POR MANUEL RIVERA
Y una noche, hete aquí que salgo de una tienda con un móvil para colgar sobre la cuna de un crío, ¡un crío que no existía! ¡Yo! No sé qué cosas pasaban por mi cabeza. Pero ahí estaba yo, comprando un condenado y ridículo móvil, y de pronto me di cuenta de lo que estaba haciendo. Mi esposo me regañó. Un año después nos mudamos a Waterbury. La vieja casa tenía demasiados malos recuerdos… Y demasiados armarios.
-El año siguiente fue el mejor para nosotros. Daría todos los dedos de la mano derecha por poder vivirlo de nuevo. Oh, aún había guerra en Vietnam, y los hippies seguían paseándose desnudos, y los negros vociferaban mucho, pero nada de eso nos afectaba. Vivíamos en una calle tranquila, con buenos vecinos. Éramos felices –resumió sencillamente–. Un día le pregunté a mi esposo si no estaba molesto porque nos mudamos por mi culpa. Usted sabe, dicen que no hay dos sin tres. Contestó que eso no se aplicaba a nosotros.
Neeloth miró el techo con expresión morbosa.
–El año siguiente no fue tan bueno. Algo cambió en la casa. Empecé a dejar los zapatos en el vestíbulo porque ya no me gustaba abrir la puerta del armario. Pensaba constantemente: ¿Y qué hará si está ahí dentro, agazapado y listo para abalanzarse apenas abras la puerta? Y empecé a imaginar que oía ruidos extraños, como si algo cruel y visceral se estuviera moviendo apenas, ahí dentro.
Mi esposo casi ya no trabajaba, y empecé a insultarlo como antes. Me revolvía el estómago quedarme sola cuando se iba a trabajar, pero al mismo tiempo me alegraba. Que Dios me ayude, me alegraba quedarme allí. Verá, empecé a pensar que nos había perdido durante un tiempo cuando nos mudamos. Había tenido que buscarnos, deslizándose por las calles durante la noche y quizá reptando por las alcantarillas. Olfateando nuestro rastro. Necesitó un año, pero nos encontró. Ha vuelto, me dije, le apetezco yo. Empecé a sospechar que quizá si piensas mucho tiempo en algo, y crees que existe, termina por corporizarse. Quizá todos los monstruos con los que nos asustaban cuando éramos niños, Frankenstein y el Hombre Lobo y la Momia, existían realmente. Existían en la medida suficiente para matar a los niños que aparentemente habían caído en un abismo o se habían ahogado en un lago o tan sólo habían desaparecido. Quizá…
–¿Se está evadiendo de algo, señorita Neeloth?
Permaneció un largo rato callada. En el reloj Bulova pasaron dos minutos. Por fin dijo bruscamente:
–Mi esposo murió en febrero. Había recibido una llamada de su jefe, le dijo que se presentara en la oficina para una junta de gestiones; sufrió un accidente de coche después de salir de la oficina. Esa misma noche cogí el autobús.
Estuvo mucho tiempo, doce meses, en la lista de pacientes graves; estaba con él durante el día. Pero por la noche me quedaba sola. Y las puertas de los armarios porfiaban en abrirse.
Neeloth se humedeció los labios.
—Me quedaba a dormir sola con el armario cerrado y con la luz encendida
–¿Pero nunca mudó de cuarto, ¿verdad? –preguntó el doctor.
–Sí –respondió Neeloth. En sus facciones apareció una sonrisa enfermiza y amarilla–. Me mudé.
Otra pausa. Neeloth hizo un esfuerzo por proseguir. –¡Tuve que hacerlo! –espetó por fin–. ¡Tuve que hacerlo! Todo había andado bien mientras mi esposo estaba en la casa, pero cuando se fue, eso empezó a envalentonarse. Empezó a…– giró los ojos hacia Carroll y mostró los dientes con una sonrisa feroz–. Oh, no me creerá. Sé qué es lo que piensa. No soy más que otra persona de su fichero. Lo sé. Pero usted no estaba allí, maldito fisgón. Una noche todas las puertas de la casa se abrieron de par en par. Una mañana, al levantarme, encontré un rastro de moho e inmundicia en el vestíbulo, entre el armario de los abrigos y la puerta principal. ¿Eso salía? ¿O entraba? ¡No lo sé! ¡Juro ante Dios que no lo sé! Los cuadros aparecían totalmente rayados y cubiertos de limo, los espejos se rompían… y los ruidos… los ruidos…
Se pasó la mano por el cabello.
–Me despertaba a las tres de la mañana y miraba la oscuridad y al principio me decía: «Es sólo el reloj.» Pero por debajo del tic-tac oía que algo se movía vorazmente. Pero con una movilidad demasiada morbosa, porque quería que yo le oyera. Era un deslizamiento pegajoso, como el de algo salido del fregadero de la cocina. O un chasquido seco, como el de cadenas que se arrastraran suavemente sobre la baranda de la escalera. Y cerraba los ojos, pensando que, si oírlo era espantoso, verlo sería… Y siempre temía que los ruidos se interrumpieran fugazmente, y que luego estallara una risa sobre mi cara, mezclada con una bocanada de aire y un olor a muerte y caos. Y que unas manos se cerraran sobre mi cuello.
Neeloth estaba pálida y temblorosa.
–De modo que me mudé. Verá, sabía que primero iría a buscarme en el cuarto. Porque era débil. Y así fue. La primera vez le escuché salir del armario en mitad de la noche y finalmente, cuando reuní los cojones suficientes para entrar, lo encerré en ese cuarto.»
La voz de Neeloth sonaba atiplada, como la de un niño. Sus ojos parecían llenar toda su cara. Casi dio la impresión de haberse encogido en el diván.
–Pero no pude. –El tono atiplado infantil perduró–. No pude. Y una hora más tarde oí un alarido. Un alarido sobrecogedor, gorgoteante. Y me di cuenta de que no podía contenerlo. Corrí, corrí, corrí, oh, Jesús María y José, me ha atrapado. Me sacudía, me sacudía como un perro sacude un trapo y vi algo con unos repulsivos hombros encorvados y una cabeza de espantapájaros y sentí un olor parecido al que despide un perro muerto en una alcantarilla llena de heces y oí… –Su voz se apagó y después recobró el timbre de adulto–. Oí cómo se quebraba el cuello. –La voz de Neeloth sonó fría y muerta–. Fue un ruido semejante al del hielo que se quiebra cuando uno patina sobre un estanque en invierno.
–¿Qué sucedió después?
Oh, logré zafarme y eché a correr –respondió Neeloth con la misma voz fría y muerta–. Fui a una cafetería que estaba abierta durante toda la noche. ¿Qué le parece esto, como prueba de cobardía? Me metí en una cafetería y bebí seis tazas de café. Después volví a casa. Ya amanecía. Llamé a la policía aun antes de subir al primer piso.
Se calló. Carroll miró el reloj. Habían pasado cincuenta minutos.
–Pídale una hora a la enfermera –dijo–. ¿Los martes y jueves?
–Sólo he venido a contarle mi historia –respondió seca–. Para desahogarme. Le mentí a la policía ¿sabe? Dije que probablemente un ladrón había tratado de entrar a robar por la noche y… se esfumó. Claro que sí. Eso era lo que parecía. Un accidente, como los otros.
–Señorita Neeloth, tenemos que conversar mucho –manifestó el doctor después de una pausa—, Creo que podremos eliminar parte de sus sentimientos de culpa, pero antes tendrá que desear realmente librarse de ellos.
–¿Acaso piensa que no lo deseo? –exclamó molesta, apartando el antebrazo de sus ojos. Estaban rojos, irritados, doloridos.
–Aún no –prosiguió Carroll afablemente–. ¿Los martes y jueves?
–Maldito psicoanalista de mierda— masculló después de un largo silencio–. Está bien. Está bien.
–Pídale hora a la enfermera, señorita. Adiós.
Neeloth soltó una risa hueca y salió rápidamente de la consulta, sin mirar atrás. La silla de la enfermera estaba vacía. Sobre el secante del escritorio había un cartelito que decía «Vuelvo enseguida».
Neeloth se volvió y entró nuevamente en la consulta.
–Doctor, su enfermera ha… Pero la puerta del armario estaba abierta. Sólo una pequeña rendija. –Qué lindo –dijo la voz desde el interior del armario–. Qué lindo. Las palabras sonaron como si hubieran sido articuladas por una boca llena de huesos quebrándose.
Neeloth sintió un placer indecible y de repente volteó a observar al psicoanalista Allan J. Carroll quién quedó paralizado donde estaba mientras la puerta del armario se abría. Tuvo una vaga sensación de tibieza en el bajo vientre cuando se orinó encima.
–Qué lindo –dijo Maell mientras salía arrastrando los pies.
—¿Ahora me crees? — increpo Gavie Neeloth mientras le clavaba en el estómago un abrecartas que encontró en la mesa del doctor. Cayéndose dolorosamente de rodillas y tratando de tapar la herida para que no saliera más sangre le preguntó: —¿Quién eres tú? —Gavie volteó a ver al ser que estaba saliendo del armario y empezaba a tomar posesión del cuerpo del doctor y con una mueca de maldad única dijo:
—Soy el artista de la muerte, la madre del terror imperecedero. Soy… Eagon The Evil—.
