(QUINTA ENTREGA)
CARLOS ACOSTA

GALEANO
Siempre había querido decirle estas palabras a él, personalmente. Lo había conversado con mis amigos, muchas veces. Ellos reían y no más. Por muy disparatada, boba, impropia, que pareciera la idea, para mí significaba un sueño clausurado, por el hecho que el escritor Eduardo Galeano, murió en el año dos mil quince. No obstante, en este personaje, prófugo de un libro, que soy, supe que podría hacerlo. Decírselo en estos renglones.
En un viaje que el escritor hizo a nuestro país, asistí en primera fila, a sus dos conferencias. Habló del libro que, en el año previo, había publicado. Entonces, corría mil novecientos ochenta y seis, Al término de las ponencias, a propósito, espere a ser el último para que me firmara su libro. Fue una espera de casi una hora por la cantidad de lectores que esperábamos su firma en el libro.
Yo lo había conocido desde su trilogía, Memoria del fuego. Y después, Las venas abiertas de América Latina. A últimas fechas, lo tenía en mente por una de sus viñetas literarias en donde habla de Utopía. Es como el horizonte, dice Galeano. Te acercas, se aleja. Corres hacia ella, se aleja un poco más. Para eso sirve la Utopía: para caminar.
Y aquella vez fue donde se lo dije: Este libro, justo el que me vas a dedicar, El libro de los abrazos, debí escribirlo yo. Él, sin levantar la vista de la hoja que firmaba, sonrío de buena gana. Tal vez fue por el tono sereno en que lo dije, o porque ya estaba cansado de tantas firmas estampadas. Proseguí: lo escribiste tú, por la simple y sencilla razón de que naciste unos años antes que tu servidor. Entonces sí; me vio a los ojos con su mirada mefistofélica y soltó una media carcajada. Digamos que lo tomó por el lado amable. Mientras terminaba de escribir la dedicatoria agregó: son las ventajas de cargar unos años más que algunos de los lectores.
NERUDA
Vuelvo a pie. No sé de dónde vengo ni a dónde voy. Este rasgo no me mortifica, dado que, en mi calidad de itinerante de libros, es natural que así suceda. He olvidado el fajo de hojas del cual vengo, el que ayer visité. Llevo bajo mi brazo un libro pequeño y delgado. Es mi compañero desde hace muchos años. Lo he leído innumerables veces. ¿A partir de cuál número es permitido usar la palabra innumerable? ¿Más de cincuenta, jugando con la ortografía: sin-cuenta? Y cada vez que lo hice, me gustó más. Leo los versos y escucho su voz: Mi cuerpo de labriego salvaje te tocaba, y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.
Del fondo de una penumbra de árboles frutales, emerge; viene con paso lento, un hombre tosco, de silencio muy hondo y ojos grandes. Le veo de lejos. Es él, el poeta que escribió el libro que me acompaña. Es joven todavía, veintitrés años, quizás. Manos en los bolsillos, mirada perdida. Es Neruda, el gran Pablo Neruda, dice mi voz a gritos más allá de mi garganta. Pasa a lo lejos. Lento. Como si fuera un fantasma que escapó de su misterio. Él no me ve. Anda absorto, de seguro buscando otro poema.
No logro detener mi voz. Se me escapa el grito: ¡Poeta! Él escucha. Mira hacia donde estoy. Sonríe. Detiene su andar y levanta su mano como un saludo que dice hola y, a la vez, adiós. Yo trato de acercarme. En verdad, me resulta muy emotivo poder cruzar una conversación, por breve que sea, con él. No obstante, el poeta vuelve a sus pasos. No lleva prisa. Con un poco de prisa, podría alcanzarlo. Pero no. Con lo que ha sucedido me basta.
Su figura se pierde en lo lejos de la calle. A estas horas no se sabe si se acerca la noche o amanece. Por lo menos yo no podría precisarlo. Reverberan en mis tímpanos los ecos de sus versos. Leo el título del libro y me siento retratado. Su voz, de él, del libro, en el aire: Ah vastedad de pinos, rumor de alas quebrándose, lento juego de luces, campana solitaria. Miro las pastas con el título en letras rojas. Son los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Podré decir que mi vida ha valido la pena. Caminé, poblé, entre sus letras, frases y metáforas, uno de los libros que salvaron mi pubertad. Ah, cada vez creo más en los milagros.
