Los tatuajes. El dragón en la piel.
Por Jorge Chávez Mijares
Querido lector, confieso que pocas cosas me han causado tanto desconcierto como la primera vez que vi el tatuaje de mi hijo Jorge Isaac. Era un dragón extendido en su brazo, de esos que parecen salir de un mito oriental para treparse, sin pedir permiso, en la carne de un joven. Yo, que crecí con la idea de que los tatuajes eran signo de marineros perdidos o de almas en desgracia, me quedé perplejo.
Quizá mi reserva se alimentaba también de la educación bíblica que respiramos en la infancia. “No se hagan heridas en el cuerpo por los muertos, ni tatuajes en la piel” (Levítico 19:28), advierte la Escritura. Aquella sentencia, repetida por generaciones, sembró en mí la sospecha de que marcar la piel era una especie de transgresión.
Y, para ser franco, la chispa de esta reflexión vino de una lectura reciente. En el libro “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano”, de Eduard Gibbon, me topé con esta frase: “En el siglo I de la era cristiana, la única anexión que recibió el Imperio fue la provincia de Bretaña”. Sentí el cataclismo existencial que produce una epifanía. Cerré el volumen y vi, como en un daguerrotipo mental, a las legiones avanzando por una isla de brumas y turba, y frente a ellas, pueblos pintados —los celtas de Britania—, cuerpos marcados con glasto, tatuajes y signos de guerra. Roma, sorprendida, bautizó a aquellos habitantes como Pretani, “los pintados”. Y entendí que la tinta que hoy nos escandaliza no es novedad: es un río antiguo que vuelve, una costumbre milenaria lejos de mi existencia, que muchos hemos estereotipado como algo malo.
A esto se sumaban los prejuicios sociales. Hay quien dice, con suficiencia y ligereza, que los tatuados son bandidos o criminales, como si el delito necesitara tinta para justificarse. Olvidan que también hay hombres de cuello blanco, impecablemente vestidos y sin una sola marca en la piel, capaces de las peores fechorías.
Recuerdo que un amigo, con ese sesgo de sobremesa, sentenció: “los jóvenes que se tatúan lo hacen por carencias existenciales, porque buscan llenar vacíos”. Yo lo escuchaba y callaba. No porque estuviera de acuerdo, sino porque aún no tenía palabras para contradecirlo… y quizá porque me incomodaba aceptar que mi hijo había elegido marcar su piel para siempre.
Pero el tiempo, que acomoda las piezas invisibles de la vida, me enseñó otra mirada. Con los días, incluso comencé a gustar de los tatuajes de mi hijo. El dragón dejó de parecerme una rebeldía juvenil y se volvió relato: una declaración de identidad. Un emblema que lo conecta con sus mitologías propias, como los antiguos britanos pintados de azul que asustaron a Roma —sí, Pretani, los “pintados” que dieron nombre a Britannia— o como aquel hombre de hielo de hace cinco milenios, Ötzi, que llevó en la piel las huellas de su existencia.
Y pensé también en Robbie Williams, ese que canta magistralmente la melodía de “Angel”, el ángel tatuado que canta ternuras mientras exhibe ironías y cicatrices. Por cierto británico. Como si el arte y la tinta fueran dos maneras de sobrevivir a lo efímero.
El dragón de mi hijo, más que un capricho, me parece un símbolo de continuidad: la misma pulsión humana que llevó a pueblos antiguos a marcarse, a guerreros a pintarse para intimidar y a los artistas modernos a cubrirse de metáforas en la piel. Comprendí, Sesudo lector, que el tatuaje no es un vacío existencial ni una seña de criminalidad, sino un piélago que nos conecta con lo ancestral.
Yo, que alguna vez estigmaticé la tinta como algo malo, ahora lo veo con otros ojos: el dragón de mi hijo me enseñó que los tatuajes no son ruptura, sino hilo de historia; un lenguaje secreto que viaja desde los britanos azules hasta las nuevas generaciones, y que en cada trazo late la misma necesidad de afirmar: aquí estoy, esta es mi piel y esta es mi historia.
Y, para decirlo en metáfora: ese dragón tatuado en el brazo de mi hijo Jorge Isaac ya no lanza su fuego de realidad sobre mis prejuicios; hace tiempo los volvió ceniza y ahora sólo calienta, sin quemar, la casa de mis nuevas convicciones. En un mundo donde hasta los ídolos se usan para polarizarnos —Messi como estandarte de la piel tatuada y Cristiano Ronaldo como bandera de la piel limpia—, prefiero quedarme con la lección íntima: la tinta o su ausencia no hacen la virtud.
Querido y dilecto lector, aprendí que no hay nada más humano que querer dejar huella en la carne, aunque la realidad, testaruda, se empeñe en borrarnos de la faz de la tierra.
El tiempo hablará.
