LOCURAS CUERDAS

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Carla Suárez: donde el servicio florece como destino. Historias del Bicentenario.

Por Jorge Chávez Mijares

“Dormí y soñé que la vida era servicio, desperté y vi que la vida era alegría; serví y vi que en el servicio se encuentra la alegría.” Rabindranath Tagore

Querido lector, hay historias que no se cuentan: se revelan y hay vidas que, al ser narradas, parecen obedecer no a la cronología, sino a una secreta arquitectura del alma. Esta, la de Carla Suárez Flores, es una de ellas. La presente forma parte de las 200 personalidades del Bicentenario de Matamoros. Y no es casual que ocupe el número 4: porque hay destinos que no sólo avanzan, ordenan el sentido de los que vienen detrás.

Contacté a Carla por medio de su mamá, la Maestra Lupita Flores, en el 2020 al enterarme que una matamorense estaba en la lista de una revista como una de las 100 mujeres más poderosas en Mexico. Hablé con ella vía celular y posteriormente me recibió en su casa en Monterrey junto a su hermana Ethelvina. Creo que es importante rescatar su Historia e incluirla en el libro del Bicentenario del nombre de Matamoros. He aquí su relato. 

Podríamos comenzar por sus logros: presidenta del Consejo Mexicano de la Carne, incluida entre las cien mujeres más influyentes del país por Expansión. Pero sería un error. Porque hay vidas que se entienden mejor si se comienzan por el origen invisible: ese instante donde la infancia, sin saberlo, escribe el porvenir.

Carla nació en la clínica López Padrón, en los días fríos de febrero, pero su verdadera cuna fue otra: Control Ramírez. Ahí, en ese territorio donde la tierra no es paisaje sino carácter, comenzó a forjarse una mujer que algún día aprendería a dialogar con el mundo, sin dejar de escuchar el rumor del campo.

El rancho Los Suárez no era sólo un lugar, era una pedagogía. Los rosales del patio, que hoy viven tatuados en su memoria, no eran simples ornamentos: eran, sin saberlo, los primeros alfabetos de su sensibilidad. Y cuando la lluvia caía, esa lluvia que en el campo no moja, sino convoca, Carla, junto a su hermana Ethelvina y su hermano Narciso, corría a ponerse las botas de hule, como quien se prepara para una expedición iniciática.

La escena se repetía como un rito: La camioneta jalada por un tractor, el camino adverso, la curva lejana como promesa, y al frente, Don Narciso y la maestra Lupita, no sólo como padres, sino como arquitectos silenciosos del carácter. Porque ahí, en ese trayecto aparentemente trivial, se incubaba algo más profundo: la certeza de que la adversidad no se padece, se enfrenta con alegría.

En aquella casa donde un padre podía hacer hot cakes sin renunciar a su identidad y una madre podía pintar muros sin pedir permiso a los roles, Carla entendió algo que muchos tardan décadas en comprender: que los límites no están en las tareas, sino en la imaginación de quien las nombra. Cambiar llantas, asistir en la mecánica de los tractores, entrar, como cuchillito de palo, en la lógica del hacer sin excusas. Todo eso no fue anécdota, fue formación. Fue la siembra de una convicción que más tarde florecería en los espacios más exigentes: no existe el “no puedo” cuando el deber llama.

Y con el paso del tiempo Carla Suarez Flores vivió el tránsito del campo al mundo. El paso de Control Ramírez a Matamoros, para ingresar a La Salle, tuvo el peso emocional de toda migración interior: salir del refugio, habitar lo desconocido, aprender a ser en otro entorno. Pero ahí apareció el deporte, el voleibol, como un lenguaje universal que le permitió conquistar su primer territorio fuera del campo. Y junto a ella, como toda historia que merece ser contada, surgió una figura entrañable: Carmina Sauceda, la amiga que no sólo antecede, sino que abre camino. Porque toda gran trayectoria tiene, en su origen, una complicidad afectiva que la sostiene.

Hubo un momento casi simbólico, casi literario, en su vida: su abuela la envía a una casa de ancianos para disuadirla de ser monja y lo logra, pero en ese intento de desaliento ocurre algo extraordinario: la vocación verdadera se manifiesta, no como una imposición, sino como una revelación: trascender en lo cotidiano, en lo vivo, en lo que respira, los animales, el campo, la vida misma.

Carla no eligió el camino fácil, eligió el significativo: Química Bacterióloga Parasitóloga en la UANL, posgrado en Alemania, formación en alta dirección en el IPADE, cada paso no fue una acumulación de títulos, sino una afirmación de carácter: que lo difícil no es obstáculo, es criterio.

Desde su ingreso a Kir Alimentos, hoy Qualtia, hasta su presidencia en COMECARNE desde 2017, su trayectoria no es una excepción, es la consecuencia lógica de una infancia bien sembrada, el misterio de lo evidente. Hoy, Carla Suárez Flores destaca en un ámbito históricamente dominado por hombres. Pero quien conoce su historia sabe que no hay misterio: hay coherencia. Porque lo que hoy vemos, liderazgo, capacidad, temple, no nació en la oficina, nació en el lodo, en la lluvia, en el ruido del tractor, en la curva de un camino que siempre llevaba hacia adelante.

Querido y dilecto lector, Tagore lo escribió como un susurro universal, pero hay vidas que lo convierten en evidencia: servir no es sacrificio, es una forma superior de alegría. Y en Carla Suárez, esa verdad no es discurso, es destino cumplido, porque al final, y aquí la sentencia se vuelve irrevocable, no hay grandeza más auténtica que aquella que, habiendo nacido en la tierra, aprende a florecer en el servicio. 

El tiempo hablará.

 

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