“Roma soy yo”, y algo más. Proemium en Barnes & Noble de Brownsville.

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“Roma soy yo”, y algo más. Proemium en Barnes & Noble de Brownsville.
Querido lector, el día de ayer, sábado, compré un libro en “Barnes & Noble”, en la ciudad de Brownsville. Crucé la frontera con un propósito doblemente humano: ir a comer a Luby’s por invitación de mi amigo Miguel Guerra y, de paso, ejercitar el arte antiguo de la sobremesa caminada. Allí tuve también el gusto de saludar a Alberto Bernes y a su esposa Azucena Casillas, en esa liturgia fronteriza donde el afecto se sirve sin aduanas.
Hoy sé, porque los libros también enseñan incluso antes de abrirlos, que la librería mencionada es una cadena estadounidense con una historia que se remonta a 1873, cuando Charles M. Barnes abrió un negocio de libros en Wheaton, Illinois, dedicado sobre todo a textos usados y escolares. Años después, su hijo William Barnes se trasladó a Nueva York y, en 1917, se asoció con G. Clifford Noble para fundar formalmente la librería que llevaría el nombre de “Barnes & Noble”. En 1971, el empresario Leonard Riggio adquirió el negocio y lo convirtió en lo que hoy es la mayor cadena de librerías minoristas en Estados Unidos, con cientos de tiendas y una vocación cultural que resiste, milagrosamente, en tiempos de pantallas ansiosas.
Debo decirlo, “Barnes & Noble” es un negocio cultural que hoy causa furor en esta frontera compartida de Brownsville y Matamoros. Grata sorpresa, sobre todo cuando aún hay quien sostiene, con desparpajo centralista, que viniendo de la Ciudad de México la cultura se termina en San Luis Potosí y lo que sigue es la carne asada. Bendita herejía.
Y cuento todo esto, para aterrizar una confesión sencilla: ando como niño con juguete nuevo. Tenía tiempo coqueteándome un libro, mirándome desde lejos, como esos amores que saben esperar. Ayer, después de comer y para hacer la dichosa digestión, le pedí a Miguel que camináramos hasta “Barnes & Noble”. Y ocurrió el hallazgo: ahí estaba “Roma soy yo”, del autor español Santiago Posteguillo, título que me pareció una emulación de la legendaria frase de Luis XIV, “El Estado soy yo”.
Sesudo lector, este volumen es el primero de una saga histórica centrada en el multimentado y famoso en la Historia Universal, Julio César, que forman parte de la saga con otros dos libros, “Maldita Roma” y “Los tres mundos: la conquista de las Galias por Julio César”, que iré comprando gradualmente, conformando un ambicioso retrato narrativo del ascenso, la formación y la expansión del hombre que transformó para siempre el destino de Roma y que, dicho sea de paso, tiene mucho que enseñarnos para entender la política de nuestros tiempos, vaya que sí.
Las referencias que ya tenía del libro me habían seducido. El propio Posteguillo lo presenta como una novela histórica extensa y vibrante, dedicada a la vida de Cayo Julio César mucho antes de convertirse en estatua, mito o consigna. Al escribirte esto, algo se mueve en mis entrañas, una mezcla de vértigo histórico y presentimiento político.
Permíteme ahora una breve referencia, sin hacer spoiler, de esta trama maravillosa que, desde su Prooemium, esa introducción solemne y casi ritual, nos atrapa sin pedir permiso.
Posteguillo abre el telón en una Roma que crece sin límite, una Roma que devora mares, islas, montañas y provincias como si el mundo fuera una fruta madura. El Mediterráneo occidental es suyo, en su soberbia se referían a él como el “Mare Nostrum”, Cartago, el equivalente hoy a China para EU, ya era polvo, y el Senado se frotaba las manos mientras el oro, la plata, los esclavos y las tierras se concentraban en pocas mesas, siempre las mismas, siempre bien servidas. El banquete era opulento, pero la invitación no era para todos.
La desigualdad se volvió incendio. Los tribunos de la plebe alzaron la voz, y con ellos aparecieron figuras trágicas: los hermanos Graco, Tiberio y Cayo, que intentaron repartir la tierra y terminaron pagando con la vida. Uno a mazazos en el Capitolio, arrojado al Tíber como desperdicio; el otro, acorralado, pidiendo a su esclavo que lo mate para no dar el gusto a sus verdugos. Roma aprendió pronto que la justicia, cuando incomoda, suele morir sin sepultura.
La ciudad quedó partida en tres, “los populares”, que aún creen en la redistribución; “los optimates”, que se autoproclaman “los mejores”; y “los socii”, aliados sin voz, condenados a obedecer decisiones que no votan. Y cuando el tablero parecía completo, aparece una grieta nueva: “los provinciales”, esos millones de vidas que sostienen el Imperio sin que nadie los mire. Hermosa provincia.
Es entonces cuando emerge un joven. Patricio de origen, pero incómodo con la sordera del poder. Tiene veintitrés años, está solo, y nadie lo toma en serio. Hasta que acepta lo impensable: ser fiscal en un juicio perdido de antemano. El acusado es Cneo Cornelio Dolabela, senador optimas, corrupto, protegido por Sila, rodeado de los mejores abogados y de un tribunal hecho a su medida. Dolabela ríe, brinda, organiza banquetes. Sabe que Roma no castiga a los suyos, pues tienen el control de todos los poderes. Cualquier parecido con el presente es mera casualidad.
Querido y dilecto lector, el joven fiscal se llama Cayo Julio César. Y aquí cierro el libro por hoy. No porque se acabe la historia, sino porque comienza de verdad. Confieso, casi al pasar, que Dolabela, por una extraña razón de asociación, quizá injusta, quizá inevitable, me recuerda mucho al senador Adán Augusto López Hernández. Cosas de la historia: a veces cambian los nombres, pero el eco del poder suena igual. Al rodar de los años, Roma sigue hablándonos. Sólo hay que saber leerla.
El tiempo hablará.
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