Mauricio Fernández Garza, un sampetrino visto por un matamorense.

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Por Jorge Chávez Mijares. 

Querido lector, corría el año de 1989, yo era un joven recién egresado de la Facultad de Comunicación de la UANL, y todavía vivía en Monterrey, donde permanecí hasta el año 2001. Fue en esas primeras épocas, entre periódicos y cafés regiomontanos, cuando escuché por primera vez el nombre de Mauricio Fernández Garza, alcalde de San Pedro Garza García. Desde entonces, su personalidad estridente y culta me cautivó: parecía una rareza dentro de la política, un hombre que hacía de cada discurso un performance y de cada acción un relato de novela.

Mi primer trabajo fue precisamente en los tiempos de Mauricio en el Centro Financiero Valle de Banorte en San Pedro Garza García. 

Hijo de dos linajes de poder —Alberto Mario Fernández Ruiloba, empresario y fundador del PAN, y Margarita Garza Sada, promotora cultural e hija de don Roberto Garza Sada—, Mauricio creció entre símbolos y privilegios. Sus pasos se repartieron entre el arte y la empresa, y pronto se convirtió en un personaje múltiple: político, mecenas, empresario, coleccionista, influencer y hasta protector de fósiles.

Fue cuatro veces alcalde de San Pedro Garza García, un dato o récord impresionante: 1989–1991, 2009–2012, 2015–2018 y 2024–2027, aunque la muerte lo sorprendió antes de concluir este último periodo. Recuerdo que en 2003 buscó la gubernatura de Nuevo León, me pareció raro porque contradecía su propio juicio de juventud: “alguien que se lanza a gobernador, o es un perfecto ignorante, o un perfecto corrupto”, había declarado años antes en una filmación que recogió el documentalista Diego Enrique Osorno. Pero de Mauricio no se podía esperar otra cosa, su vida siempre fue así: llena de paradojas, pero también de una frontalidad magnética.

Sesudo lector, Mauricio fue un coleccionista voraz. Su museo, La Milarca, tengo entendido que así se llama una de sus hijas, reúne unas 3,500 piezas que exhibió con orgullo. En TikTok, donde sumó más de dos millones de seguidores, narraba con voz de trovador urbano el origen de una pintura o el valor sentimental de una escultura. Y no se conformó con el arte: en su amor por la paleontología quedó inmortalizado en un fósil marino, el Mauriciosaurus, un poco egocéntrico pero al tío Mau se le perdona todo, bautizado así en su honor por la Sociedad Geológica Mexicana en 2017. Su nombre, así, quedó no solo en las urnas, sino también en la piedra eterna.

Pero como alcalde fue también el hombre de las frases lapidarias. En 2009, al rendir protesta por segunda vez, advirtió: “me voy a tomar atribuciones que no tengo porque vamos a agarrar el toro por los cuernos”. Creó el Grupo Rudo, una fuerza policial especial que después disolvió cuando consideró que los índices delictivos habían bajado. En 2011 desató un escándalo nacional al proponer una base de datos de empleados domésticos para frenar robos y secuestros. Era, sin duda, un gobernante fuera de libreto.

En el documental El Alcalde (2012) pronunció otra de sus sentencias implacables: “¿Cómo le hago yo para que te vaya mal?, ¡qué importa!, yo tengo muchos mecanismos para ayudarme para que te vaya mal si quieres venir a delinquir.” Y como si la realidad quisiera darle razón, en su segunda toma de protesta anunció la muerte de El Negro Saldaña antes de que la propia autoridad encontrara el cuerpo. Aquello parecía una escena de realismo mágico: un alcalde que anticipaba la tragedia como si narrara un guion escrito en el aire.

Debo agregar que San Pedro, con él, se volvió burbuja: elitista, blindada, polémica. Me he enterado que en estos días pueden entrar personas que él jamás dejaría entrar. Defendió la legalización de las drogas, retó a quienes incomodaban a sus habitantes, enfrentó a los críticos. Y, al mismo tiempo, promovió parques como el Rufino Tamayo en 1998, y algo que vale oro y hoy lo cosecha su comunidad, convirtió a la cultura en pilar de su gobierno y a pesar de muchos mantuvo a San Pedro como símbolo de urbanidad y exclusividad.

Permíteme, querido lector una pequeña digresión. Recuerdo con nitidez el día en que a mi padre le diagnosticaron cáncer. El oncólogo, con esa frialdad compasiva de quien maneja destinos ajenos, le hizo una sola pregunta: “¿Quiere vida o calidad de vida?”. Mi padre, hombre de carácter, eligió lo segundo. Rechazó la quimioterapia y decidió vivir menos días, pero con la dignidad de saberse dueño de sus horas, sin cadenas hospitalarias ni tormentos químicos. Prefirió la brevedad de la libertad a la larga condena del sufrimiento.

Esa escena íntima volvió a mi memoria en 2025, cuando la enfermedad ya vencía a Mauricio Fernández Garza. Apareció en silla de ruedas, con una máscara de oxígeno, y con la misma crudeza con que había gobernado San Pedro anunció:

“Ya paré todos mis tratamientos, decidí dejarme a la buena de Dios. Ya no me voy a tratar, ha sido pesadísimo tanto la quimio como la inmuno, y la realidad es nomás estar pateando el bote.” 

Con esas palabras, Mauricio se despidió de la ciencia médica y se entregó a su propio destino, tal como lo había hecho mi padre años atrás: elegir la calidad de vida frente a la mera prolongación del tiempo. Pocos días después murió en su casa, dejando en el cargo provisional a Mauricio Farah Giacoman.

Y aún entonces, encarando lo inevitable, habló de la muerte con la serenidad de quien ya la había domesticado:

“La tengo muy superada desde hace más de 50 años. Para mí es algo muy natural, y afortunadamente tengo todo muy preparado.”

Ese fue Mauricio Fernández Garza: político, mecenas, excéntrico, polémico, pero también un hombre que convirtió a San Pedro en un escenario donde la seguridad, la cultura y la confrontación se tejieron con los hilos de su carácter. El gobernador Samuel García lo resumió al despedirlo: hizo de San Pedro no solo un lugar seguro, sino un epicentro cultural, lo que muchos anhelamos para Matamoros, pero al día de hoy debemos esperar con esta administración que en lo personal me parece muy frívola y muy inculta. 

Querido y dilecto lector, yo, matamorense que vivió en Monterrey hasta 2001, doy fe de que Mauricio fue un sampetrino irrepetible. Lo conocí primero en los diarios y después en la vida pública, y siempre me pareció un personaje de novela: capaz de contradecirse y reinventarse, de desafiar y provocar, de coleccionar piedras prehistóricas y enemigos del presente. Hoy, que ya no está, queda la certeza de que su vida fue un mural vivo: polémico, brillante, estridente y profundamente humano, por eso este pequeño homenaje. Descanse en paz el tío Mau. 

El tiempo hablará.

 

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