A una semana de la tragedia ambiental que golpeó al municipio de González, el silencio oficial se ha convertido en un segundo agravio contra las familias de los cuatro ejidos afectados. Miles de peces muertos flotan todavía sobre las aguas turbias de un arroyo que alguna vez fue cristalino, mientras la denuncia pública del alcalde Dr. Miguel Alejandro Zuñiga Rodríguez permanece sin eco en las instancias responsables.
La mordaz frase que circula en Venustiano Carranza —“El arroyo se va a limpiar con las próximas lluvias”— refleja con crudeza la resignación de una población que, en lugar de recibir respuestas inmediatas, se ve obligada a esperar que la naturaleza haga lo que las autoridades no han querido hacer: garantizar agua limpia y justicia.
El alcalde levantó la voz para exigir una investigación seria, con la esperanza de identificar al autor material o intelectual de este envenenamiento. Sin embargo, el tiempo transcurre y la indolencia institucional mantiene el misterio intacto. La falta de acción no solo prolonga el daño ambiental, sino que erosiona la confianza ciudadana en las instituciones que deberían protegerlos.
Los peces siguen ahí, testigos mudos de la negligencia, recordándonos que el ecocidio no termina con la muerte de la fauna: se prolonga en cada llave seca, en cada familia que espera agua, en cada día que pasa sin que se asuma la responsabilidad conforme a la ley.
El arroyo de González no necesita lluvias para limpiarse; necesita voluntad política, transparencia y justicia. El verdadero desastre no es solo ecológico, sino moral: la incapacidad de las autoridades para responder con la urgencia que la dignidad de la gente exige.
