María Consuelo González del Castillo
Escritora
Hay personas cuya vida se mide en años, otras en experiencias, y algunas pocas —muy pocas— en libros. Horacio pertenece a este último grupo. Tiene setenta y cinco años y carga a cuestas no solo la memoria de su propia existencia, sino la de cientos de autores, personajes e historias que ha sabido hacer suyas a lo largo del tiempo. Yo lo nombro, con cariño y con admiración, “lector de lectores”, porque ha cultivado un hábito con tal constancia que, para él, la lectura, no es un pasatiempo ni una acumulación de cultura, sino la esencia misma de su vida.
Ayer lo visité. Su salud se encuentra en un estado crítico, consecuencia de tantos años de fumar cigarrillos, mismos que hicieron lo suyo en sus bronquios y pulmones. Vive conectado al oxígeno de manera permanente. Su cuerpo está debilitado, la respiración le exige esfuerzo, sin embargo, en medio de esa fragilidad física, su espíritu lector se mantiene firme, incluso me atrevería a decir: desafiante. La ausencia de salud, no ha conseguido arrancarle el gusto de sostener un libro, de hundirse en sus páginas como quien abre una ventana hacia otros mundos.
Me conmovió profundamente el libro que tenía entre manos. Era un volumen enorme, de esos que parecen imposibles de terminar. Sus fuerzas ya no le permiten cargarlo completo, pero Horacio encontró la solución más sorprendente y, a la vez, más coherente con su pasión: lo partió en dos. Sí, con esa osadía que solo da la pasión, dividió el tomo para poder leerlo. Este hecho me impactó porque me di cuenta de que la vida misma, aunque doliente, aunque incompleta, sigue siendo vida mientras se viva con intensidad. Y para Horacio, la intensidad se llama lectura.
No habla de la muerte con dramatismo, sino con ironía. Entre respiraciones cortas, con esa lucidez que no lo abandona, me dijo: “Próximamente seré el cadáver más sano que haya existido”. Lo dice porque, aparte de sus pulmones, no padece ninguna otra enfermedad. Por su situación, la frase la podemos considerar paradójica, pero también revela la serenidad con la que enfrenta el final: no desde la resignación, sino desde el humor y la sabiduría que le ha dado tanta lectura.
Para mí, la imagen de un libro dividido en dos, un tanque de oxígeno y un hombre aferrado, fue una gran lección porque en un mundo donde el ruido, la prisa y las pantallas suelen desplazar al silencio de la lectura, él nos recuerda que un ejemplar escrito no es un objeto: es una manera de resistir, un refugio, una compañía. Su terquedad por seguir leyendo aun cuando el cuerpo se quiebra es un acto de dignidad y de libertad.
Horacio no será recordado por acumular riquezas materiales ni por haber dejado herencias tangibles. Su legado está hecho de palabras, de historias, de autores que lo acompañaron desde su juventud hasta este tramo final. Él mismo es ya una biblioteca viva que, aunque se apague físicamente, dejará latente, en nosotros, la certeza de que leer es también una manera de vivir intensamente.
Al despedirme de él, tuve claro que Horacio no es solo un lector: es el símbolo de la fidelidad absoluta a la palabra escrita. Su vida se ha medido en páginas, y su último aliento, estoy segura, será acompañado por un párrafo, una frase, o un puño de letras que lo harán irse feliz.
