CRÓNICA INFINITA

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Nota del autor:

La Crónica Infinita es hija de la Polifónica (Poniatowska); hermana de la Sociológica (Villoro); madre de la Amorosa (Sabines); prima del Eterno Retorno (Nietzsche); amiga de la Pendular (Schopenhauer); vecina de la Empresa Imposible (Monsiváis); enemiga íntima de la Disincronía (Byung-Chul Han); solidaria de la Cronología Inacabada de los Pueblos (Galeano); comadre del Momento Irrepetible (Szymborska); alumna de la Dimensión Intemporal (Saramago); pariente cercana de El hombre de nuestro tiempo (Serrat); camarada de la Crónica Latinoamericana (Silvio); gemela idéntica del Detente Instante, Eres tan Bello (Goethe). Todo eso y mucho más. Y ya que no se encontró, en la literatura consultada, un título registrado que la mencione, queda aquí con este texto, en esas dos palabras que tanto dicen, tanto gritan, oscurecen e iluminan en el universo interno que me habita. Pero no seamos ingenuos: Nunca y Siempre son vigentes sólo mientras uno vive. 

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​Un día sábado, en una de las reuniones del Grupo Literario Independiente «Té de Leer», de noviembre de dos mil veinticinco, Alejandra Ayala dijo: «A ver si el año que entra hacemos lo de su celebración». «¿Perdón?», contesté, como suelen hacerlo aquellos que se han ganado la buena fama de distraídos. «Ay, ¿no se acuerda?, lo del homenaje». Yo seguí callado. Ella lo intuyó: «Sé que no le gusta esa palabra, pero de todas maneras se lo vamos a hacer». Atiné a decir: «Bueno, está bien, como ustedes digan». Y por ese día no se volvió a tocar el tema. Desarrollamos nuestra sesión de la manera habitual: una hora dedicada a lo que nos ha dado por llamar Academia; otra hora para la lectura y crítica de nuestros textos; y una más para ejercitarnos con viñetas, relatos o notas acerca de lo que leímos ese día. Parecía una sesión como tantas de las que hemos tenido en los recientes doce años (que es lo que llevamos reuniéndonos). Y no. Sin imaginarlo, el grupo —y desde luego, me incluyo—, con aquella idea, Alejandra había sembrado una semilla de la que no pudimos prever el árbol, los árboles, que meses después nos iba a regalar.

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​Casi todo el mes de diciembre de ese año y enero del siguiente los pasé fuera de la ciudad. Nos fuimos a Campeche capital, a una parte de la casona de los padres de mi mujer. La acondicionamos para vivir. Íbamos por dos semanas y nos quedamos dos meses. Ella, feliz. Su familia, las amigas, los amigos universitarios. Yo me enrolé en un Encuentro de Escritores Campechanos que se organizaba como parte del FICH (Festival Internacional del Centro Histórico). Hice amistad con dos o tres poetas. Me reuní con amigos y amigas que en el año dos mil doce —el tiempo del terror— nos acogieron como solo puede hacerlo la gente que te quiere bien. Tanto así que, hasta hoy, seguimos conservando intacto ese lazo que en el terreno de los afectos naciera desde entonces. A principios de febrero volvimos a El Mante.

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​En la primera sesión de «Té de Leer» del año se retomó la idea. Dijeron: «Sabemos que antes ya le han hecho homenajes». «Sí», asentí. «Pero queremos que el nuestro sea El Homenaje, con iniciales mayúsculas», subrayaron. Otra vez, nada dije. Parece que algo he aprendido: cuando no sé qué decir, prefiero quedarme callado. Fue así como se empezó a planear, con lluvia de ideas, algo en lo que apenas dábamos los primeros pasos. Al principio, dado lo ambicioso del proyecto, sugerimos hacerlo en dos días: un viernes y un sábado, ambos por la tarde. Se pensó en las personas e instituciones a quienes se podría invitar. Aparecieron los primeros nombres del Team Organización: Lety Guerrero, presidenta de la Asociación “Nuevos Horizontes”, de Jubilados y Pensionados del IMSS; Alejandra Ayala, de «Té de Leer», y Esperanza Sosa, mi mujer.

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​En la reunión siguiente empezamos por el título. Alguien recordó que en mi libro “Sesenta vueltas al Sol”, hay un fragmento titulado «A COSTA DEL CORAZÓN». Sugirió usarlo y estuve de acuerdo. También en esa reunión, Esperanza, de manera directa, propuso descartar «eso de hacerlo en dos días». «Si de por sí los nuestros son eventos de minorías, imagínense hacerlo en fechas separadas; el primero quizás tengamos asistencia, pero ¿y el segundo?». La respuesta fue un silencio afirmativo. Así que nos quedamos con uno solo. La fecha tendría que ser durante el mes de mayo, debido a que en esos días se presenta el Festival Internacional de la Palabra, en el cual buscaríamos incluir nuestro proyecto. Ale Ayala había sido la responsable de ese evento en nuestra ciudad en los recientes cinco años: ese era el contacto. Nos decidimos por el sábado treinta de mayo.

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​Algo principal fue seleccionar el lugar. Se pensó en varias opciones y se decidió por el Teatro del IMSS, desde luego, de nuestra ciudad. Aquí fue en donde entró el apoyo —a todo, por cierto— de Lety Guerrero. Ella, como presidenta de la Asociación de Jubilados y Pensionados del IMSS, se hizo cargo de conseguir el teatro, tanto para el día de la celebración como para el ensayo general un día antes. Una de las ideas era que se pudieran hacer colaboraciones de otras disciplinas artísticas en torno a textos de mis publicaciones. Se decidió invitar a creativos de artes plásticas, artesanos regionales, músicos, lectores de poesía y narrativa, y gente vinculada con las artes escénicas. Por esos días, rescaté un texto que hacía dos años había escrito. Era mi primera incursión en la dramaturgia: un monólogo cuyo título es N. A. (Que no llegue la madrugada), y que se lo debo a Esperanza. Alejandra llamó por teléfono a algunos amigos comunes dedicados a las artes plásticas. Ángel María nos recomendó con Eduardo Acosta, un joven director de artes escénicas.

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​La lista quedó así. Para la Exposición Colectiva, que sería en el lobby del teatro, los participantes fueron: Gustavo Sánchez Tudón, Hiram Céspedes Cabriales, Alejandro Rosales Lugo, José Miguel de Orihuela, Daniel Ekza Illescas, Norailiana Esparza Mandujano, Héctor Cortez Coronado, Rosalba Rosario Martínez Martínez, Jesús Antonio Blanco, Julieta Acosta Ochoa (¡mi nieta!), Alma González, Silvia Maldonado González, Maricela García Ríos, Jacobo Castillo Cervantes. Alumnos de secundaria: Lucía Alejandra Hernández, Adilene Gpe. Hernández, Regina Yaretzi Noyola, Mario Alberto Izquierdo; y delCBTis 15: Angelik Carolina Menchaca. Estudiantes convocados por Judith Amaro, Regidora de Cultura. Como puede observarse, tuvimos la fortuna de hacer coincidir en esta muestra a grandes talentos mantenses y victorenses con prestigio internacional, con pintores que se han ganado un lugar en nuestro estado, artistas noveles e incluso estudiantes de la secundaria y número siete y CBTis 15, de esta ciudad.

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​Las instituciones convocadas tuvieron a bien aceptar la invitación de «Té de Leer»: Teatro del IMSS, Centro de Seguridad Social, Grupo de jubilados y pensionados del IMSS Ciudad Mante «Nuevos Horizontes», Programa Nacional de Salas de Lectura, Salas Inclusivas «Alas de Fénix», el Fondo de Cultura Económica, el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, Festival Internacional de la Palabra, Municipio de El Mante y Galería de Arte «Ramón Cano Manilla».

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​Hablé por teléfono a mis amigos de años: José Ángel Martínez (guitarra y voces) y Jesús Bustos «El Chavo» (requinto, ukelele y voces). También invité a Ricardo Adrián, mi hijo (bajo eléctrico y voces). Les propuse el proyecto y enseguida aceptaron. Empezamos a ensayar esa misma semana. Serían solo dos canciones. Escogí «El hombre de los abrazos» y «Tampemol», ambas, escritas hace poco más de diez años. Al mismo tiempo se habló con Tavo Fantini y Pepe Mc Chumina, amigos raperos, quienes harían su versión de «El rap de la espera», que escribí cuando ese género musical estuvo de moda por allá por el noventa y cinco… del siglo pasado (!).

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​Lectores y lectoras fueron los propios integrantes de «Té de Leer». Me sigue conmoviendo de manera especial escuchar mis versos en las voces de amigos y amigas, con una dicción y cadencia cada cual, a su manera, pero donde prevalece el latido del corazón en la garganta. Para la presentación de mi libro más reciente, “El niño y el médico”: Teresita Silva, Silvia Maldonado, Eduardo Ramírez, Yollotl Novoa y yo. Para la lectura panorámica de mis textos poéticos: Dalia Castro, Arturo Guerrero, Loida Eunice Fernández González, Miguel Ángel Villalobos Gómez y yo. Algunas personas ajenas a la organización, cuyos nombres obviaré, se me acercaron para decirme: «¿Por qué lo van a hacer en el teatro del IMSS? Es un lugar muy grande. Aquí en Mante la gente no va a programas culturales. Se va a ver casi vacío». No puedo negar que me afectó escucharlo. «Lo sé, los eventos culturales son de minorías —dije—, pero habrías de ver cómo están trabajando Ale, Esperanza, Lety, Nadia y todas las personas incluidas. Han invitado a muchas escuelas locales. Ya fueron a la presidencia de Antiguo Morelos, a las escuelas de allá. Yo mismo hoy envié casi ochenta mensajes de WhatsApp». «No, pues yo creo que ni así», afirmó. «Ok», me encogí de hombros.

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​Mientras esto sucedía, por su cuenta y sin hacer ruido, Esperanza trabajaba en lo suyo. Propuso que al final de la presentación, durante la firma de libros, se ofreciera un vino de honor. Todos estuvimos de acuerdo. Ella se dedicó a conseguir los vinos (por favor tinto, si no es mucho pedir), los bocadillos, las mesas, las sillas y los manteles; la fotografía que estuvo a la entrada, las cortinas… Habló con el personal y la organización para el post evento. «Piensa en alguien para que diga unas palabras en el brindis, no lo olvides», me dijo. A la vez, apuntaba todo en su libreta. Estaba al tanto del día en que debíamos empezar a colgar las invitaciones en Facebook y WhatsApp, los días que debían volverse a publicar, así como las entregas en físico de las personales. También fue la responsable de mi vestimenta. Hablaba con cierta frecuencia con Nadia Ochoa, nuestra nuera, quien se encargó del diseño de las invitaciones, tanto de las virtuales como de las que quisimos imprimir como muestra, todavía viva, de la generación a la que pertenecemos.

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​Desde el inicio del proyecto empezamos a ensayar el monólogo. Le mostré el texto a Eduardo y de entrada le gustó. Sin pensarlo demasiado, nos encontramos intentando un «monólogo a dos voces». A primera lectura parece una contradicción (o es monólogo de una voz, o es a dos voces, algo así como un diálogo). Eduardo Acosta y nuestra investigación en Google nos informaron que es un tipo de teatro con mucho tiempo de historia, que es posible hacer y que, en países como Italia, actualmente, tiene mucha aceptación. Luego le mostré los no pocos fragmentos musicales que acompañarían a la obra; también los aceptó de muy buena gana. El ensayo teatral fue una o dos veces por semana, de once a una y media, en el salón de música del Centro de Seguridad Social. Los participantes seríamos Carlos Morales, un amigo muy joven integrante de «Té de Leer», y yo. Nuestro director de escena decidió que lo haríamos en modo de «lectura dramatizada». Así estuvimos durante cuatro meses. Eduardo fue serio en su trabajo de director. Nos enseñó a caminar, a tener presencia escénica, a proyectar la voz. Repetimos una y mil veces los «trazos» que él nos indicaba. Nos exigía sin presión. Su celebración de algún pasaje de la actuación era muy mesurada: «Fluyó bien», decía. También tuvo el acierto de programar dos actuaciones previas al estreno. Fuimos al CBTIS Núm. 15. «Para que sientan al público», dijo Eduardo.

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​El viernes veintinueve, un día antes de la presentación, tuvimos el ensayo general. Pero antes de ir al ensayo sucedió un milagro (bueno, es que así le llamo a los detalles entrañables que me suceden): Ileana y Alejandro, una pareja amiga originaria, como yo, de Tampemol, nos trajeron a casa dos cajas repletas de pemoles. Una bendición. Ellos saben que soy el fan número uno de ese célebre panecillo. Los trajeron muy bien presentados, en cajitas de cinco pemoles y con una leyenda que hacía alusión a mi trabajo literario por tantos años. Recibimos a la pareja en casa. Para mí significó una maravilla. Estábamos felices. Nos abrazamos, reímos y, sobre todo, Esperanza y yo nos mostramos muy agradecidos. Ella y él son de esas parejas con las que conversas una hora y su charla y presencia te resultan terapéuticas. No exagero con esta afirmación. Ellos lo saben, se los he dicho de frente y mirándolos a los ojos varias veces. Y ahora aquí lo escribo, por si algún día el olvido me quisiera hacer una trastada de las suyas.

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​De este modo, esa tarde llegamos al ensayo con el ánimo por los cielos. Todos teníamos por escrito lo que nos correspondía hacer y decir. Marina Castillo era la maestra de ceremonias, la encargada de darle fluidez al evento. No obstante, fue una tarde de aprendizaje absoluto desde el inicio. El sonido, que habíamos conseguido por nuestra cuenta, llegó incompleto. La persona contratada me habló para avisar que él no estaría, que iba un asistente. Desde ahí empezaron los corajes. Llegamos al ensayo casi todos; algunos amigos avisaron que llegarían un poco tarde. A la hora que empezamos, yo hablaba dando indicaciones, Alejandra hablaba, alguien más daba su opinión… El encargado del sonido no sabía ni por dónde cantaba el gallo. No obstante, el buen ambiente prevalecía. Yo fui el que en un momento me desquicié. Empecé a pensar en voz alta: «¡Así no va a salir lo planeado, esto es un caos, no le encuentro pies ni cabeza!», dije según yo a solas. Olvidé que llevaba un micrófono de diadema y todo lo que decía se escuchaba en el teatro. Cuando me lo hicieron saber, me dio mucha vergüenza. Me senté tras bambalinas. Solo. En silencio. Estuve mirando un buen rato hacia lo oscuro (tras bambalinas todo es oscuro). Fue ahí cuando una buena idea me pasó por la cabeza: No hables más, me dije. Así fue como entré en un silencio casi absoluto. Se ensayaron las lecturas del libro a presentar, los poemas. Ensayamos las canciones. Ricardo, viniendo de Victoria, había llegado. No quedé satisfecho: no habían llevado los monitores y no oíamos bien lo que cantábamos. Después, a sugerencia de Eduardo, se agregó un acto circense con dos talentosos jóvenes: Ángel María y Gael, del Colectivo “Luna Azul”. Y al final, presentamos el monólogo a dos voces. Al término del ensayo estábamos exhaustos. Les pedí a los compañeros su opinión: «¿Cómo lo vieron?». La mayoría opinó que el programa era muy largo. Yo estuve de acuerdo, aunque con algo de molestia. Una voz sabia dijo: «Bueno, es que usted nos pidió nuestra opinión». Y eso, me volvió a poner los pies en la tierra.

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​El sábado treinta de mayo a las cuatro de la tarde ya estábamos en el lobby del teatro a la espera del inicio. La cita para nosotros era a las cinco; para estar en el inicio del programa, a las cinco y media. Ahí estaban las pinturas y obras artesanales de mis amigos, una mesa para los libros, otra para el vino, los pemoles que nos habían regalado Ileana y Alejandro. El programa había quedado así: a) Corte de listón; b) Muestra Colectiva: Lienzos de costa a costa; c) Lectura del libro “El niño y el médico”; d) Música: ¡Ah, costalito de versos!; e) Lectura: Poemas a toda costa; f) Danza Circense; g) Monólogo a dos voces: N. A. Que no llegue la madrugada; h) Vino de Honor; i) Firma y venta de libros. También ese día me guardaba otras sorpresas: ¡vinieron desde Querétaro nuestros compadres Emma y Leyte! Súper sorpresa, porque habían venido de visita a casa hacía apenas tres semanas. Pero hubo algo más: por el estrés natural, perdí mi carpeta donde traía impresos mi discurso de entrada, los textos para leer y el monólogo completo. «¿Dónde lo dejaste?», me preguntaban. ¡No sé! Subí y bajé del teatro al lobby como cinco veces y nada encontré. Ya cuando estaba muy asustado, Ricardo, mi hijo, por fin dio con la carpeta. Cuando tuve en mis manos mis apuntes, me volvió el alma al cuerpo. Pero al mismo tiempo me di cuenta de que mi camiseta interior estaba totalmente mojada (no húmeda, sino mojada) en sudor. «Así no voy a poder salir al escenario», confesé a mi compadre Leyte. Él reaccionó de inmediato: «Qué talla de camiseta eres, compa». Yo de inmediato lo intuí. Él también es alto y delgado. Nos conocemos muy bien. Y sin esperar respuesta me dijo: «Te presto la mía». Se dirigió al baño y volvió con su camiseta en las manos. Yo enseguida me cambié. Le entregué la sudada; la llevó a su automóvil. Así que mi actuación aquella memorable noche en el teatro fue con camiseta nueva (prestada). Recordé a Lennon / McCartney: “With a little help from my Friends”. De regreso al escenario, me encontré con gente de Tampemol, Antiguo Morelos. Me dio mucho gusto saludar al profe Lalo Castillo y Eva Cervantes, su señora esposa; a Gil Raga, Laura mi prima, Abel, mi tío Enrique.

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​A las 5:31 p. m. cortamos el listón que declaraba inaugurada nuestra celebración. Se presentaron las autoridades municipales, personajes ilustres de la ciudad, funcionarios del ITCA y demás instituciones que nos acompañaron. Ale Ayala dio las palabras de bienvenida. Nadie con más derecho que ella para hacerlo. Lo hizo de manera sobria pero muy emotiva. Luego yo agradecí a todos la asistencia e hice hincapié en que esta celebración nacía de un grupo literario independiente, que provenía de la comunidad y hacia ella, con mis letras y mi voz, volvía. Quedé embobado. En ese momento me di cuenta de que el teatro estaba casi lleno. ¡No puedo creerlo!, pensé. Y enseguida desarrollamos el programa. La lectura inicial la percibí hermosa. Teresita y Silvia leyeron con el corazón en la garganta; Eduardo, con la claridad casi didáctica de un audiolibro; Yollotl, con una dedicatoria personal. Y al final yo, que había pasado de la alegría al asombro y de este al casi llanto. El aplauso fue intenso.

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​Vino luego la interpretación del «Rap de la espera», con Tavo Fantini y Pepe Mc Chumina. Lo escuché desde tras bambalinas. Me pareció un acierto haber puesto, antes de que empezaran ellos, parte de mi interpretación con la guitarra acústica. Ellos lo hicieron en su modo de rapear, le dieron un giro particular. La gente los acompañó con las palmas. Enseguida entramos nosotros: Ángel, «El Chavo», Ric y yo. Empecé diciendo una décima y luego seguimos con la canción «El hombre de los abrazos». Al terminar, el aplauso fue estruendoso (debo ofrecer disculpas, pero así lo percibí). Después dije otra décima, esta, dedicada a mis amigos, aquí la dejaré: Y luego la bendición / de cantar acompañado / por músicos que han dejado en el mío su corazón. / Aquí están, ellos son / acreedores de mi ¡bravo! / Tengo el orgullo del pavo / por lo que han sido y serán: / mi hijo Ricardo Adrián, / Ángel Martínez y «El Chavo». Atronaron los aplausos. Empezamos a cantar el huapango «Tampemol». Cada uno cantó sus versos, luego, el coro lo hicimos voces. «El Chavo» se lució con el ukelele y al final la gente nos ovacionó.

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​«¡Ya está lleno el teatro!», dijo Kar, mi hija, que había venido desde México para acompañarme. «Seré tu asistente tras bambalinas para que mamá pueda disfrutarlo todo», había dicho. «No lo puedo creer», dije asombrado, sudado, taquicárdico. Kar me ofreció un suero oral que bebí con prisa. «Sigue la lectura de poemas», indicó. Y ahí fue en donde perdí toda compostura. Desde que Dalia empezó a leer «Yo no podría vivir sin alguien que me quisiera», los tragos de saliva se me dificultaron. Cuando enseguida Arturo leyó «Mi madre tiene ochenta y dos años y mucha tristeza, Pemol», fue que sentí dos brasas quemantes resbalando por las mejillas. En los momentos en que Loida, desde su butaca en el público, leyó y se refirió a su enfermedad, cáncer de mama, y mi compañía entonces para con ella, ya no pude más. La lluvia en mi cara era salada. Enseguida leyó Miguel Ángel, que vino de Tampico, que está seriamente enfermo y que dijo: «Solo vine a decir que aquí estoy». Al final leí un texto dedicado a nuestra ciudad, El Mante. Luego se abrió una puerta para el público: micrófono abierto. La maestra Mirna Maldonado levantó la mano; leyó el poema de La Profe Eva, fue único. También se animó Esperanza. Leeré en que escribiste para Ricardo, pero que él no esté cerca de mí, porque así no podré leerlo, me ganarán las emociones. Al final su lectura fue muy emotiva. Creo que todos así lo percibimos. Al término de las lecturas e incluso días después, me fui enterando porque me lo dijeron, que no solo yo me puse a llorar con los poemas; fuimos muchos, según me platicó un amigo a quien, por cierto, me hizo muy bien creerle.

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​Siguió la danza circense, número en el que Ángel María y Gael Sánchez se lucieron. También los vi desde tras bambalinas. Me emocionaron ambos. Escogieron música de Silvio y Filio; qué más pedir. Luego vino el monólogo. Yo nunca había pisado un teatro como actor. Para mi sorpresa, no sentí miedo ni ansiedad. Mi hija me ofreció la vestimenta de mi personaje. Ingerí el tercer o cuarto suero. Salimos a actuar Carlos Morales y yo. Eduardo nos veía desde su posición cerca del sonido. Se desarrolló la «lectura dramatizada», aunque gran parte de la misma la sabíamos de memoria. En ningún momento nos desconcentramos. Al contrario, hubo instantes —muchos, por fortuna— en que sentía (sentíamos, me atrevo a decir) la piel erizada por completo. Entonces hacíamos —estaba ensayado— un lapso de silencio largo y el público aplaudía creyendo que habíamos terminado. Eso sucedió cuatro o cinco veces, y a nosotros nos motivó a enormidades. La música que iba entre escena y escena era regulada con su teléfono celular, en coordinación con el equipo de sonido, por nuestro director, Eduardo Acosta. La obra fue in crescendo de manera sostenida. Carlos y yo nos emocionamos, actuamos a todo. No nos guardamos nada. Así, hasta que después de cuarenta y cinco minutos, terminó. La música sonaba estruendosa, bella, inundando el teatro. Nuestra escena final era que ambos actores quedábamos frente al público. Y cuando terminamos, se escuchó el atronador aplauso del teatro. El sonido de las palmas de las manos era bella música en nuestros tímpanos. Nosotros hicimos la reverencia de gracias varias veces. No dejaban de aplaudir. De pronto se encendieron las luces del teatro (el personal de iluminación es experto) y para nuestra sorpresa vimos lo que no veíamos por la oscuridad: primero, el teatro lleno; después, todo el público de pie, aplaudiendo sin parar y gritando ¡bravos!, ¡bravos! por varias partes del recinto. Nosotros no sabíamos si reír o llorar, que para fines de aquellos instantes era lo mismo. «No estamos soñando, ¿verdad?», preguntó Carlos. «Creo que no», respondí.

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​Después de la ovación con el público de pie, subieron Adrián, Julieta y Santi, mis nietos, para entregarme un ramo de flores. Yo estaba al tope de la emoción. Pedí el micrófono y busqué en el bolsillo del saco. Encontré una hoja con una lista especial. Había anotado los nombres de los participantes de aquella gloriosa noche. Habíamos sido veintiocho. «Como si fuéramos una Compañía de Teatro», dijo Eduardo. Los nombré uno por uno. Les pedí que se pusieran de pie. El público aplaudió a más no poder. Enseguida, Marina anunció la firma de libros. Tras bambalinas me retiraron el micrófono de diadema y el bodypack. Otra vez mi camisa estaba empapada en sudor. Kar, me dio otro suero. Bajé al lobby lo más rápido que pude. En el trayecto me topé con mucha gente; me detenían para saludarme, felicitarme. Me topé con Zuheiry: «Mire aquí están mis hijos». Se acercaron los niños, me abrazaron, los abracé. Me obsequiaron una canastita con pemoles y gorditas de pan dulce. Llegué a la mesa de firmar. ¡Aquello era la locura total! 

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Había muchísima gente. Mucha. Muchos querían adquirir un libro. «Firme aquí», «firme el mío». Yo estaba totalmente sudado; no sabía a quién atender, muy desesperado, pero a un millón de contento. «¡Mi mujer!, ¿dónde está mi mujer? —gritaba yo— ¡para que ella cobre!». Por fin apareció Esperanza. Firmé y firmé libros. Saludé a cualquier cantidad de amigos, conocidos, desconocidos. Me tomé otras tantas fotografías sabrá Dios con cuántos entrañables. En un momento de calma, llamé a Gustavo Sánchez Tudon para que hiciera el brindis. Pronunció unas palabras alusivas y, para mí, muy significativas. Levantamos las copas de vino tinto: ¡Salud! Luego, seguí firmando libros. Muy lento —muy feliz— siguió pasando el tiempo. Casi dos horas después ya casi se habían ido todos. Solo quedábamos mi familia, Alejandra Ayala, Eduardo Acosta, mis compadres Emma y Leyte y yo. Se acercó uno de los empleados encargados del sonido: «¿Que si van a estar aquí otro rato?», preguntó. «Ya casi nos vamos —contestó Esperanza—, ¿por?». «Es que llama la presidenta para avisar que viene para acá». «Sí, claro, puede venir, la esperamos». Quince minutos después llegó la alcaldesa Paty Chío de la Garza. Entró al lobby sola. Venía sonriente. Se dirigió a mí: «Buenas noches, felicidades, he andado muy ocupada, pero aquí estoy». Algo así y algo más, dijo al momento en que me daba un abrazo. Yo agradecí con pocas palabras. Luego saludó a los demás. «Estuve en el teatro a media presentación, me ofrecieron que hablara, pero decliné la invitación. Rompería el encanto, confesó». Entonces, en voz alta y muy seguro, intervine: «¡No sabes cómo te lo agradezco, alcaldesa!». Y todos aplaudimos. Luego ella siguió conversando un buen rato con Nadia, mi nuera. Después se retiró, no sin antes volverme a felicitar. «Gracias», dije, porque esa noche era la única palabra que mis labios podían pronunciar. Me abracé con todos. Recogimos nuestras pertenencias. Subimos al auto. Volvimos a casa. 

 

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