(CUARTA ENTREGA)
CARLOS ACOSTA
SANDRA CISNEROS
Es alucinante cómo he podido adquirir la capacidad de cambiar de escenario de un parpadeo a otro. A veces, casi ni yo mismo lo puedo creer. Esto quiere decir, cambiar de un libro a otro, sin importar distancias ni horarios; incluso llegar a unos que están cerrados y apretados por sus vecinos en la fila de un estante de librero. Busco un resquicio, por ejemplo, la esquina de una hoja medio despegada de las demás. ¡Y sucede!
Ahora voy, a paso lento, por un barrio latino en una ciudad anónima de USA. Por la banqueta va una niña. ¿Cómo es tu nombre? Esperanza. ¿Vives por aquí? Si, mi familia vive en la Casa de Mango Street. Mis abuelos, mis padres, llegaron de México hace muchos años. Y todavía sus recuerdos los siguen acompañando en este país, de otras costumbres, de otro idioma. Las canciones, las películas, la manera de hablar, de reír, mexicanas, siempre andan con ellos.
¿Cómo es eso? En mi familia reímos mucho. Y lo hacemos con alegría. No somos como los vecinos, cuya risita parece el sonido de las campanitas de los helados. En cambio, cuando nosotros reímos, es como si se desplomara una vajilla de la alacena al piso. Ese ruido de quebradero de platos. Así nos reímos. ¿Tú te acuerdas de México? Yo casi no. Cuando mi familia se vino, para acá, dicen que yo era, todavía niña de brazos.
Casi no vamos. Ni siquiera fuimos cuando el padre de mi padre murió. Esa vez lo vi sentado en el borde de la cama. Estaba muy triste. Su cara parecía hecha de piedra. Y yo por primera vez, pensé qué sería de mí, si mi padre se muriera. También me puse muy triste. Pero no tanto como él, que se veía como si fuera una estatua, de esas que no tienen vida y que están a punto de desmoronarse. Sentí un escalofrío.
Y usted, ¿no es del barrio verdad?, ella cambió sin avisar de rumbo la conversación, nunca lo había visto por acá. Yo soy de otro libro. ¿Cómo?, la niña me miró con extrañeza. Perdón, perdón -me sentí casi descubierto- quise decir, yo soy de otra ciudad y solo voy de paso. Esperanza me miró con ojos desorbitados. No te asustes, nunca volverás a verme. Y me fui.
BENEDETTI
En la Plaza Juan Pedro Fabini, sucede. Me acerco a un hombre sentado en una banca. ¿Está usted bien? Noto que su respiración es un tanto agitada. Sí, contesta, precipitado. Él andará en sus cincuenta años. Piel blanca y bigote cano. Me mira con sus ojos pequeños y agrega, es apenas una incipiente crisis de asma. Si no se ofende, digo, puedo prestarle mi inhalador de Salbutamol y Bromuro de Ipratropio. No, no me ofende, muchacho, por el contrario, me ayudará. Extraigo, de mi bolsa del pantalón, dónde siempre lo cargo y se lo ofrezco. Lo toma, lo limpia un poco e inhala dos veces. Tres minutos después, su respiración es normal.
Y que hace en esta banca tan retirada y usted solo. Estoy escondiéndome, me informa en voz baja. La dictadura en la República Oriental del Uruguay es devastadora. Luego de tres segundos, sé quién es. Me invade un orgullo y nerviosismo a la vez. Y no se me ocurre otra cosa para mostrarle mi admiración que decir en voz alta, uno de sus poemas: Tus manos son mi caricia, mis acordes cotidianos, te quiero porque tus manos, trabajan por la justicia. Ah, suspira, ese soy yo. Permítame, Mario, ¿a dónde necesita ir? Mira, me muestra, tengo aquí diez llaves de casas de amigos. Son direcciones distintas. Entonces recuerdo alguna lectura: ah, son sus panas, sus salvoconductos.
Lo acompaño en la caminata. Le he puesto mi abrigo. No hace frío, intenta rechazarlo. No es por el frío, Mario, usted lo sabe. Mientras vamos a pie, en taxi o en colectivo es muy riesgoso, ¿no es así? Yo voy repitiendo poemas que hace unos años aprendí de memoria: Compañera usted sabe, puede contar conmigo, no hasta dos ni hasta diez, sino, contar conmigo. Sonríe como si fuera la primera vez que los escucha. Continúo: Pero, si pese a todo no puedes evitarlo y congelas el júbilo y quieres con desgana. Y te salvas ahora y te llenas de calma y reservas del mundo sólo un rincón tranquilo. Y dejas caer los párpados pesados como juicios. Y te secas sin labios y te duermes sin sueño. Y te piensas sin sangre y te juzgas sin tiempo. Y te quedas inmóvil al borde del camino y te salvas. Entonces, no te quedes conmigo. Hemos llegado a una casa que no es la suya, sino una de sus amigos, un escondite. Introduce la llave. La puerta se abre. Termino de hablar. Me mira a los ojos. Me abraza.
