Libertad de expresión, pilar de la transformación
Las palabras del gobernador Américo Villarreal Anaya pronunciadas en la celebración del Día del Periodista en Ciudad Victoria no fueron un simple discurso protocolario. Fueron, en realidad, una toma de postura. “Aquí en Tamaulipas no se persigue, reprende o intenta silenciar a nadie”, dijo el mandatario, y al hacerlo trazó una línea clara entre el presente y un pasado reciente que dejó cicatrices profundas en el ejercicio periodístico.
La referencia a Benito Juárez —“el respeto al derecho ajeno es la paz”— no fue casual. En el contexto tamaulipeco, esa frase adquiere un peso particular, porque durante el sexenio de los llamados vientos del cambio la libertad de expresión fue una consigna vacía para muchos comunicadores. Periodistas incómodos al poder de entonces no solo fueron marginados: algunos fueron perseguidos, hostigados y obligados a dejar la entidad para salvaguardar su integridad.
El caso de Francisco Cuéllar Cardona es emblemático. Hoy director de Comunicación Social del Gobierno del Estado, ayer fue uno de los comunicadores que tuvo que abandonar Tamaulipas ante las amenazas y la hostilidad abierta del régimen encabezado por Francisco García Cabeza de Vaca. Su historia no es aislada; es representativa de una etapa donde el disenso se castigaba y la crítica se consideraba traición.
Por eso, cuando Paco Cuéllar afirma hoy que en Tamaulipas “no hay líneas editoriales dictadas desde el poder, ni intentos de condicionamiento”, el mensaje no se queda en el discurso. Habla desde su experiencia. Desde el contraste entre un ayer de silencios forzados y un presente que apuesta —al menos en el discurso institucional— por la interlocución, la apertura a la crítica y el reconocimiento del periodismo como una función social indispensable.
La lectura política de esta conmemoración es clara. El gobernador Américo Villarreal refrendó su compromiso con la libertad de expresión y dio un respaldo explícito a su equipo de comunicación y, en particular, a Paco Cuéllar, su amigo y colaborador. Un respaldo que implica confianza para que las voces, los hechos y los procesos de la transformación lleguen sin filtros ni mordazas hasta el último rincón de Tamaulipas.
En un estado donde el periodismo ha pagado un alto precio por ejercer su labor, el mensaje cobra relevancia. No se trata de una concesión graciosa del poder, sino de una obligación democrática. El reto, como siempre, será sostener esa apertura más allá de los discursos y convertirla en una práctica cotidiana. Porque la libertad de expresión no se decreta: se ejerce y se protege todos los días.
