Carlos Irán Ramírez González. El “Cursus Honorum” del Secretario de Finanzas.
Por Jorge Chávez Mijares.
Querido lector, en la Roma clásica había una idea que hoy parece casi subversiva: el poder no se tomaba, se recorría. A ese trayecto escalonado lo llamaban “Cursus Honorum”: la carrera de los honores. No era una colección de cargos, sino una pedagogía del carácter. Cada peldaño probaba algo distinto: templanza, paciencia, capacidad técnica, lealtad a la república y también, por qué no decirlo, lealtad al jefe que confía.
Saltarse pasos no era audacia; era imprudencia. El atajo, en política y en la academia, siempre cobra intereses, y siempre se nota. Cuando hoy se dice que alguien tiene “Cursus Honorum”, no hablamos de suerte ni de coyuntura. Hablamos de una biografía que se convirtió en mérito. De autoridad construida, no decorativa. De experiencia acumulada, no improvisada.
Carlos Ramírez tiene la licenciatura en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de Nuevo León; se tituló el 3 de octubre de 2005. Su número de cédula profesional es el 4578407.
Sesudo lector, su trayectoria pública puede leerse justamente así: como un proceso, no como un golpe de fortuna. Primero, mente financiera forjada en sus empresas; después, Oficial Mayor y Secretario Técnico en el ámbito municipal, donde aprendió la operatividad de los números en lo privado y la mecánica interna del gobierno, esa que rara vez se ve pero de la que depende todo. Más tarde, ya en el ámbito estatal, asumió la Subsecretaría de Inversión en Entidades y Fideicomisos, un terreno donde la técnica pesa más que el discurso. Después vino la Subsecretaría de Egresos, ese sitio ingrato donde cada decisión tiene consecuencias y donde el error no se maquilla. Finalmente, a mitad del camino de una administración exigente, llegó la responsabilidad mayor: la Secretaría de Finanzas, nombramiento que reveló no solo confianza personal, sino criterio político, pues reconocer el valor del recorrido y apostar por la experiencia también es una forma de gobernar.
No es un dato menor que, por primera vez en muchos años, bajo su conducción, el Gobierno del Estado haya logrado pagar los aguinaldos de sus trabajadores sin recurrir a deuda. En tiempos donde el crédito suele usarse como anestesia, ese gesto habla de algo más profundo: de una mente financiera formada no solo en el aula pública, sino en la ontogenia empresarial, donde cada peso tiene memoria y cada decisión deja huella.
Tuve la oportunidad de dialogar con él el jueves 8 de enero de este año, en sus oficinas. Más allá de los números, lo que se percibe es la conciencia clara de que entre el honor y la caída hay apenas un paso. Quizá por eso el manejo de las finanzas no se ejerce con estridencia, sino con disciplina. No con alarde, sino con método. Y los datos, que no mienten cuando están bien cuidados, empiezan a hablar por sí solos.
Enero de 2026 cerró con una recaudación superior a lo presupuestado. No por presión, sino por confianza. Se proyectaron poco más de mil seiscientos setenta y cinco millones de pesos y se recaudaron más de mil setecientos setenta y siete. Más de cien millones adicionales. Un 6% por encima de la meta. En finanzas públicas, eso no es casualidad: es síntoma.
El impuesto sobre remuneraciones superó lo previsto en más de 13%. El control vehicular rebasó la meta en casi 17%. Pero lo relevante no es el porcentaje; es la causa. Cuando hay orden, claridad y trato digno, la ciudadanía responde. El cumplimiento no se impone: se construye. El historiador Edward Gibbon advertía que desde los tiempos de Roma unas finanzas mal operadas producían peligro y anarquía. La historia es clara: los imperios no caen solo por las espadas, sino por las cuentas mal hechas.
Querido y dilecto lector, quizá por eso, en un tiempo de política acelerada y ambiciones prematuras, resulta refrescante encontrar a alguien que entiende que gobernar, y administrar, sigue siendo, al final, un ejercicio moral. Ser congruente como hijo, como padre, como creyente discreto, y también como servidor público. Todo eso es nuestro Secretario de Finanzas, y él jamás lo dirá.
Y concluyo: el “Cursus Honorum” no es una medalla. Es una carga. Y quien lo entiende así suele caminar con paso firme y sin ruido.
El tiempo hablará.
