CÓDIGOS DE PODER

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México en el eje del mal.

A lo largo de la historia, México ha sido mucho más que un vecino de Estados Unidos: ha sido un socio estratégico, aliado constante y actor leal en los momentos más críticos del orden internacional. Lejos de comportarse como un enemigo, México ha brindado estabilidad en la frontera sur, cooperación en inteligencia, contención migratoria y acuerdos comerciales clave como el T-MEC. En las guerras mundiales, en la lucha antiterrorista posterior al 11-S, en las crisis económicas, sanitarias o climáticas, México ha estado del lado correcto de la historia, demostrando que su compromiso con la paz, la democracia y la colaboración no es circunstancial, sino estructural.

Por eso resulta tan desconcertante, injusto y profundamente doloroso que se le ubique hoy en el mismo grupo que Irán, China o Rusia: potencias con las que Estados Unidos sostiene lo que muchos ya llaman una nueva guerra fría, caracterizada por espionaje, competencia tecnológica, autoritarismo y estrategias de desinformación. México no ha espiado instituciones estadounidenses, no ha saboteado procesos electorales, no ha desafiado el orden global ni ha invadido a otros pueblos. Compararlo con actores que sí lo han hecho no solo es desproporcionado, sino que revela algo mucho más grave: que esta clasificación no obedece a un análisis serio de seguridad nacional, sino a una lógica de política interna, de campaña, de propaganda electoral.

En ese contexto, la declaración que asocia a México con naciones hostiles no es un diagnóstico geopolítico: es una jugada de teatro electoral, donde se construyen villanos para agitar el miedo y justificar posturas extremas. Lo más triste no es la exageración, sino la banalización de una relación binacional que ha costado décadas de construcción diplomática, diálogo e interdependencia.

Al etiquetar a México como enemigo, se degrada una relación de respeto mutuo y se deshumaniza a millones de familias que habitan ambos lados de la frontera, que comparten cultura, economía, afectos e historias. Se insulta a los migrantes, a los trabajadores, a los empresarios, a los diplomáticos, a los estudiantes y científicos que han construido puentes donde otros hoy quieren levantar muros simbólicos.

Esta no es una crisis de seguridad. Es una crisis de sensatez.

Y si alguna vez fuimos enemigos —en guerras de hace más de siglo y medio— hoy somos parte de un mismo destino. Por eso, la declaración no solo es incorrecta: es una traición al presente y una amenaza al futuro.

México ha sido aliado.

Lo sigue siendo.

Y lo será, incluso cuando se le niegue ese lugar.

Porque hay verdades más fuertes que las declaraciones y más profundas que las campañas.

Y esta es una de ellas.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA o la desmemoria lo permiten.

Placeres culposos: México contra Arabia Saudita en la Copa de Oro. Y en el cine F1. En música lo nuevo de Springsteen (aunque son canciones de hace tiempo que se dan a conocer), Lorde y Joshua Redman.

 

Chamoyadas para Greis y Alo.

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