Por Jorge Ignacio Chávez Mijares
Historias de Tamaulipas.
Antonio Guerrero Hilton: El Espíritu del Radio.

Querido lector, Toño nació el 8 de junio de 1958, en el seno de una familia marcada por la música y la memoria. Hijo de Antonio Guerrero Miranda y Alicia Lidia Hilton Treviño, fue el primogénito de tres hermanos: José Luis (1959) y Gerardo (1961). Llevaba en sus venas la herencia lejana de su bisabuelo que partió de Bruselas, Bélgica, hacia Filadelfia, Pensilvania, y que más tarde, al casarse con una mexicana, dejó deslindada a la rama Hilton en tierras americanas.
La madre, doña Licha, era soprano. Por su influencia conoció a Bach, Beethoven y Mozart, mientras el padre, don Antonio, contrapesaba esa cuna clásica con la cadencia popular de la Sonora Santanera. Entre esas dos orillas sonoras creció Toño, un niño que escuchaba óperas y boleros con la misma devoción. Su infancia transcurrió en el centro de Monterrey, calle Tapia entre Pino Suárez y Cuauhtémoc, hasta los catorce años.
La primera canción que lo marcó fue “Delirio” de César Portillo de la Luz, interpretada por Los Tres Ases con Marco Antonio Muñiz. Y un recuerdo quedó tatuado en su memoria: un 25 de diciembre de 1961, su padre les anunció a él y a José Luis que Santa Clos les había traído un regalo: el nacimiento de su hermano Gerardo. En esas mismas memorias aparece una foto de su madre en el Teatro María Teresa Montoya, imagen que condensaba el aire lírico de la familia.
Pero todo cambió —o todo comenzó— en 1969. Tenía once años cuando una prima de Matamoros lo llevó a casa de su amiga Blanca Estela Pérez Peña. El hermano de ella, Héctor, lo invitó a escuchar la novedad: una canción de unos tales Beatles. Sintonizaron la BBC de Londres en onda corta y sonó “Get Back”. Fue epifanía sonora: de pronto el mundo se abrió, y en él cabía todo el rock que vendría.
Desde entonces, hablar con Toño era conversar con una enciclopedia viviente de la música. Sabía fechas, contextos, autores, y retenía datos con la precisión de un archivo andante. Las primeras estaciones que escuchó en Monterrey fueron la RG 690 AM fundada en 1970 y después llegó Radio Cono en 1972. Jugaba a ser locutor, pero en realidad soñaba con ser psicólogo; pensaba que no tenía voz para la radio.
Su juventud fue de disciplina y deseo: trabajó en el café La Fuente de don Raúl Páez, donde ahorraba cada peso para viajar en verano a Matamoros y comprar discos en Brownsville. Con esa colección improvisaba programas caseros y prestaba discos a programadores que hoy son parte de la historia: Polo Álvarez en la RG, Lacho Pedraza y Enrique González en Radio Cono, y especialmente Pepe León Ramos, quien en 1974 a sus 16 años lo dejó conocer de cerca una cabina de radio.
Estudió en la Preparatoria 15 Florida, muy cerca de lo que él llamaba su “segunda casa en Monterrey”. Posteriormente ingresó a la Facultad de Ciencias de la Comunicación, de la UANL donde se especializó en publicidad y egresó en 1983 con cédula profesional 0835300.
Sesudo lector, diciembre de 1976 marcó su primera aparición como operador en la RG gracias a don Gustavo Agredano Brambila. En enero de 1977 se convirtió formalmente en locutor y ese mismo año puso voz y reverberación al grito de presentación de la radionovela Kalimán. A la par, cultivó su obsesión por la revista Billboard, publicación que desde 1958 ofrecía el registro estadístico de cada éxito musical en inglés. Gracias a ella, Toño aprendió a seguir con precisión la historia de las canciones. Su definición de la música era clara: oído, mente y corazón.
Su instrumento favorito fue el bajo —“el cimiento de toda canción”—, al grado de comprarse uno y donarlo luego a una iglesia.
La vida profesional lo llevó a distintos lugares: trabajó en KUQQ 1540 AM de Fort Worth, Texas, en 1983, casi recién egresado de la universidad, estación que cubría 42 condados de Dallas. En México, pasó por la RG, Radio Recuerdo, Canal 86 de AM, y la W en Matamoros. Entre 1981 y 1999 estuvo en cabinas de Matamoros, Reynosa, Dallas y Monterrey, hasta que en 2007 llegó a la radio universitaria de la UDEM, invitado por el profesor Álvaro Guadiana.
En la UDEM permaneció 12 años, hasta 2018, como conductor, programador y productor. Pero, además, de manera paralela, se convirtió en maestro para los alumnos: corregía, aconsejaba, y enseñaba que frente a un micrófono había que asumir responsabilidad. Era riguroso con las muletillas y con los tonos dubitativos: insistía en que la voz debía ser clara, consciente, plena. Muy pocos, se dice, sabían tanto de rock como él.
Se casó con Gloria Orozco, con quien procreó tres hijos: Jonathan Antonio, Rocío Abigail y Gloria Estefanía. Con el tiempo se separaron, pero sus hijos siguieron siendo el legado más luminoso de su vida íntima.
Su archivo personal era vasto: 2,000 LPs y 3,000 sencillos. Su memoria, aún mayor. Podía evocar una fecha, un disco, un concierto con la precisión de un notario del sonido.
El título de “El Espíritu del Radio” se remonta a 1975. Mientras escuchaba a Kool & the Gang, definió su destino: sentía la necesidad de un nombre artístico, pues ni “Toño Guerrero” ni “Antonio Guerrero” le parecían propicios para un locutor. Fue entonces cuando se topó con la canción Spirit of the Boogie. Descubrió que spirit significaba “esencia”, y desde entonces, con apenas 17 años, tuvo la audacia y la precocidad de autobautizarse: “El Espíritu del Radio”.
En 2016, un infarto lo tuvo 22 horas al borde de la muerte. Los médicos lo llamaron milagro. Él lo asumió como tiempo prestado: “estoy viviendo horas extras”, decía, y desde entonces se entregó a disfrutar cada día.
Nunca le gustó hablar de sí mismo; prefería hablar de la radio. Quiso escribir un libro titulado Memorias de un radioescucha: la historia de un niño de los 70 que escuchaba radio, trabajó lejos de ella y finalmente llegó a las cabinas.
Lo recuerdo cerrando sus programas en la W de Matamoros con una frase que es, en sí misma, un epitafio luminoso:
“Recuerden que la vida es un regalo y hay que saber apreciarlo; mantengan los pies en la tierra, nunca se olviden del cielo y tengan su radio encendido.”
No me gusta ser parte de las notas que escribo, pero en mi propia vida, Toño también ocupa un lugar especial en la memoria. Como ya dije, me tocó escucharlo en W FM 97.7 durante mi época de preparatoria, cuando su voz acompañaba mis días juveniles como un eco constante. Y había además un lazo invisible: mis propios padres conocieron a sus padres en la Iglesia Presbiteriana. Por eso, al evocarlo, no solo hablo de un personaje de la radio, sino de alguien cuya historia se entrelaza con la mía.
Querido y dilecto lector, lamentable e inexorablemente el pasado 26 de agosto, con 48 años dedicados a la radio, a los 67 años de edad su voz se apagó, pero su espíritu seguirá vibrando en cada frecuencia donde resonó. Antonio Guerrero Hilton no fue solo un locutor: fue El Espíritu del Radio, el hombre que convirtió las ondas hertzianas en memoria colectiva y que enseñó que la música, como la vida, es un regalo que hay que saber escuchar.
El tiempo hablará.
