He vuelto a ver el viejo hospital, solo lo habita el abandono, como a este pecho tu recuerdo.
Una vez más acudió el agua salada a esta mirada.
Miré una vez más aquélla sal que iluminó tu piel con el brillo de la luna.
Que me perdone el viejo edificio, cómplice de aquellos días, pero el ardor en mis ojos, esta vez, no fue por él.
De repente sin esperar a nada, apareciste en un borroso amanecer de miércoles, con el ruido de las olas furiosas azotando la arena.
¿Recuerdas la alberca aquella como sonrisa hinchada, retorcida?
¿Recuerdas cuando la llenaron de agua por primera vez?
Éramos jóvenes.
Recuerdo que mi padre me dijo alguna vez que eras mayor que yo, que buscara una muchacha de mi edad.
Este corazón terco prefería cantar contigo, reír juntos, contarte al oído lo que me susurraba la brisa por las tardes.
Ese joven de pelo largo ya no es el mismo soñador que vibraba contigo.
Hace muchos años que te he extrañado, quería decirte que, cuando fuiste a buscarme a mi ciudad amada, no tuve el valor para decirte que me daba mucha pena contigo, conmigo, porque mi economía no hubiera soportado ni siquiera invitarte a cenar unos tacos, de ahí, a la vuelta por la calle Monterrey.
Supongo que ya es un poco tarde para esto, pero sí, creo que fui un cobarde.
Tal vez tú, ahora, también lo hubieras pensado sin dudarlo, si te lo dijera.
Creo que me amaste, no, estoy seguro que lo hiciste, lo lamento, tal vez hubiera sido distinto si te hubiera dicho la verdad, sé que lo entenderías, pero ese día me sentí tan cobarde, como cuando me inventé pecados para el cura, que insistía en que nadie es tan puro y que no debía ser tan soberbio, entonces le confesé que no le había hecho un mandado a mi mamá y que le había contestado un poco molesto.
¿Fue cobardía? Así lo sentí.
No sabía que más adelante, después de hacer mi primera comunión, iba a pecar de verdad y le iba a encontrar un gran gusto al pecado.
Con el tiempo fui perdiendo el remordimiento que me provocaba amar.
Eras tan tú, tan mía, éramos tan nosotros, que lo que menos deseaba era estar sin ti.
Ahora entiendo este vacío que me habita desde entonces.
Es muy cierto que no somos los mismos, pero somos aún nuestro recuerdo.
Son tan inútiles estas letras que no sé por qué las intento, sé también que no las leerás, porque tu vida no es la que imagino ni la mía es la que imaginas.
Tal vez solo sea un intento para no olvidarte, tal vez es la búsqueda de una justificación para mi pecado de entonces, que no se quita rezando unas cuantas avemarías y padrenuestros, vive para siempre, como tu recuerdo sobre la vieja arena de mi playa, como tu abandono entre mis brazos, como tu pelo negro sobre tus ojos de oscuridad profunda, como tus mejillas sonrosadas por mi susurro en tu oído, como tu sonrisa sobre el viento arrullándome al beso, como tu nombre, Sandy, por siempre.
Hoy, domingo por la mañana, va en busca de ti, éste intento, vano tal vez, de luchar contra el olvido.
