Jesús Omar Rangel Marmolejo: el hombre que transformó el fuego en destino.
Por Jorge Gómez Mijares
Historias de Matamoros.
Jesús Omar Rangel Marmolejo nació un 25 de diciembre de 1980, en la Clínica de León y Garza de Matamoros, Tamaulipas. Llegó al mundo el día de la Navidad, como si la vida le hubiera reservado de antemano una vocación de renacimiento y esperanza. Hijo único de Félix Rangel, originario de Cruillas, e Irma Montalvo, heredó de ellos la fortaleza del campo y la ternura del hogar.
Querido lector, desde niño, Jesús, sintió la llamada de la cocina. Mientras otros jugaban a los oficios pasajeros de la infancia, Jesús descubría que el olor del pan y el rumor del asador eran para él más que un juego: eran señales. Hizo pizzas, lasañas, intentos de cocina italiana… y aunque jamás pasó por una escuela de gastronomía, la intuición lo guió como a esos artistas que aprenden mirando el mundo y repitiendo lo que dicta el corazón.
En 2016, la vida le tendió una primera prueba. Asociado con amigos, abrió un restaurante que pronto naufragó en el desorden y la falta de acuerdos. Lo que parecía el inicio de un sueño se convirtió en ruina. Con el negocio cerrado, Jesús se preguntó: “¿Y ahora qué?” Con un título de licenciado en administración, buscó trabajo en la agencia Chevrolet. En una entrevista para gerente de ventas le dijeron, con brutal franqueza:
—Mira, Jesús, tú ya tuviste negocio y no te fue bien… vas a regresar a eso. No tiene caso perder el tiempo.
Salió golpeado en el ego, como quien recibe una sentencia. Regresó a casa de sus padres, con un único asador y dos mesitas de madera. Esas mesas, hoy desgastadas, siguen en pie como reliquias: los primeros altares donde comenzó a ofrendar su arte al fuego.
Su esposa, Adriana Montserrath Calleja Guajardo, lo alentó, aun cuando la inversión inicial parecía insensata. Así, una tarde de 2016, instaló su asador en la callejoneada, la calle Nueve, junto a la vendimia de elotes. Ahí, en plena vía pública, con el orgullo herido pero la voluntad intacta, entendió que no había regreso: la vida lo había regresado al fuego.
Sesudo lector, el destino jugó a su favor. A pocos metros, su amigo Luis Ariceaga vendía la cerveza artesanal “Heroica”. Jesús, con astucia, movió su puesto junto a la fila interminable de los que esperaban cerveza. Y ocurrió el milagro: al ver la carne chisporroteando sobre las brasas, la gente pedía tacos sin preguntar el precio. En una sola hora recuperó su inversión. En cada callejoneada, repitió la hazaña hasta que la autoridad le prohibió asar al aire libre. Cualquier otro se habría rendido. Jesús no. Trasladó su asador al terreno de la marisquería “La Fragata” de Beto Ramos, aunque eso significara cargar y brincar bardas. Ni así se arredró.
Más tarde, cuando la venta de cerveza cesó y las parrilladas se vinieron abajo, ya había sembrado fama. Un empresario lo buscó para un evento privado: así comenzó el peregrinaje de los banquetes, de las cocinas improvisadas, de los cortes finos en ranchos, oficinas, maquilas y gobiernos. La clientela creció. Cocinó en el 4 de julio del Consulado de Estados Unidos en Matamoros; ofreció su fuego en la inauguración del puerto del Norte; e incluso viajó a una quinta en Coahuila en avión privado, donde asó un antílope eland de 600 kilos, carne de sabor legendario.
Su resiliencia encontró mecenas generosos que lo invitaron a experimentar con cortes y recetas: de ahí surgieron creaciones como el betabel asado con queso de cabra. Aprendió a cobrar lo justo, a organizar banquetes por persona, a profesionalizar lo que al principio fue pura intuición. Y descubrió que las redes sociales eran su trampolín: de ahí su nombre comenzó a multiplicarse.
No se conformó con cocinar: abrió la puerta a la enseñanza. Comenzó a impartir cursos para aspirantes a parrilleros, y pronto se encontró organizando talleres con decenas de asistentes, rodeado de asadores como si fueran guerreros de acero listos para la batalla.
El 1º de julio de 2025 la historia dio un giro. Un amigo lo invitó al “Miller Lite Grill Together” en Monterrey, un festival de música, cerveza y fuego. Jesús reunió una tripulación de ocho hombres como si se preparara para zarpar hacia mares ignotos. Alex Ramos, estratega de las brasas; Carlos Fernández, de mirada que prevé tormentas; David Gueto, rápido como viento de levante; Eduardo Ramos, guardián del fuego; Fernando Mundo, fuerte como mástil de galeón; Juan Carlos Ortega, que sabe leer el humo como otros leen las estrellas; Jesús Héctor Lozano, paciente como mar en calma; y Salvador Valle, que lleva en las manos la certeza de la sal.
No eran simples ayudantes: eran su tripulación, listos para partir en la fragata invisible de los sueños, con la carne y el fuego como mapa y brújula, y Monterrey como puerto que habría de rendirse, al menos por un día, a su conquista.
En el concurso enfrentó a quince parrilleros profesionales. Cocinó doce horas con un sol de 40 grados: un panini de chicharrón con chile morita que conquistó el primer lugar; un corte Angus con jugo de picaña reducido; un postre bautizado “El Milagro”, piña salteada con goma xantana; y un yakitori de cielo, mar y tierra que arrancó silencios de respeto en los jueces. Al final, se llevó el tercer lugar general, pero más que un trofeo, fue la certeza de que había llegado a un nuevo puerto.
Los jueces fueron estrictos, pero Jesús veía con asombro que cada platillo desaparecía del plato. El fuego no solo cocinaba carne: cocinaba su destino.
Y cuando el sol caía sobre Monterrey, los jueces aún comentaban el sabor de su fuego. No hablaban ya de un simple parrillero, sino de un hombre que domó las brasas como Hefesto en su fragua, que ofreció carne como si fueran dones de los dioses, y que elevó un panini y un yakitori a la categoría de epopeya.
Querido y dilecto lector, Jesús Omar Rangel Marmolejo y su equipo no compitieron: combatieron como los antiguos héroes helenos, con la parrilla como lanza, el carbón como escudo y el humo como estandarte. Y en medio de los aplausos y el bronce del tercer lugar, se escuchó un murmullo que parecía venir de los mismos dioses:
“Es matamorense… y el fuego lo reconoce como suyo”.
El tiempo hablará
