el asiento del pasillo. A un lado mío, una señora de edad madura, le hace conversación a otro pasajero. “Dicen que los artistas no deberían tener hijos”, espeta. Y esta frase le da al interlocutor lo que él necesitaba para empezar el prólogo de unos de sus libros. Las palabras me sobresaltan, creo que las he leído en alguna parte. Observo bien y sí, es el mismísimo Juan Villoro. Y con esa frase y su reflexión iniciará su texto, La figura del mundo.
Ya en La Feria del libro, lo volví a saludar antes de su conferencia. Hola, tú eres el que venía en el avión, ¿cierto? Sí, contesté, fírmame por favor tu libro. Al tiempo que lo dedicaba, propuse, ¿aceptarías uno mío si te lo obsequio? Dijo que sí. Entonces empecé a escribir la dedicatoria. En ese momento, alguien tomó una de las fotografías más queridas que tengo en mi haber: Juan Villoro (!) y yo, nos estamos dedicando sendos libros mutuamente. He leído el suyo, a pausas. No sé si él leería el mío.
Ayer, cuando caminaba por el sur de la ciudad, lo vi a lo lejos. Iba sólo. Recordé que durante su niñez (nueve años), sus padres se habían divorciado. Que empezó a Leer, gracias a el libro, De perfil, de José Agustín, que un amigo puso en sus manos. Que, su escritura abarca casi todos los géneros literarios, con excepción de la poesía. Que sus libros se han traducido a múltiples idiomas. Y que ha recibido cualquier cantidad de premios y reconocimientos como escritor. Sonreí, mientras me acercaba a él. Ya casi para cruzarnos, pensé, cómo me gustaría que se ganará el Nobel. Justo en ese momento nos cruzamos. No me siguió con la mirada. Tuve la intención de hacerlo. Un entusiasmo loco me bullía dentro. Y como tantas veces con gente que admiro a morir, no lo hice.
TÉ DE LEER
Hola otra vez. Aquí paso de nuevo a visitarlos. No sé qué piensen ustedes de mi aventura. Eso de salirse de un libro, quizás sea como salirse de la casa paterna por primera vez. Y hacer camino por tu cuenta. A veces, me acuerdo del libro del que escapé. ¿Seguirá siendo el mismo, sin el personaje principal? ¿Se habrán borrado las palabras que me definían, las que en aquellos días pronuncié y en aquellas páginas se escribieron? Tal vez, sólo cambió el curso de lo descrito y la historia sea otra. También por eso he regresado a platicar con ustedes. No olvido que soy un hombre que escapó de un libro.
Hasta donde recuerdo, sus reuniones eran los días sábados. Aunque esta vez, para salir de la costumbre, los he convocado en día lunes. Bien lo sé, el dicho es muy claro: los lunes, ni las gallinas ponen (ni las letras despiertan). Eso, hace todavía más apreciada su presencia. Dígamelo por favor, ¿no soy más que una fantasía?, ¿un delirio de una mente dispersa, que se empeña en escribir? Digamos, tú, Jung, que tan proclive te muestras a la ficción. ¿Qué pensarías de un hombre que, de una buena vez por todas, se decide, y emigra de su libro y sin pensarlo dos veces vive experiencias en otras historias escritas?
¿La gente que viene a El Refrán, a esta hora, también me ve? ¿Sólo ustedes, guiados por la hipnosis de estas letras, tienen la posibilidad de mirarme? Pueden decirlo. Que yo sepa, a ustedes no les puede ni siquiera la autocensura. ¿Soy uno más, de los seguidores, en la Travesía Lectora, de Dalia, en redes sociales? Bien sé que sus nombres incluidos en este relato, les podrán parecer algo inexplicable. Alguno de ustedes dirá: que yo recuerde, ningún lunes he ido a la cafetería. Y tal vez sea cierto, pero a mí, nadie me puede quitar de la cabeza que aquí hemos estado conversando.
HEMINWAY
El mar está picado. Las olas vienen y rompen contra el malecón con una fuerza que no es la usual. El cielo está encapotado. Todo lo que la vista alcanza, es nubarrón grisáceo tirando a negro. En tierra firme, un niño está triste. Yo, que ignoro cómo llegué y qué ando haciendo por estos lugares, camino hacia el muchacho. El viejo volverá, le digo a la vez que poso mi mano derecha en su hombro. Me mira, echando la mirada hacia arriba. Él, andará en sus doce años. ¿Y usted quien es, cómo lo sabe? Lo sé, que con eso te baste.
El chico es parte de la historia y lo ignora. El viejo, que hace varias semanas, cuando el mar estaba en calma, salió de pesca, se ha tardado en regresar. Pero el chico y los demás pescadores, no saben que se ha topado con la fortuna de tener en su anzuelo, al más grande de los ejemplares marinos que haya imaginado. Un pez de medidas extraordinarias. Lucha contra él para traerlo a su embarcación. El sedal se estira al máximo. El viejo es un experto en estas maniobras. Poco a poco lo acerca a su barca. Pero el destino también juega en esta, como en todas las historias. Debido al forcejeo del gran pez, hay un sangrado de su boca que por las aguas del mar se dispersa.
Cerca, un banco de tiburones, acecha. Debido a su olfato extremadamente agudo, van en busca del lugar de procedencia de la sangre. Llegan a donde el pez, lucha por zafarse. Y lo atacan. El viejo se da cuenta. Sufre lo indecible. Ahora su lucha es también contra los escualos. Luego de horas, horas y más horas de pelea, los atacantes terminan por engullir al enorme pez. Así, el viejo vuelve a tierra firme, pero sólo trae con él, una larga, larguísima, osamenta, como triste evidencia de su gran proeza. Parece que todo esto lo he dicho en voz alta, porque el niño me mira incrédulo. A la vez señala un punto de la playa. El viejo regresa. Cansado. Vencido. Amarra su barca al embarcadero. Atado a ella, se puede ver un largo, muy largo esqueleto del pescado.
