EL HOMBRE QUE ESCAPÓ DE UN LIBRO (SÉPTIMA ENTREGA)

Fecha:

POR CARLOS ACOSTA

BENITO TAIBO

 

Abro los ojos en un lugar que, a primera vista, me parece conocido. Es posible que se trate del “fenómeno de lo ya visto” que, como es bien sabido, se debe a una alteración neuronal en la región temporal de la masa encefálica. Aun así, siento que ya estuve en este sitio más de una vez. Son las páginas de un libro que escribe un chico de doce años. ¡Ah, claro!, la infancia y pre pubertad, sin duda, han sido los temas recurrentes en lo que sueño algún día, si es que puedo, llegar a escribir. 

 

Veo en una esquina cualquiera de la ciudad soleada, a un niño que anda pisando los trece años. Mira hacia lo alto de un edificio. Sin que él se dé cuenta, me acerco a sus espaldas, lo más que puedo. El propio estado de ensoñación del que es presa, no le permite notar mi presencia. Habla con voz muy quedita. Dice: cómo es que ha subido ese hombre hasta lo más alto del edificio, y por qué razón amaga con lanzarse desde allá con el obvio propósito de quitarse la vida. Y acá abajo -continúa- aquella señora con niño en brazos, su esposa, grita tanto y tan fuerte que casi me deja sordo. Luego, la gente que se arremolina. Los mirones que nunca faltan. Algunos caen en el vulgar placer de hacer apuestas: doscientos pesos, a que se tira en menos de diez minutos. Un borracho irreverente que le grita, ¡ya tírate, no seas marica!

 

Escucho la historia de labios del muchacho. En ese momento, se acerca una chica más o menos de su edad. Trae una mandarina en sus manos. Le retira la cáscara. Parece que la va a comer. Conversa con él. Algo que no alcanzo a escuchar se dicen. Es raro, porque ninguno de los dos me ve. Más extraño aún me parece que yo tampoco veo al hombre sobre el edificio ni a su mujer ni al borracho. ¿Qué está pasando realmente? Sigo caminando por el libro. El muchacho ha contado la historia hasta el fin. 

 

Cuando nadie lo imaginaba, el hombre saltó al vacío. ¡Oooooohhhhhh!, fue la exclamación que siguió al atrevimiento del suicida. Venía cayendo a máxima velocidad hacia el pavimento de la calle, cuando, un metro antes de pegar con el piso, abre los brazos y levanta un vuelo en “U” que lo salva. Hace una pirueta en el aire y finalmente cae de pie, ileso. La gente aplaude. Lo felicitan. Lo abrazan. Incluso lo llevan en hombros como si fuera un futbolista famoso, ídolo de multitudes.

 

En ese momento la niña pregunta. ¿Y qué tanto ves hacia arriba? El muchacho sonríe para sí y luego con ella. Bah, casi grita otra vez la imaginación me ha traicionado. Yo tampoco salgo de mi asombro. Pero más allá de las páginas del libro, puedo ver a su autor, Benito Taibo. Observo que es un libro casi de bolsillo cuyo título es sugestivo: ¨Persona normal”. En donde el autor ha dejado relatos memorables, todos con información añadida. Por ejemplo, en este del niño imaginativo, nos hace referencia a Ícaro, personaje de la mitología griega. De su deseo de volar. Hijo de Dédalo. Escapa de Creta (de una prisión) usando alas de cera que el propio padre, le había construido. No vueles muy alto, no te acerques al sol. Las alas son de cera, se podrían derretir. Ícaro, como todo buen personaje, desobedece. Las alas se derriten por la cercanía del sol. Él cae desde lo más alto. Muere. Entristezco un poco. Seguiré mi viaje.

 

CLARICE LISPECTOR

 

Mientras quede un soplo de vida, hay que seguir escribiendo, parece decir Clarice Lispector. Ella está sentada en una banqueta alta de una calle honda. Balancea los pies al aire. Deja que un viento imprudente le agite los cabellos. Tiene esa mirada que bien puede estar viendo El Todo en un punto indefinido, o bien, La Nada en ese mismo punto. Yo vengo de donde sale el sol, así que, al llegar, la miro de espaldas. Aun así, la reconozco. La reconocería, aunque hubiera cien personas de espaldas sentadas a su lado. En sus libros, en especial en “Un Soplo de Vida”, en el que ahora camino como si por mi casa anduviera, la veo porque me veo, con absoluta nitidez. En especial cuando escribe: Quería escribir un libro. Pero ¿dónde están las palabras? 

 

Y después, sigue siendo espejo. La imagen que aparece cuando leo tiene mucho parecido conmigo: ¿Debo imaginar una historia? ¿Doy rienda suelta a la inspiración caótica? Hay tanta falsa inspiración. ¿Y si viene la verdadera y no llego a tomar conciencia de ella? ¿Será demasiado horrible querer adentrarse en uno mismo hacia el límpido yo? Ay, Clarice, eres bella. 

 

Ahora, ella y yo nos encontramos en su libro que camino. Antes nunca. Así que no entiendo cómo es que dice, casi con absoluta exactitud, lo que muchas veces ha pasado por mis insomnios en horas reflexivas: Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Y enseguida la parafraseo: Quien lo ha intentado, sabe que corre el peligro de hurgar en lo que está oculto. Y comprendo: No sería raro que en más de una ocasión yo mismo, no sólo me asombrara, sino que terminase por sentirme defraudado.

 

En las siguientes páginas doy con más sabiduría que me deslumbra y a la vez, muestra caminos propios, quiero decir, míos. Especialmente en donde escribe: Las palabras que digo esconden otras, ¿cuáles? O bien en uno de sus aforismos más entrañables y directamente relacionados conmigo: Escribo de manera muy sencilla y desnuda. Mi vocabulario es triste.

 

De tanto caminar y caminar sus páginas, llego a sentir un milagro y podría firmar a ciegas este enunciado de Clarice (¡y mío!): Este libro es una paloma mensajera. Pienso que lo es porque lleva un recado, un texto, muchas letras que han de volar por el mundo. Por el mundo, he dicho. No exagero. A cada lugar a donde llegue, llevará palabras auténticas, expresiones nacidas en el más hondo manantial de un espíritu en constante renovación. 

 

Detengo mi caminar ante una página que descubro imperecedera. La transcribo íntegra o a saltos entre renglones. Dice así: Siento que no estoy escribiendo todavía. Presiento y quiero un hablar más fantasioso, más exacto, con mayor arrobamiento, que haga volutas en el aire. En cada palabra late un corazón. ¡Hasta ahora he vivido sin madurar! No aguanto lo cotidiano. Mi vida es un único día. Mi vida me quiere escritor y entonces escribo. No es una elección: es una íntima orden de batalla.

 

Así soy. Así sea.

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