Por MANUEL RIVERA
–¿Hubo una investigación?
–Por supuesto que la hubo. –Los ojos de Neeloth centellearon con un brillo sórdido–. Vino un jodido doctor con un estetoscopio y un maletín negro lleno de chicles y una zamarra robada de alguna escuela veterinaria. ¡Colapso en la cuna, fue el diagnóstico! ¿Ha oído alguna vez semejante estupidez? ¡El crío tenía tres años!
–El colapso en la cuna es muy común durante el primer año de vida –explicó Carroll minuciosamente–, pero el diagnóstico ha aparecido en los certificados de defunción de niños de hasta cinco años, a falta de otro mejor…
–¡Mierda! –escupió Neeloth violentamente.
Carroll volvió a inhalar de su vaper.
–Un mes después del funeral instalamos a Shirley en la antigua habitación de Danny. Me resistí con uñas y dientes, pero mi esposo dijo la última palabra. Me dolió, por supuesto. Jesús, me encantaba tener a la bebé con nosotros. Pero no hay que sobreproteger a los niños, pues en tal caso se convierten en lisiados. Cuando yo era pequeña, mi madre me llevaba a la playa y después se ponía ronca gritando: «¡No te internes tanto! ¡No te metas allí! ¡Hay corrientes submarinas! ¡Has comido hace una hora! ¡No te zambullas de cabeza!». Le juro por Dios que incluso me decía que me cuidara de los tiburones. ¿Y cuál fue el resultado? Que ahora ni siquiera soy capaz de acercarme al agua. Es verdad. Si me arrimo a una playa me atacan los calambres. Cuando Danny vivía, mi esposo consiguió llevarnos una vez con los niños a Savin Rock. Se me descompuso el estómago. Lo sé, ¿entiende? No hay que sobreproteger a los niños. Y uno tampoco debe ser complaciente consigo mismo. La vida continúa. Shirley pasó directamente a la cuna de Danny. Claro que arrojamos el colchón viejo a la basura. No quería que mi pequeña se llenara de microbios.
Así transcurrió un año. Y una noche, cuando estoy metiendo a Shirley en su cuna, empieza a aullar y chillar y llorar. “¡Él, mamá, él!”
» Eso me sobresaltó. Decía lo mismo que Danny. Y empecé a recordar la puerta del armario, apenas entreabierta cuando lo encontramos. Quise llevarla por esa noche a nuestra habitación.
–¿Y la llevó?
–No. –se miró las manos y las facciones se convulsionaron–. ¿Cómo podía confesarle a mi esposo que me había equivocado? Tenía que ser fuerte. Él había sido siempre una marioneta…, recuerdo con cuánta facilidad se acostó conmigo cuando aún no estábamos casados.
–Por otro lado –dijo Carroll–, recuerde con cuánta facilidad usted se acostó con él.
Neeloth, que estaba cambiando la posición de sus manos, se puso rígida y volvió lentamente la cabeza para mirar a su psicoanalista.
–¿Pretende tomarme el pelo?
–Claro que no –respondió serio.
–Entonces deje que lo cuente a mi manera –exclamó Neeloth–. Estoy aquí para desahogarme. Para contar mi historia. No hablaré de mi vida sexual, si eso es lo que usted espera. Mi esposo y yo tuvimos una vida sexual muy normal, sin perversiones. Sé que a algunas personas les excita hablar de eso, pero no soy una de ellas.
–De acuerdo– asintió Carroll.
–De acuerdo– replicó Neeloth, con ofuscada arrogancia. Parecía haber perdido el hilo de sus pensamientos, y sus ojos se desviaron, inquietos, hacia la puerta del armario, que estaba perfectamente cerrada.
–¿Prefiere que lo abra? –preguntó Carroll.
–¡No! –se apresuró a exclamar nerviosa que después denotó con una risita–. ¿Qué interés podría tener en ver sus ropas?
Y después de una pausa, dijo:
–Él la mató, también a ella. –Se frotó la frente, como si fuera ordenando sus recuerdos–. Un mes más tarde. Pero antes sucedió algo más. Una noche oí un ruido ahí dentro. Y después Shirley gritó. Abrí muy rápidamente la puerta… la luz del pasillo estaba encendida… y… ella estaba sentada en la cuna, llorando, y… algo se movió. En las sombras, junto al armario. Algo se deslizó.
–¿La puerta del armario estaba abierta?
–Un poco. Sólo una rendija— Neeloth se humedeció los labios–. Shirley hablaba a gritos de él. Y dijo algo más que sonó como «guantes». Sólo que ella dijo «bluantes», sabe. A los niños les resulta difícil pronunciar algunas palabras. Mi esposo vino corriendo y preguntó qué sucedía. Le contesté que la habían asustado las sombras de las ramas que se movían en el techo.
–¿Galochas? –preguntó Carroll.
–¿Eh?
–Galas… galochas. Son una especie de chanclos. Quizás había visto las galochas en el armario y se refería a eso.
–Quizá– murmuró aquella mujer–. Quizá se refería a eso. Pero yo no lo creo. Me pareció que decía «guantes. –Sus ojos empezaron a buscar otra vez la puerta del armario–. Guantes, blancos guantes –su voz se había reducido a un susurro.
–¿Miró dentro del armario? —
–Sí. – Las manos de Neeloth estaban fuertemente entrelazadas sobre su pecho, tan fuertemente que se veía una luna blanca en cada nudillo.
–¿Había algo dentro? ¿Vio al…? —
–¡No vi nada! –chilló Neeloth de súbito. Y las palabras brotaron atropelladamente, como si hubieran arrancado un corcho negro del fondo de su alma–. Cuando murió la encontré yo, verá. Y estaba negra. Completamente negra. Se había tragado la lengua y estaba negra como una negra de un espectáculo de negros, y me miraba fijamente. Sus ojos parecían los de un animal embalsamado: muy brillantes y espantosos, como canicas vivas, como si estuvieran diciendo: «me atrapó, mamá, tú dejaste que me atrapara, tú me mataste, tú le ayudaste a matarme».
Su voz se apagó gradualmente. Un sólo lagrimón silencioso se deslizó por su mejilla.
–Fue una convulsión cerebral, ¿sabe? A veces les sucede a los niños. Una mala señal del cerebro. Le practicaron la autopsia en Hartford y nos dijeron que se había asfixiado al tragarse la lengua durante una convulsión. Y yo tuve que volver sola a casa porque mi esposo tuvo una junta fuera de la ciudad. Tuve que volver sola a casa, y sé que a un crío no le atacan las convulsiones por una alteración cerebral. Las convulsiones pueden ser el producto de un susto. Y yo tuve que dormir sola en la casa donde estaba eso. Dormí en el sofá –susurró–. Con la luz encendida.
–¿Sucedió algo?
–Tuve un sueño –contestó–. Estaba en una habitación oscura y había algo que yo no podía… no podía ver bien. Estaba en el armario. Hacía un ruido… un ruido sordo. Me recordaba un cuento que había leído en mi universidad. Con olor a muerte. ¿Lo conoce? ¡Jesús! Era el de un hombre, que, atormentado por espectros del aeternallis, destaza a su mujer ¿entiende? Le cercena la cabeza, los pies y la entierra en su jardín secreto. Pero, cada vez que se sentía solo, regresaba a la cabaña, ésa maldita cabaña. Y cuando me desperté en mitad de la noche, pensé que lo encontraría inclinándose sobre mí. Con una maldita pala…
El doctor Carroll consultó su reloj Bulova de mesa, aquella mujer estaba hablando desde hacía casi media hora.
–Cuando su esposo volvió a casa –dijo–, ¿cuál fue su actitud respecto a usted?
–Aún me amaba –respondió oronda– Seguía siendo su mujer sumisa. Ése es el deber de la esposa, ¿no le parece? La liberación femenina sólo sirve para aumentar el número de chalados. Lo más importante es que cada cual sepa ocupar su lugar… Su… su… eh…
–¿Su sitio en la vida?
–¡Eso es! – Neeloth hizo chasquear los dedos–. Y la mujer debe seguir al marido. Oh, durante los primeros cuatro o cinco meses que siguieron a la desgracia estuve bastante mustia… arrastraba los pies por la casa, no cantaba, no veía la TV, no reía. Yo sabía que me sobrepondría. Cuando los niños son tan pequeños, uno no llega a encariñarse tanto. Después de un tiempo hay que mirar su foto para recordar cómo eran, exactamente.
Quería otro bebé –agregó, con tono lúgubre–. Me dijo que era una mala idea. Oh, no de forma definitiva, sino por un tiempo. Me dijo que era hora de que nos conformáramos y empezáramos a disfrutar el uno del otro. Antes nunca habíamos tenido la oportunidad de hacerlo. Si queríamos ir al cine, teníamos que buscar una babysitter. No podíamos ir a la ciudad a ver un partido de fútbol si los padres de él no aceptaban cuidar a los críos, porque mi madre no quería tener tratos con nosotros. Danny había nacido demasiado poco tiempo después de que nos casamos, ¿entiende? — Neeloth tamborileó con los dedos sobre su pecho.
–Mi ginecólogo me vendió un chisme llamado DIU… dispositivo intrauterino. Absolutamente seguro, dijo el médico. Bastaba insertarlo en el…, en el aparato femenino, y listo. Si hay algo allí, el óvulo no se fecunda. Ni siquiera se nota. –Ni siquiera sabes que está allí.
–Ningún método anticonceptivo es perfecto –increpo Carroll–. La píldora sólo lo es en el noventa y ocho por ciento de los casos. El DIU puede ser expulsado por contracciones musculares, por un fuerte flujo menstrual y, en casos excepcionales, durante la evacuación.
–Sí. O la mujer se lo puede quitar.
–Es posible.
–Exactamente. Sé que esto puede parecer brutal, pero no olvide cuánto había sufrido.
