LOCURAS CUERDAS

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Gregorio Farias Longoria: Bicentenario de un nombre, biografía de una voluntad.

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, asistí a la reunión con motivo del Bicentenario del nombre de Matamoros que llevó a cabo la Sociedad Tamaulipeca de Historia, Geografía y Estadística de Matamoros con la natural expectativa de quien va a escuchar historia y terminó encontrándose con la suya propia reflejada en otro rostro. Se entregó por parte de la sociedad mencionada el reconocimiento “José de Escandon y Helguera”.

El invitado especial era el Ingeniero Gregorio Farías Longoria, ex rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León, justo en los años en que yo cursaba la carrera de Ciencias de la Comunicación en mi entrañable Alma Mater. Bastó verlo para que Monterrey regresara de golpe: los pasillos, los trámites, los silencios institucionales, la vida universitaria cuando todavía tenía algo de rito.

Me di el lujo, porque hay lujos que son de la memoria, de saludarlo. Y en ese gesto se me apareció también el recuerdo de su secretario particular, el Ingeniero Humberto Torres, quien en aquellos años era el puente inevitable entre la rectoría y los estudiantes, el hombre que sabía traducir la solemnidad del cargo en trámites posibles.

Fue ahí, entre saludos y evocaciones, donde el propio Gregorio Farías Longoria, nacido en nuestra ciudad, me dio la pauta para comenzar con él una serie de 200 biografías de Matamoros, precisamente en el año simbólico del Bicentenario de nuestro nombre. Como si la ciudad, al cumplir dos siglos, decidiera mirarse a sí misma a través de quienes la han caminado desde el polvo hasta la cátedra.

Gregorio Farías Longoria nació en Matamoros, Tamaulipas, el 14 de julio de 1941, hijo de Esteban Farías García y Dora Longoria Ferguson, agricultores de oficio y de destino, asentados en El Capote. Vivían pegados al Río Bravo, tan cerca que el agua no era paisaje sino pulso: marcaba la infancia, el trabajo y la paciencia.

Allí comenzaron sus primeros estudios, si es que ese nombre alcanza para describirlos. Conseguir maestros era una hazaña colectiva y terminar un ciclo escolar, una excepción. Antes de aprender calificaciones, aprendió a pesar y pagar la pizca del algodón, oficio prematuro que le enseñó temprano el valor del trabajo, ese que no se escribe en boletas, pero se queda en las manos. Su primera escuela fue el desván de un tendajo. Luego, los padres de familia lograron convencer a una mujer, la misma que atendía el negocio, para que enseñara las primeras letras. No había grados, ni orden, ni edades similares: era un grupo heterogéneo donde todos aprendían juntos, como si el abecedario fuera un bien comunal.

Después apareció Doña Vicenta Anaya de Pérez, y con ella una escuela comunitaria de un solo salón donde convivían los cuatro años de primaria. Más tarde vinieron profesores informales, tránsitos inciertos, hasta llegar a la casa de una madrina en otro rancho. Ahí, Doña Manuelita García, partera de oficio, daba clases a su hijo y a Gregorio. Dos alumnos. Nada más. A veces la educación empieza así: en voz baja.

En 1952, su padre tomó una decisión que partió la vida en dos: enviarlo a Monterrey, a un internado. Llegó con once años cumplidos y, por no haber pasado por escuelas formales, a ojo de buen cubero, como si el cantinero fuera Fernando Savater, fue ubicado en tercer año de primaria. A partir de ahí, el cauce se volvió reconocible.

Sesudo lector, el Ingeniero Farias estudió primaria, secundaria y preparatoria en el Colegio Justo Sierra. Vivió siempre en el internado. Era una escuela laica, con algo de educación militar, donde la disciplina no se imponía como castigo sino como método. Una frase quedó tatuada en su memoria, y ahora en la mía: “Una voluntad firme y disciplinada encaminada al bien y a la verdad es el factor más poderoso del progreso.”

En ese colegio funcionaba un experimento cívico admirable: la República Escolar Justo Sierra. Cada salón era un Estado; había gobernadores, diputados, Congreso, campañas y elecciones presidenciales por voto directo. La toma de posesión se realizaba en el Cine Florida, por la Calzada Madero. En ese estimulante juego Gregorio fue gobernador, diputado, secretario de hacienda, de guerra y de educación varias veces. Era un juego, sí, pero uno que enseñaba más que muchos discursos formales.

En la preparatoria tuvo contacto con la UANL jugando fútbol americano con la Facultad de Arquitectura. El vínculo con la Universidad comenzó antes de ser alumno. Después ingresó a la Facultad de Ingeniería Civil, generación 1961–1966.

Le gustaban las matemáticas, la construcción, las carreteras, los puentes, el riego. Tal vez influyó la infancia junto al río, donde se hablaba con respeto del Ingeniero Eduardo Chávez, creador de los bordos de defensa del Río Bravo y del sistema de riego del distrito 025. Gregorio quería ser algo parecido a él: alguien que ordenara el agua y protegiera la tierra.

Ingresó a Ingeniería Civil en 1961. Le tocó ver crecer Ciudad Universitaria, la construcción del Estadio Universitario, el mismo que hoy Samuel García quiere remodelar, de facultades enteras levantándose entre polvo, concreto y esperanza. Era una época donde el futuro se veía tangible. En segundo año comenzó a trabajar como corrector de exámenes. Y fue ahí donde el azar, ese ingeniero invisible, decidió intervenir.

Al final del cuarto año, subiendo una escalera para entregar unos exámenes, se topó con el profesor Rodolfo Rosas, prefecto de la facultad, quien le hizo una pregunta tan simple como decisiva: 

—¿No se quiere ir a un curso a México?

—Sí, cómo no.

—Consígase otros dos compañeros y se van mes y medio.

Así, sin ceremonias. Como suelen ocurrir las cosas decisivas. En la Ciudad de México, recordó a una vieja amiga que había conocido de niño en Matamoros y que entonces trabajaba como secretaria en una embotelladora de refrescos. Fue a visitarla. Se vieron. Se saludaron. Nada parecía extraordinario, pero el destino ya había abierto expediente. Al terminar la carrera, aceptó una beca para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México, especializándose en mecánica de suelos e ingeniería de cimentaciones. Durante ese tiempo volvió a buscarla. Hablaron. Construyeron una amistad. Y aquella amiga se convirtió en su esposa: Yolanda Mateos de Farías. El azar, cuando se le observa con calma, también sabe trazar planos. Tuvieron tres hijos: la mayor doctora, el segundo veterinario y la tercera odontóloga, todos egresados de la UANL. A veces la vida te coloca exactamente en la escalera correcta.

Su trayectoria continuó: Dirección de Obras Públicas de Nuevo León, regreso a la UANL como maestro, creación del Departamento de Geotecnia, dirección de la Facultad de Ingeniería Civil, la Facultad de Ciencias de la Tierra, y finalmente la Rectoría. Se crearon el Teatro Universitario, el Centro de Cálculo Universitario, el Centro de Idiomas, el Centro de Apoyo Académico en Mederos, además de nuevas maestrías y doctorados. La universidad creció, y él creció con ella. Hoy hay calles, bibliotecas y aulas que llevan su nombre y no en Matamoros. Pero el pago nunca alcanza. Porque, como él mismo lo deja claro, la UANL le dio algo que no se devuelve: identidad. 

Y mientras yo lo escuchaba, entendí que el Bicentenario de Matamoros no es solo una fecha redonda en el calendario. Es la suma de voluntades firmes, de escaleras inesperadas, de maestros silenciosos, de ríos que educan y de nombres que se niegan a desaparecer. Porque la biografía de Gregorio Farias Longoria, mi Rector, no se cuenta, se agradece. Y esta, sin duda, es una de ellas. Su vida le da empaque a Matamoros.

El tiempo hablará.

 

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