EL HOMBRE QUE ESCAPÓ DE UN LIBRO (SEXTA ENTREGA)

Fecha:

POR  CARLOS ACOSTA

 

JAIME SABINES

 

Parpadeé y los árboles se convirtieron en casas. En la esquina de la calle, sentado en un sillón junto a un perro, un hombre fuma. El humo del cigarro intenta cubrirle el rostro. En su mente vagan ideas como esta: uno es el hombre, uno no sabe nada de esas cosas, que los poetas, los ciegos, las rameras, llaman misterio, temen y lamentan. Sonríe para sí. Eso, algún día, lo voy a escribir.

 

Es, Jaime Sabines, quien se considera un peatón. Un transeúnte que, sin embargo, ha publicado poesía (sin adjetivos). Me acerco. Escribo este relato cuando Don Jaime ya no está en este plano terrenal, pero el hecho de que yo sea un hombre que escapó de un libro, me concede la posibilidad, no sólo de acercarme, sino incluso, de conversar con él.

 

Dígame algo a mí que apenas me conoce, me aventuro. Reflexiona en voz alta: Uno nació desnudo, sucio, en la humedad directa, y no bebió metáforas de leche, y no vivió sino en la tierra, (la tierra que es la tierra y es el cielo, como la rosa, rosa, pero piedra). Y de usted mismo, qué diría. Asiente. Continúa: Uno apenas es una cosa cierta que se deja vivir, morir apenas, y olvida cada instante, de tal modo, que cada instante nuevo, lo sorprenda.

 

Creo que aquí me voy a quedar, pienso. Siento que este es el lugar donde, alguien como yo, podría sentirse él mismo. Yo, que tengo una forma de ser que, que acepto, incluso la tolero; es más, la celebro… pero no la recomiendo. Este es mi lugar, repito ante la urgencia de los pies por seguir caminando. 

 

Cuando sé que es por demás, que seguiré el peregrinar que desde niño me fue anunciado (yo nací para decir adiós, y nunca tuve deseo ni apuro por impugnar ese destino), le digo cara a cara: Don Jaime, deme su despedida. Él mastica entre el humo del cigarro y un gesto que no alcanzo a distinguir si es melancolía o fastidio: Uno es el agua de la sed que tiene, el silencio que calla nuestra lengua, el pan, la sal, y la amorosa urgencia de aire movido en cada célula.

 

PUÑADO DE ÚNICOS

 

En esta parte del relato, no voy de libro en libro, como lo he venido haciendo desde que salí del original. Ahora, me descubro brincando, como lo hacía cuando era niño, en el juego de, Bebe-leche, que consistía en dibujar una fila de recuadros en el suelo e ir brincando en un pie sobre los cuadros desocupados. De esta manera iré de poeta en poeta, visitando las letras que me nombran.

 

Vago por las calles del siglo dieciocho, en Fráncfort de Meno, Alemania. Todo es tan familiar y extraño. Escucho una voz a mis espaldas: ¡Detente, instante, eres tan bello!, es el poeta Goethe. Apenas tengo tiempo, dos segundos tal vez, de inmersión en el asombro. Su figura, borrosa, presurosa, se pierde en la neblina. 

 

Luego salto a otro momento. 

 

En una biblioteca perdida en un barrio de Cracovia, pensativo, dibujo letras en un cuaderno. Escucho una voz femenina, suave pero firme: es la alegría de escribir. Se trata de Wislawa Szymborska que dice: ¿Existe, pues, un mundo sobre el que tengo un dominio absoluto? ¿Un tiempo que ato con cadenas de signos? ¿Una existencia infinita a mis órdenes? La alegría de escribir. La posibilidad de hacer perdurar. La venganza de una mano mortal.

 

En el siglo veinte, cerca de la zona rosa de la ciudad de México, en un Café Cantante, miro al poeta José Emilio Pacheco. Lee en voz alta, para su amigo, Carlos Monsiváis. Lo escucho desde otra mesa cercana: No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas -y tres o cuatro ríos.

 

“Hermanos, cuando en el futuro nos juzguen, sed benévolos”. Bertolt Brecht, habla frente a sus compañeros de ideología política. Su gesto duro, no dice más de lo que han dicho sus palabras.

 

He saltado varias veces. Ahora caigo en El Caribe.

 

Soy testigo del momento en el que, Nicolás Guillén, el bardo nacional, pronuncia una de sus célebres máximas. Para mí, la más preciada joya. Así habló. “Y haz que se vea, junto al poeta, el hombre”.

 

He sido, por decirlo un poco más aproximado a la emoción que me rebasa, como una estrella que viene saltando de Galaxia en Galaxia.

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