POR CARLOS ACOSTA
JUAN RAMÓN JIMENEZ
Abro los ojos. O sería mejor decir, ¿Cierro los ojos? Para caminar por las páginas de este libro, tal vez resulte mejor cerrarlos. Y ver las imágenes que a letras se dibujan en sus páginas. No se trata de que debas leer, que por fuerza sea necesario que mires las letras. No. Este es un libro que lo puede leer en voz alta cualquier persona, y con los ojos cerrados andar por sus calles, paisajes, sentir alegrías y congojas. Sentir muy cerca las hojas de los árboles y estirar la mano para encontrar el fruto maduro. Un mundo en el que la burda realidad del entorno deje su lugar a horizontes transparentes.
Antes de entrar a las páginas del libro, yo venía con los ojos abiertos. Y pude ver el título, estaba con letras en vintage, decía: Platero y yo. Por eso, desde que decidí caminarlo con párpados clausurados, imaginé la voz de Juan Ramón Jiménez, quien es el autor. Su tono era el de un hombre mayor. Tenía un dejo de sabiduría, como de un anciano, quizás lo mismo que un niño. “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”.
No sería el primer hombre que, sin mirar su entorno, dice o escribe poemas. El primero de la historia, esa leyenda llamada Homero, “hombre que no ve” es nada más y nada menos que el autor de dos clásicos, de clásicos, “La Ilíada” y ‘La Odisea”. El otro memorable es, ya en pleno siglo veinte, Jorge Luis Borges. Luego entonces, yo con los ojos cerrados no soy el primer hombre en hacerlo. Sigo escuchando: “La noche cae brumosa y morada. Vagas claridades malvas y verdes perduran tras la torre de la iglesia. El camino sube, lleno de sombras, campanillas, de fragancia de hierba, de canciones, de cansancio y de anhelo”.
Lo veo todo claramente. La voz sigue: “Nos metimos las manos en los bolsillos, sin querer, y la frente sintió el fino aleteo de la sombra fresca, igual que cuando se entra en un pinar espeso. Las gallinas se fueron recogiendo en su escalera amparada, una a una. (…) Platero parecía, allá en el corral, un burro menos verdadero, diferente, recortado; otro burro…”
No necesito abrir los ojos para verlo todo con nitidez precisa. Es la maravilla de una voz que viene de las letras que no veo. Prosigue: “Un momento, Platero, vengo a estar con tu muerte. No he vivido. Nada ha pasado. Estás vivo y yo contigo… Vengo solo. Ya los niños y niñas son hombres y mujeres. (…). Tú, Platero, estás solo en el pasado. Pero ¿qué más te da el pasado a ti que vives en lo eterno? que, como yo, aquí tienes grana como el corazón de Dios perenne, el sol de cada aurora?”
Quién, después de escuchar tal narrativa, querría abrir los ojos. Yo, no.
MIGUEL HERNÁNDEZ
La escena ante mis ojos es paradójica. No sé cómo llegué hasta aquí. Comprendo que esto se puede dar, sólo en un viaje como en el que he tenido la fortuna de embarcarme. Al mismo tiempo se cruzan imágenes opuestas. Hay un hombre relativamente joven, bajo de estatura, pelo escaso, piel trigueña. A veces lo veo en medio del fragor de una guerra civil. En otras estampas lo encuentro de pie, inmóvil, frente a la tumba de un gran amigo suyo. Corre el año treinta y seis del siglo veinte. Aquel hombre es Miguel Hernández. El libro que camino es de su autoría: “El rayo que no cesa”. Vive la guerra española y a la vez, padece la muerte de su amigo, Ramón Sijé, a quien tanto quería. A él es a quien escribiera aquellas letras inmortales que dicen: “Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas / compañero del alma, tan temprano. / Alimentando lluvias caracolas / y órganos mi dolor sin instrumento /a las desalentadas amapolas / daré tu corazón por alimento. / Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento. / Un manotazo duro, un golpe helado / un hachazo invisible y homicida / un empujón brutal te ha derribado”.
Aristóteles decía que la verdad es la única realidad. Hegel mantenía que todo lo racional es real y todo lo real es racional. Pero más allá de estas filosofías, los sueños del país son otros: Libertades para todos, esperanzas utópicas masacradas por la dictadura. En esos sueños hay otro, es el de este hombre al pie de la tumba de su querido amigo. “No hay extensión más grande que mi herida / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida. / Ando sobre rastrojos de difuntos, / y sin calor de nadie y sin consuelo / voy de mi corazón a mis asuntos. / Temprano levantó la muerte el vuelo / temprano madrugó la madrugada / temprano estás rodando por el suelo. / No perdono a la muerte enamorada / no perdono a la vida desatenta / no perdono a la tierra ni a la nada”.
El niño que fuera pastor ha crecido, es hombre y se ha convertido en poeta. Un bardo comprometido con la realidad social que le circunda y con la visión personal de la amistad. “En mis manos levanto una tormenta / de piedras, rayos y hachas estridentes / sedienta de catástrofes y hambrienta. / Quiero escarbar la tierra con los dientes / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes. Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte”. Es mi intención acercarme al poeta de Orihuela, su pueblo. Extender la mano, no sólo para saludarlo sino para escarbar, con él, la tierra en busca de su amigo y para tomar el arma de guerra en contra de la dictadura.
Él me mira con sus ojos saltones. Creo descubrir en su mirada destellos de gracia y compasión. Si supiera que justo esas emociones me atraviesan el pecho. ¿Desde aquellos años, sucede que los hombres somos espejos? “Volverás a mi huerto y a mi higuera: / por los altos andamios de las flores / pajareará tu alma colmenera / de angelicales ceras y labores. / Volverás al arrullo de las rejas / de los enamorados labradores. / Alegrarás la sombra de mis cejas / y tu sangre se irá a cada lado / disputando tu novia y las abejas”.
Llego al final del texto. Él sigue luchando en la guerra civil, releyendo en voz alta la elegía que escribió para su amigo. Yo estoy devastado, triste. “Tu corazón, ya terciopelo ajado / llama a un campo de almendras espumosas mi avariciosa voz de enamorado. / A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas / compañero del alma, compañero.” Poco tiempo después sabré que el poeta, morirá en la cárcel de Alicante. Preso, por sus ideas libertarias. Acallado por la dictadura. Solo, sin sus amigos más queridos. Miguel, el nombre de mi hermano mayor, el de mis mejores amigos, el del espíritu que ronda y pervive en estas letras.
