Por Jorge Chávez Mijares
Ramón Antonio Sampayo Ortiz. Historias del Bicentenario de Matamoros. 5 de 200.
Querido lector, hay casas que no se visitan, se atraviesan y hay encuentros que no se pactan, se cumplen. Aquella mañana de mayo de 2021 a las diez en punto, como si el tiempo hubiera sido convocado con disciplina casi ritual, me dirigía a la residencia de un hombre que, al rodar de los años, ha aprendido a habitar no solo su espacio, sino también su historia. Olvidé el número del domicilio, es cierto, pero no el destino. Bastó la llamada oportuna, Rodolfo Simón, otra vez fiel al arte de resolver lo invisible, para que la ciudad, como si tuviera memoria propia, me condujera sin extravíos.
Ramón Antonio Sampayo Ortiz salió a recibirme personalmente. No hubo antesala, ni protocolo, ni esa innecesaria escenografía que a veces envuelve a quienes han detentado el poder. Desde el primer instante quedó claro que no estaba entrando a una casa: estaba ingresando a un territorio donde el tiempo había decidido quedarse a conversar.
La arquitectura colonial no solo seducía: contenía. El jardín, impecable, parecía obedecer a una voluntad constante, como si cada hoja supiera que formaba parte de una composición mayor. Al cruzar el umbral, la atmósfera cambió de registro: el aire tenía densidad, como si las paredes conservaran fragmentos de conversaciones pasadas. Entonces lo vi, un ángel de plata repujada. No estaba colocado, estaba presente. Nos acompañó toda la conversación, silencioso, vigilante, como si tuviera la encomienda de custodiar no lo dicho, sino lo que estaba por decirse.
Nueve retratos familiares se alzaban como testigos de una genealogía que no pedía permiso para ser evocada. Sobre un piano color nogal descansaban objetos que no eran ornamentos, sino reliquias domésticas del tiempo. Dos cuadros, uno de inspiración religiosa y otro con resonancias egipcias, parecían sostener un diálogo secreto entre lo eterno y lo ancestral, como si la casa misma hubiera decidido no elegir entre el cielo y la historia.
Me ofreció café y lo preparó él mismo. En ese gesto, aparentemente trivial, hay una forma de entender la vida, la cercanía no como concesión, sino como principio. Frente a mí estaba el hombre que gobernó Matamoros de 1996 a 1998. Por un momento me recordó a Steve Jobs con su vestimenta, con la sobriedad de quien ya no necesita demostrar nada, mezclilla, camisa a cuadros en blanco y azul, calzado ligero. Su cabello, abundante y cano, no era señal de desgaste, sino de tránsito. Había en él una serenidad que no es frecuente en la política: la de quien ha logrado conciliar su historia con su presente. Muy estoico él.
Cabe decir que no vi en él al exalcalde. Vi a un hombre que había sobrevivido al poder sin perderse en él y eso antropológicamente no es poca cosa. Amable, accesible, libre, pero, sobre todo, pensante, porque hay políticos que reaccionan y hay otros, los menos, que procesan. Así comenzó nuestra conversación con el primer alcalde panista de Matamoros.
Su victoria en 1995 no fue un accidente electoral. Fue, en términos históricos, una fisura en la aparente invulnerabilidad del sistema. Enfrentó a Homar Zamorano, la colonia Jardín vs el Ejido La Gloria, respaldado por el entonces gobernador Manuel Cavazos Lerma, en una época donde el PRI no solo dominaba: definía la realidad política misma. Derrotar a esa estructura, con figuras como Tomás Yarrington y el legendario Chuy Vega, no fue una hazaña menor. Fue, en términos prácticos, un acto de irrupción. Haiga sido como haiga sido.
Contador público por el Tec de Monterrey, pero con vocación íntima por la ingeniería civil, como si siempre hubiera querido construir algo más que balances, compartió aulas con Yarrington. Eran estudiantes, foráneos, jóvenes aún no atravesados por la gravedad del poder. Nadie en aquel entonces habría apostado que sus trayectorias se entreverarían en los laberintos de la política tamaulipeca.
Antes de la política, la Coparmex y en ese espacio, el germen. No el del poder, sino el del deber. Recuerda su primer encuentro con el gobernador en el restaurante “Los Portales”. El motivo: una irrupción militar sin orden judicial en la casa de un empresario. La escena tiene algo de teatro político: el poder, consciente de sí mismo, ejerciendo distancia. Frialdad inicial. Gestos calculados. Pero también, al final, una respuesta. Sampayo no vio en ello una ofensa, vio un estilo y supo leerlo.
Sesudo lector, llegó la candidatura y con ella, la decisión inevitable. Porque hay momentos, pocos, pero definitivos, en los que la vida no te pregunta si estás listo, simplemente te coloca. Tras el triunfo, el murmullo, siempre el murmullo, incluso el murmullo mío como cronista, que si Yarrington, que si influencias, que si pactos. La política, ese viejo arte bizantino, nunca tolera la claridad de las victorias. Hubo tensiones, hubo embates, hubo intentos de desestabilizar. Pero Sampayo entendió algo esencial, el poder no se ejerce respondiendo a cada golpe, sino administrando el tablero.
La relación con el gobernador Cavazos Lerma fue, en sus inicios, áspera. Recursos retrasados, decisiones disputadas. El episodio del gerente de la JAD fue más que una diferencia administrativa, fue una prueba de carácter. Y la resolvió como se resuelven las batallas importantes, sosteniendo la posición hasta imponer a Alfonso Sánchez Ruelas. Pero también entendió, y ahí radicó su madurez política, que el conflicto permanente no construye y supo transitar hacia el entendimiento, porque el auténtico político no es el que confronta por impulso, sino el que armoniza por inteligencia.
Y entonces, la escena se rompió. Una niña, su nieta, irrumpió en el espacio. No pidió permiso, claro que no lo necesitaba. Lo abrazó y en ese instante, todo lo anterior, la política, el poder, las tensiones, quedó suspendido, reducido a su justa dimensión ante lo verdaderamente importante. Ahí comprendí, que existen jerarquías que ningún cargo alcanza, las del afecto familiar.
Terminamos la conversación sin concluirla, con Ramón Antonio Sampayo las charlas nunca terminan, solo se pausan. Salí de aquella casa con la certeza de que no había entrevistado a un exalcalde, sino a un hombre que supo atravesar el poder sin perder su centro. Gracias, Ramón.
El tiempo hablará.
