Una vez más, la carretera Victoria–Zaragoza–González vuelve a ser noticia, y no por mejoras en su infraestructura o acciones preventivas, sino por una tragedia que cobró la vida de cuatro personas al inicio de este año. La repetición constante de accidentes en este tramo carretero ya no puede atribuirse a la casualidad ni a hechos aislados; se trata de una problemática conocida, advertida y, lamentablemente, ignorada.
Resulta alarmante que, pese al historial de percances, las autoridades responsables sigan sin implementar medidas efectivas para reducir los riesgos. El exceso de velocidad, los rebases imprudentes y la circulación constante de vehículos pesados —especialmente unidades de doble remolque que conectan el puerto industrial de Altamira con Monterrey y la frontera norte— convierten este tramo en una ruta de alto peligro. Sin embargo, la señalización es insuficiente, la vigilancia escasa y la prevención prácticamente inexistente.
La omisión oficial es tan grave como las conductas irresponsables de algunos conductores. No basta con lamentar las pérdidas humanas después de cada accidente; es urgente actuar antes de que ocurran. Controles de velocidad reales, operativos permanentes, señalización adecuada y una revisión seria del tránsito de transporte pesado son medidas mínimas que deberían estar ya en marcha.
La carretera Victoria–Zaragoza–González no debe seguir siendo recordada como “la ruta de la tragedia”. La sociedad exige acciones inmediatas, porque cada vida perdida en el asfalto es un recordatorio doloroso de lo que significa mirar hacia otro lado.
La pregunta es inevitable y dolorosa: ¿cuántos accidentes más, cuántas vidas perdidas serán necesarias para que se asuma la responsabilidad y se tomen decisiones de fondo? Cada tragedia que se repite en esta carretera es una prueba más de que la inacción también mata.
