El Bicentenario que no se oye (todavía)
Por Jorge Chávez Mijares.
Querido lector, las ciudades, como las personas, celebran de dos maneras: unas cumplen años; otras se narran a sí mismas. La diferencia no es menor. Cumplir años es una fecha; narrarse es un proceso.
Matamoros está por cumplir, este 28 de enero de 2026, doscientos años de llamarse Matamoros. No de existir, no de haber sido poblado, sino de haber adquirido un nombre que la historia terminó por cargar de sentido, batallas, comercio, frontera y carácter. Doscientos años no son una cifra menor. En el mundo, un bicentenario es palabra mayor. Y, sin embargo, a doce días de iniciar el año del Bicentenario, la ciudad no parece estar celebrando… parece estar esperando.
Sesudo lector, no es una crítica en el sentido estricto del término. Es, más bien, una observación comparada. Al revisar cómo las grandes ciudades del mundo, en México y fuera de él, han celebrado aniversarios redondos, descubro un patrón que se repite con admirable disciplina: no celebran un día, construyen un año. A eso, en política cultural y urbana, se le llama “año-marca”.
El “año-marca” no es propaganda. Es narrativa. Es calendario. Es presencia cotidiana. Es hacer que la ciudad respire su aniversario en plazas, escuelas, medios, museos, barrios y conversaciones. Monterrey lo hizo en su 400 en 1996; Veracruz en su 500 en el 2019; Mérida convirtió su aniversario en plataforma cultural anual con el “Mérida Fest”; Madrid su 4º centenario en 1961, Roma sus 2,700 años en 1947, Berlín sus 750 años en 1987, Londres sus 2,000 años en 1943 y París los mismos 2,000 años en 1951, todos ellos lo entendieron desde hace décadas: la historia no se honra con un acto solemne, sino con una temporada de ciudad.
Quisquilloso lector, ¿Qué implica pensar el Bicentenario de Matamoros como año-marca? Cinco cosas muy concretas: Primero, calendario visible. No un evento central y silencio antes y después, sino una secuencia de actividades que hagan evidente que 2026 no es un año cualquiera. Segundo, diversidad de formatos. Cultura, deporte, academia, infancia, memoria barrial, archivos, publicaciones, señalética histórica. El Bicentenario no es solo para el protocolo: es para la gente. Tercero, marca viva, no solo logotipo. Una identidad que se vea en espacios públicos, en medios, en escuelas, en la conversación diaria, que hasta el momento de escribir la presente columna no ha ocurrido. Cuarto, participación social real. Cronistas, universidades, artistas, comerciantes, cámaras, colonias. No solo los cercanos a la administración. Cuando la historia se comparte, se vuelve patrimonio común. Y quinto, legado. Algo que quede cuando pase el 28 de enero: un archivo, un libro, una restauración, una memoria ordenada. Porque un Bicentenario que no deja rastro es apenas una ceremonia cara.
El alcalde Alberto Granados encabeza, sin duda, el momento histórico. Pero sería injusto —y poco serio— cargarle la responsabilidad completa a una sola figura. Estas decisiones suelen incubarse en los escritorios de la asesoría, en la lógica de quienes confunden conmemoración con evento, historia con agenda, identidad con protocolo. Ahí es donde conviene hacer la pausa reflexiva: el silencio previo también comunica. Comunica improvisación, prudencia excesiva o, peor aún, una lectura reducida de lo que significa un Bicentenario. Y todavía estamos a tiempo. El año apenas comienza. Un “año-marca” no se decreta: se activa. No se anuncia: se vive. No se defiende con discursos: se vuelve visible.
Querido y dilecto lector, Matamoros no necesita fuegos artificiales históricos. Necesita algo más complejo y más duradero: contarse bien a sí misma. Porque las ciudades que saben quiénes han sido, suelen tener más claro quiénes quieren ser. El Bicentenario no es solamente el 28 de enero. El Bicentenario es todo 2026. Y todavía puede notarse.
El tiempo hablará.
