Por Jorge Chávez Mijares
El tiempo del discurso y la Presidenta como única alusión de poder.
Querido lector, hay momentos en la vida pública en los que el tiempo deja de medirse en minutos y comienza a medirse en símbolos. El cuarto informe del gobernador Américo Villarreal Anaya no duró dos horas con veinte minutos. No. Duró algo más complejo: duró lo que tarda un poder en explicarse a sí mismo frente a su pueblo y, acaso, en redefinir sus lealtades.
A la una de la tarde, hora de Victoria, el gobernador no entró al Polyforum de Ciudad Victoria: fue absorbido por él, yo estaba justo en la entrada. Una marea humana, burócratas de traje oscuro, operadores políticos de sonrisa medida, ciudadanos curiosos en su indumentaria de pueblo, y una fauna inevitable de teléfonos inteligentes en alto, lo recibió como se recibe a los personajes que ya no pertenecen del todo a sí mismos. Los celulares, levantados como cirios digitales, no buscaban iluminar el rostro del mandatario: buscaban capturarlo, apropiarse de él, archivarlo en la memoria líquida del presente, unos pudieron, otros no.
Hubo manos extendidas, apretones sinceros, otros ensayados, hubo también sonrisas de reconocimiento y otras de cálculo. El gobernador avanzó como quien atraviesa una frontera invisible, de hombre a símbolo, saludó, sonrió, alzó la mano y fue avanzando por el pasillo hasta llegar al frente, y en un gesto que no pasó desapercibido, los brazos cruzados sobre el pecho, ensayó una liturgia moderna: el abrazo sin contacto, esa pedagogía post-pandémica que terminó convirtiéndose en signo político de cercanía medida.
El Polyforum no era un auditorio, era una escenografía bien pensada, nada improvisada. Ochenta y cuatro pendones con publicidad de los logros del Gobernador, como columnas simbólicas de un templo cívico, custodiaban el espacio, seis pantallas: cuatro frontales muy grandes y dos laterales más pequeñas. El guindo institucional, color Morena, dominaba como una atmósfera emocional más que como un color.
En el centro, el escudo de Tamaulipas flotaba como un sol heráldico, recordando a todos que ahí no se hablaba en nombre propio, sino en nombre de una entidad que se pretende histórica, pero que sigue siendo profundamente contingente. La audiencia era un mosaico: la clase política, siempre atenta a los gestos; los burócratas, disciplinados en el aplauso; y el pueblo con sus frituras y sus dulces que llevaron para compartir, incluso a mi me ofrecieron. Era el pueblo, ese ente abstracto que se concreta en rostros específicos pero que, paradójicamente, rara vez decide. Ahí estaba como periodista que husmea la noticia, no para repetirla sino para desmontarla y contarte querido lector.
El gobernador comenzó su discurso a las 13:30 horas y habló. Habló durante dos horas con veinte minutos. Algunas de las personas que estaban cerca de mi no pusieron toda la atención, en la universidad tuve un maestro que decía que “La mente capta lo que la nacha aguanta”. Creo que para el promedio de gente el tiempo empleado fue abundante por decirlo eufemísticamente.
En ese tiempo, lo que vi no fue sólo un informe. Fue una construcción narrativa del poder: una arquitectura verbal donde cada cifra, cada reconocimiento, cada pausa, tenía un propósito. El conteo es revelador: 63 momentos de aplauso, esas pequeñas validaciones colectivas, algunas sinceras, otras mecánicas, otras francamente burocráticas. Desde el primer aplauso dentro del discurso del informe, dedicado al Congreso, hasta el último, lo que se desplegó fue un mapa de lealtades.
Poder Legislativo legitimado, Poder Judicial refundado, alcaldes celebrados, aunque no todos merecían el aplauso, ni siquiera al joven e insulso alcalde que se levantó como si la historia lo hubiera llamado por su nombre, en fin, cosas veredes, decía el Mio Cid. Gabinete: agradecido, pero con una frase que dejó una sombra: “hombres y mujeres honestos, técnicamente capaces…” y ahí, el subtexto gritó más fuerte que el texto. ¿Acaso las y los que se fueron no llenaban el cuadro?
Y luego, el tema crucial: la desaparición del ITAI y su sustitución por una Secretaría interna. Ahí una pregunta queda suspendida como un eco que no se disipa: ¿Puede el poder vigilarse a sí mismo sin deformarse? No es una pregunta retórica, es una advertencia.
Sesudo lector, debo decirte que hay ausencias que pesan más que las presencias, este fue el primer informe en el que no se mencionó ni una sola vez al expresidente Andrés Manuel López Obrador. Ni una, en un gobierno cuya narrativa se ha construido sobre la continuidad de un movimiento, ese silencio no es casual, es síntoma y en política, los síntomas suelen ser más elocuentes que los discursos. Podría leerse, con cautela, pero sin ingenuidad, como una de las primeras secuelas de la salida de Francisco Cuéllar de Comunicación Social, un ajuste de narrativa, un reacomodo de referentes, una transición sutil del origen hacia el presente.
Por otro lado, el conteo es claro, preciso, incontrovertible: “La Presidenta” o Claudia Sheinbaum Pardo fue mencionada nueve veces dentro del discurso. Nueve, no es un número menor. Es una declaración de alineación. Pero hay algo más fino aún: el propio gobernador señaló que han sido nueve las visitas de la Presidenta a Tamaulipas. Como si el discurso hubiera decidido imitar a la realidad, o la realidad acomodarse al discurso. Nueve menciones, nueve presencias, no es sólo repetición: es cadencia, es ritmo político, es una forma de dejar en claro, sin decirlo abiertamente, dónde gravita hoy el centro del poder.
Hubo un detalle que me pareció bastante peculiar, el llamado “Puerto del Norte” fue presentado como realidad operativa, pero desde la frontera, desde el conocimiento empírico, tenemos la maldita costumbre de desmontar la narrativa. Sin movimiento constante de embarcaciones, sin intercambio económico efectivo, sin estructura institucional operando, no hay puerto, hay proyecto, hay intención, hay discurso, pero no hay puerto. Y en política nombrar algo que aún no es, es una forma elegante de anticipar una realidad o, en el peor de los casos, de simularla. En nuestra frontera cuando he ido al Puerto de Brownsville veo una realidad, cuando voy a Higuerillas veo un proyecto.
Algo que llamo mi atención fue que el gobernador repitió el tema de la cuera tamaulipeca, es decir duplicó la idea, pero en medio de la mención de logros turísticos y deportivos omitió mencionar el maratón de Matamoros. ¿Omisión y olvido?
Dos horas con veinte minutos después, el gobernador terminó, pero lo que quedó no fue un informe, fue una radiografía, un gobierno que presume orden financiero, inversión histórica y reducción de delitos. Un gobierno que se asume humanista, un gobierno que aplaude y es aplaudido.
Pero incluso en medio de esa arquitectura del poder, hubo zonas donde el discurso encontró su mayor solidez. En el terreno de las finanzas públicas, el informe dejó ver, más allá del entusiasmo discursivo, una línea de conducción técnica que merece ser destacada. La reducción del saldo de la deuda, la mejora en la calificación crediticia hasta alcanzar la categoría Triple A estable y el hecho no menor de no haber recurrido a deuda de corto plazo para cerrar el ejercicio, no son datos menores en un país donde la tentación del endeudamiento ha sido históricamente una salida fácil. Ahí, la conducción del secretario de Finanzas, Carlos Irán Ramírez González, se perfila como una figura que ha entendido que la estabilidad no se proclama, se construye. No es casual que el aplauso dedicado a ese rubro haya tenido un destinatario tácito pero evidente: cuando las finanzas caminan con orden, el gobierno respira con mayor legitimidad.
Y si en el ámbito financiero el gobierno encuentra sustento técnico, en el ámbito social encuentra rostro. Porque más allá de la retórica del bienestar, el trabajo del Sistema DIF Tamaulipas, encabezado por la doctora María de Villarreal, introduce un elemento que pocas veces logra consolidarse en el ejercicio del poder: la cercanía tangible. La cobertura total de desayunos escolares calientes, la atención a sectores vulnerables y la construcción de redes comunitarias no sólo hablan de política social, hablan de presencia. En un entorno donde los números suelen deshumanizar la acción pública, el DIF se convierte en el recordatorio de que gobernar también implica tocar vidas concretas, con nombre y apellido. Ahí, más que discurso, hay contacto; más que narrativa, hay territorio.
Querido y dilecto lector, así, entre aplausos medidos, cifras contundentes y silencios reveladores, el poder no sólo se explicó: se exhibió en su momento de mayor concentración. Un gobernador con el control político del Estado, con un Congreso a su favor, un Tribunal Superior de Justicia alineado y una Fiscalía que no incomoda, configura un escenario de poder casi absoluto. Pero incluso los ciclos más sólidos tienen fecha de caducidad, vendrán los próximos dos años, donde ese poder, hoy robusto, comenzará inevitablemente a fenecer. Y será entonces cuando sabremos si lo construido fue estructura o apenas escenografía.
El tiempo hablará.


