LOCURAS CUERDAS

Fecha:

Jorge Chavez Mijares

La noche de Parga Cicerón y Robledo da Vinci en MACULT.

Querido lector, la noche del jueves 19 de febrero, empezó sencilla en Bellas Artes de Matamoros, casi doméstica. Un “buenas noches” dicho con afecto verdadero y no de protocolo, y la sensación de que lo que iba a ocurrir no era un acto más en la agenda cultural, sino una cita preparada con intención. Nos dijeron que el evento se había organizado con cariño, haciendo equipo con dos pilares de la cultura de Matamoros. Pero antes de llegar a los nombres mayores, hubo un gesto que dice mucho de una ciudad: se le dio espacio a los jóvenes.

Subieron primero dos promesas que no parecían promesas, sino certezas en formación. El tenor Dan Capetillo, con esa voz que todavía tiene hambre de escenario, y el pianista Carlos Hinojosa, que no solo tocó un instrumento: lo salvó. Porque se nos dijo que ese piano que escuchamos esa noche estuvo a punto de convertirse en leña. Años guardado, donación antigua, madera resignada. Hasta que alguien decidió que todavía servía. Lo reparó. Le regaló fines de semana. Le regaló tiempo. Y gracias a él, hoy en Bellas Artes hay un piano que puede sostener un concierto. No será el mejor del mundo, pero tiene algo más importante: voluntad. Eso fue un buen presagio para lo que vendría.

Carlos Rodríguez explicó qué es MACULT y quiénes lo conforman, recordándonos que la cultura no se improvisa: se organiza. Luego Diana Pacheco leyó la semblanza de los ponentes y la atmósfera empezó a cambiar de temperatura. Se habló de Leonardo da Vinci como polímata, como mente sin fronteras. Se nos invitó a mirar el mundo con curiosidad, a cuestionar, a imaginar sin límites.

Y entonces comenzó Ernesto Parga. Se presentó como amigo agradecido de MACULT, aunque, llevado por la emoción, le agregó una “A”: MACULTA. Un pequeño desliz que en realidad fue una caricia. Habló del buen trato recibido durante la preparación del programa, y dejó sembrada una lección sencilla pero profunda: la cultura empieza en la manera en que se trata a las personas. Y ya con el ánimo dispuesto, con el oído afinado por el piano rescatado y el espíritu despierto por el tenor joven, entramos de lleno a la experiencia mayor.

Sesudo lector, la presentación de Ernesto Parga y el arquitecto Robledo en el Foro de Bellas Artes fue algo muy novedoso, pudimos ser testigos de la presentación simultanea de dos iconos de la auténtica cultura en Matamoros. Fue un manjar del renacimiento que nos dieron estos dos grandes matamorenses por querencia y adopción, uno de Yahualica, Jalisco, Parga y el otro de Monterrey, Nuevo León, Robledo.

El auditorio se puso en penumbra respetuosa. La luz caía como un foco renacentista sobre el escenario, y en ese claroscuro, que parecía extraído de un taller florentino, dos voluntades se desplegaban simultáneamente: la del verbo y la del trazo. En el centro, Ernesto Parga caminaba con la seguridad de quien entiende que la palabra es arquitectura invisible. Sus manos dibujaban el aire mientras su voz construía puentes hacia la Florencia del Quattrocento. No hablaba: modelaba ideas. Se desplazaba con pausas estudiadas, con silencios que respiraban intención. Cada giro del torso, cada inclinación leve del mentón, cada modulación de la voz, era parte del andamiaje retórico, incluso su chascarrillo final.

Parga dio muestras sobradas de lo que domina sin recato qué es la oratoria. Es un Marco Tulio Cicerón traído del año 77 A.C. desde las entrañas mismas del imperio romano. Sabe perfectamente que un buen orador no solo son las palabras, es la forma de moverse, los silencios medidos, las pausas, la mirada y que la indumentaria que se escoge no viste solo al orador, también viste su discurso. Sobradamente sabe que la conversación inteligente combina la buena elocuencia y la buena audiencia, saber disertar y saber escuchar.

Mientras tanto, a su izquierda, en una escena paralela que parecía coordinada por el destino, el arquitecto Robledo inclinaba su cuerpo sobre la mesa de dibujo, ese altar del trazo, con la concentración de un monje cartujo frente a un códice iluminado. La pantalla gigante proyectaba cada movimiento de su mano derecha, ampliando el misterio. El público podía ver cómo la línea tímida se volvía estructura, cómo el esbozo incierto encontraba proporción. El plumón avanzaba con precisión quirúrgica. No había titubeo. No había borrones innecesarios. Solo una secuencia disciplinada de curvas y rectas que poco a poco revelaban el rostro eterno de Leonardo.

Quisquilloso lector, si Parga es Cicerón, el arquitecto Robledo es Leonardo da Vinci, pues si Parga tiene el poder de la Palabra, Robledo tiene el poder del trazo puntual y correcto. Ver como su mano derecha se desplazaba en el altar del trazo que le proveyeron para que desbordara su inspiración, esa mesa donde el caos inicial se convirtió finalmente en geometría y pudo domesticar el universo que habita su mente frenética.

Había algo profundamente simbólico en esa simultaneidad que nos regalaron Parga Cicerón y Robledo da Vinci: mientras uno levantaba catedrales de ideas, el otro levantaba cúpulas de líneas. Mientras la voz viajaba por el siglo XV, la grafita lo hacía tangible. El público no sabía hacia dónde mirar primero: si hacia el hombre que invocaba a Leonardo con elocuencia romana, o hacia el hombre que lo hacía renacer con precisión renacentista.

Querido y dilecto lector, fue una lección doble: la palabra crea sentido; el trazo crea forma. Y esta noche, en ese escenario, sentido y forma caminaron juntos. Gracias amigos por mantener viva la esperanza de que Matamoros todavía puede ser la Atenas de Tamaulipas.

El tiempo hablará.

 

Artículo anterior

Compartir:

Popular

Ecos Informativos

Glosas

Por Miguel Garay Ávila -Levantan la mano para Alcaldes; En Matamoros,...

Dialogando

Piden la cabeza de Cabeza *Que irán por él hasta...

ENTRE LINEAS

POR:LIC. JORGE ARANO ***SE HA FORTALECIDO EL PARTIDO VERDE EN...

T E C L A Z O S

NUEVO LAREDO, EJE DEL COMERCIO EXTERIOR EN AMÉRICA”: CARMEN...