LOCURAS CUERDAS

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Super Bowl 60: anatomía de un cuerpo que no pide permiso.

 

Por Jorge Chávez Mijares.

Querido lector, esta es la primera entrega de un estudio antropológico y político en torno al show de medio tiempo de Bad Bunny. Un acontecimiento que, desde hace algunos años, se ha convertido en tema recurrente de pláticas de café y en un escenario donde se exhiben, de manera abierta y a veces ostentosa, las diferencias generacionales y de gusto.

Los espectáculos de medio tiempo comenzaron en 1967 y, en sus inicios, se limitaban casi exclusivamente a la participación de bandas musicales, una suerte de remedo de los intermedios propios de los torneos colegiales.

Pero todo evoluciona. El punto de inflexión llegó cuando Michael Jackson se presentó en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl el 31 de enero de 1993, durante el Super Bowl 27, celebrado en el Rose Bowl de Pasadena, California.

Decidí como periodista hacer un estudio milimétrico del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl número 60, no es un ejercicio de crítica musical ni de gusto personal. Es, en rigor, un estudio antropológico y de ciencia política, una radiografía cultural del momento histórico que vive Estados Unidos: un país tensionado entre generaciones, identidades, lenguajes y cuerpos que ya no piden autorización para ocupar el centro del escenario.

Me detuve a ver pausadamente el video del espectáculo de medio tiempo de Bad Bunny y, hasta el momento de estar concluyendo la presente columna, acumulaba ya 52 millones de vistas. Como dato de referencia, conviene señalar que el histórico show de Michael Jackson de 1993 registra 53 millones.

El espectáculo comenzó sin estridencia, pero con una frase que lo dice todo. Un hombre latino, vestido completamente de blanco, acompañado por una guitarra, enuncia como si fuera obviedad lo que en realidad es declaración política: “Qué rico es ser latino.” Más que grito parece una consigna y una constatación.

Entonces aparece Bad Bunny. No entra: irrumpe. Mastica palabras ilegibles, como si el lenguaje mismo estuviera siendo digerido, vestido de blanco, ropa marca Zara, con un balón de futbol americano sostenido en su brazo y mano derechos. El gesto es inequívoco: el objeto sagrado del espectáculo estadounidense está ahora bajo control latino, no como trofeo, sino como extensión corporal. El recorrido inicia como si fuera una calle cualquiera. Primero, un puesto de “Coco frío”. Nada más básico. Nada más caribeño. Agua, calor, supervivencia. No hay alcohol, no hay exceso, no hay glamour: hay hidratación primaria. El cuerpo que baila necesita agua, no permiso.

Unos pasos más adelante, hombres de la tercera edad juegan dominó. No participan del espectáculo. No bailan. No celebran. Observan. El dominó no es un juego: es institución cultural masculina latinoamericana, espacio de pausa, de memoria, de tiempo no productivo. Ellos representan lo que permanece mientras todo corre. Después, una mesa de manicura, muy solicitada por mi hija latina Monserrat. El cuidado del cuerpo. La estética cotidiana. No lujo: dignidad. La pedicura, el cuidado de los pies: la parte del cuerpo que camina barrios, trabaja, baila, resiste. El cuerpo no como mercancía, sino como territorio que merece atención.

El tránsito de Bad Bunny continúa hacia un lugar de material para la construcción. Un espacio de hombres pero ahora son cuatro mujeres, todas ellas con pantalón de mezclilla y blusa blanca. Ni decorativas, ni accesorias, más bien constructoras. Sostén literal de lo que se edifica. La escena subvierte silenciosamente el imaginario tradicional del trabajo duro. La filosofía de la equidad de genero a todo lo que da. La mujer en Latinoamérica ya no es la misma.

Luego aparece el puesto de raspas “Piraguas”. Cuatro botellas con distintos sabores, cada una marcada con la bandera de un país latinoamericano, México, Colombia, Puerto Rico y España. El hielo raspado se convierte en mapa geopolítico. A Bad Bunny le entregan un raspado de fresa. No lo consume. Lo comparte: se lo da al taquero del siguiente puesto. El puesto dice: “Villas Tacos”. Y debajo, una sentencia que no necesita ironía: “Con tacos todo es posible. Villas Tacos Los Ángeles.” La frase es tan absurda como verdadera. Alimentación, migración, ciudad. Pero la audacia es el nombre que evoca a Pancho Villa. ¿Rudeza innecesaria frente al actual sistema?

El trayecto se vuelve más áspero: Bad Bunny pasa entre dos boxeadores. Ahí se transpira la Historia latinoamericana: Roberto Durán, Salvador Sánchez, Wilfredo Gómez, Óscar De La Hoya, Julio César Chávez entre otros. El cuerpo del protagonista boricua esquiva la violencia. No la enfrenta: la atraviesa. Inmediatamente después, un puesto de joyas. El vendedor, insistente, casi agresivo, le entrega un anillo en un estuche rojo. El letrero de la joyería de barrio latino es brutalmente honesto: “Compro oro y plata. Solamente efectivo.” Economía informal. Valor material. Urgencia. Bad Bunny toma el anillo y se lo da a un varón, quien se arrodilla y se lo entrega a una mujer como propuesta de matrimonio. Amor, transacción, ritual: todo mezclado sin pedir coherencia, muy de nuestros tiempos disruptivos.

Entonces el estadio “Levi’s”, la marca de pantalón típica de Norteamérica entra en escena con palabras proyectadas que funcionan como metralla cultural: “Pichaba.” Intercalada con: “Ahora yo picheo.” “Antes tú no querías y ahora no quiero.” Y la frase que algunos llamaron escandalosa: “Ahora yo perreo sola.” “Pichaba” no es una canción comercial. Es Bad Bunny temprano, crudo, trap boricua sin barniz. En Puerto Rico, pichar significa ignorar, no hacer caso, desentenderse. La canción no narra: marca actitud. Desprecio hacia quien no creyó. Distancia frente al juicio ajeno. Autoafirmación sin pedir permiso. No resulta complicado entender a quien va dirigido sin mencionar su nombre.

Y en el contexto politico y social que esta viviendo EU la escandalosa expresión para adultos mayores de 50: “Ahora yo perreo sola” no es consigna sexual: es declaración política-cultural en clave pop. Autonomía. Soberanía corporal. Decidir sin tutela. En el templo de la masculinidad tradicional estadounidense, el Super Bowl, esa frase invierte el orden simbólico: el cuerpo ya no es objeto, es sujeto. La escena se acompaña con una coreografía exclusivamente femenina, mientras hombres permanecen de fondo, inmóviles, al frente de una casa. Bad Bunny canta solo desde la azotea. Aparece la frase “Se pone cachonda” mientras él ejecuta movimientos sensuales, provocadores, deliberados. Un performance muy de él, es su marca.

Desde arriba canta versos de altísimo contenido sexual, sin traducción ni disculpa. En la pantalla aparecen frases como: “Por ahora ella está solita.” “Perrea.” “Aprovecha que estoy soltero.” “Single.” Y entonces ocurre el quiebre mayor. El techo se rompe. Bad Bunny cae literalmente en medio de una familia de clase media que veía el Super Bowl. Y entonces pude ver a todos los hogares del planeta. Una niña pequeña, dos jóvenes, una aparente madre y un aparente padre. La niña (nueva generación) sonríe sin parar al verlo. El padre (Generación de antes) está molesto. La madre, sentada, asombrada. Los hijos, entre el desconcierto y la fascinación. La televisión sigue encendida, mostrando el mismo evento que ahora los invade físicamente porque Bad Bunny no pidió permiso para entrar, más bien irrumpió, señal de como entran ahora las cosas a nuestra intimidad familiar.

Bad Bunny se va. No explica. No pide disculpas. Deja una familia dividida por generaciones y una niña feliz. Camina por un pasillo para salir de la casa. En el dorsal de su vestimenta se lee el apellido de su madre: “Ocasio”, y el número 64. Identidad, linaje, memoria. Sale de la casa pateando la puerta con el pie derecho. Autoridad corporal.

Afuera lo espera su equipo de coreografía. Suena una voz: “Esta es para ustedes, para que se lo gocen…” Y entonces irrumpe “Gasolina”, no como simple canción, sino como acto fundacional. El tema que llevó al reguetón del barrio al planeta, que lo sacó del margen y lo volvió idioma global. Daddy Yankee aparece así no como nostalgia, sino como padre histórico del género, el punto de origen que legitima el presente.

Después pude ver a mujeres morenas con mirada retadora. Dos hombres rodando llantas en lo que parece una vulcanizadora. Una camioneta blanca con dos hombres en una escena que sugiere ambigüedad sexual. Al fondo, una sola palabra: “Perreo.” No es un guiño: es una genealogía. Bad Bunny no rompe con el pasado; lo invoca para demostrar que hoy puede caminar solo.

Y de manera abrupta aparece sobre una Ford F-100 modelo 1971, cantando fragmentos explícitos de “EoO”. Luego, silencio. Pausa. En pantalla: el sapo Concho, figura popular del imaginario puertorriqueño, símbolo de lo autóctono, de lo burlón y de lo marginal que observa desde la orilla. No es ternura ni fábula infantil: es ironía isleña. El sapo como testigo incómodo, como recordatorio de que la identidad no se maquilla, se asume.

Después, violinistas interpretan “Monaco”. Bad Bunny habla muy claro, contra toda forma de su estilo habitualmente ilegible de cantar, sin metáfora. Por un instante se coloca en modo motivador, con esa cadencia emocional que recuerda a los grandes oradores latinos de la autoestima, una mezcla de Dante Gebel y Daniel Habif, pero sin púlpito ni solemnidad, y dice:

“Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio. Y si hoy estoy en el Super Bowl 60 es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti. Vales más de lo que piensas. Créeme”. El mensaje termina. El canto vuelve a volverse ininteligible. Y entonces, en medio del espectáculo, aparece lo que se dijo fue una boda real.

Hombre y mujer vestidos de blanco. Acompañantes, todos ellos de indumentaria blanca. Y alguien, pastor o juez vestido de negro declara: “Por el poder que se me otorga, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.” Se besan. Y justo ahí, sin transición suave, irrumpe Lady Gaga. Vestido celeste. Canta “Die With A Smile”, acompañada por una banda con sonoridad profundamente puertorriqueña. Termina su intervención. Bad Bunny le toma la mano. Suena salsa. Ella baila sin pudor, con su esencia italiana y americana, como si el cuerpo ya hubiera entendido lo que la cabeza apenas procesa.

Querido y dilecto lector, hasta aquí, la primera parte del estudio antropológico del show de medio tiempo del Super Bowl 60. Lo que sigue ya no es recorrido: es confrontación directa con el poder, la identidad y la nación.

El tiempo hablará.

 

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