Consuelo González del Castillo
Escritora
No había nadie en la calle; sólo nosotros caminábamos por el pueblo de Murguía, en España. No recuerdo haber visto pasar algún automóvil, y mucho menos a algún transeúnte. La casa de mi hija está a una cuadra del lugar donde asistiríamos a misa para dar gracias por el año que terminaba: la Residencia de Ancianos Inmaculada Concepción, situada a la entrada del pueblo.
Era el último día del año. Parecía que eran las diez de la noche; sin embargo, el reloj marcaba que faltaban pocos minutos para las seis de la tarde. ¡Hacía frío, mucho frío! Alguien dijo: “Estamos como a menos uno”.
El aire calaba hasta los huesos. Mi esposo y yo caminábamos más aprisa que de costumbre con el propósito de llegar lo más rápido posible y guarecernos del viento gélido. Mi hija, su esposo y mis seis nietos nos seguían un poco atrás. “Ellos están acostumbrados”, pensé.
Irrumpimos en el recinto sagrado justo en el momento en que una joven mujer entonaba, en perfecta armonía, el canto de entrada.
Sentimos muchas miradas, voltearon a vernos: unos sonreían; otros, con el rostro serio; hubo quienes movieron la cabeza en señal de saludo y alguno que otro, tristemente, no tenía expresión en el rostro.
El sacerdote también era un anciano que, a mi juicio, tendría entre ochenta y cinco y noventa años, la misma edad, o quizá más, que los residentes de aquel lugar.
La ceremonia religiosa se desarrolló entre acontecimientos singulares que desbordaban ternura: rezos declamados con énfasis, voces temblorosas y oraciones pronunciadas con palabras sin sentido, o repitiendo las frases del sacerdote.
Al terminar el acto religioso, el diácono, un hombre joven, leyó las peticiones que algunos de los ancianos residentes habían escrito para el nuevo año que estaba por comenzar. Cito algunas que recuerdo con claridad: “Que mi familia tenga salud y felicidad”, “que podamos seguir bailando”, “que la vida sea buena con nosotros”, “que no nos falte la risa…” Todas igual de conmovedoras, nacidas del corazón de personas con una larga historia de vida que no se olvidan de su familia ni de aquello que todavía los hace felices.
Qué gran ejemplo nos dieron de amor por la vida, de esperanza y de ilusión por las cosas bellas que se desean en cualquier etapa de la existencia.
Salimos del lugar con calma, al paso que marcaban quienes ahí residen, nuevamente entre cantos, sonrisas y miradas ausentes.
Regresamos a casa plenos, con el corazón lleno y una certeza imposible de ignorar: la vida no se mide por los años recorridos, sino por la manera en que se viven. Porque cuando el camino es largo, no basta con llegar; hay que andar con dignidad, agradecer lo vivido, valorar lo que aún permanece y sostener, hasta el último paso, la risa, la esperanza y el amor como un acto imprescindible frente al tiempo.
