Dónde estabas

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(ENCABEZADO EN RECUADRO, CON LETRAS ARIAL 14. ABAJO DEL LOGO):

 

Este número del Colectivo3, está dedicado, con todo cariño, admiración y respeto, a Miguel Ángel Villalobos Gómez, amigo y Editor. 

 

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DÓNDE ESTABAS

 

Marisol Vera Guerra

 

¿Dónde estabas cuando te alcanzó la tormenta? 

Yo cerca de la puerta, con mis hij@s, a punto de pedir un Uber, preocupada de que el tiempo fuera a rendir para lo que teníamos que hacer. 

De pronto se ensombreció el cielo y empezamos con nuestros típicos chistes sobre el fin del mundo. 

La lluvia cortó el aire con violencia, la luz se fue, y en menos de cinco minutos ya no había posibilidad de salir.

Más allá de la corredera de poner cubetas para atajar goteras, bloquear el quicio de la puerta y achicar el balcón como si fuera un barco, lo que realmente me conecta con la angustia, cada vez que llueve, es la memoria. Vuelvo a vivir las veces en las que Latika y Morgana eran bebés y ante la tormenta tenían el impulso de aventarse al agua a jugar que eran “sirenas”, mientras yo desesperada intentaba ponerl@s a salvó, porque el agua se metía como una bestia que no respetaba cables, ni libros, ni niños. Pero tampoco quería causarles un trauma. 

La consecuencia de ser psicóloga es que no vivo el simple presente con sus calamidades y ya, sino que estoy pensando en el impacto que cada cosa tendrá en su desarrollo, en su cuerpo emocional, en los recuerdos que fabricarán. Así que buscaba el equilibrio entre las acciones y las palabras, que fueran efectivas pero no abrumadoras.

Tal vez no lo hice tan mal, están viv@s y recuerdan aquellas épocas sin trauma. Pero el trauma se quedó en mí.

Cuando yo era niña me gustaba la lluvia porque olía a tierra y a yerbas; aquí, cuando llueve, las calles huelen a alcantarilla. La lluvia de mi infancia era para poner barquitos de papel y aquí para poner cubetas. ¿Son los costos del progreso?, ¿de la ambición humana?, ¿de la corrupción?

La lluvia es vida, me digo, sintiéndome culpable por desear que pare, llena los ríos, reverdece los árboles, pero quiero que pare. 

De pronto se fue la luz igual que el día anterior, cuando teníamos una temperatura de más de cuarenta grados. La atmósfera era tan densa que se sentía que quemaba por dentro, y sin electricidad. Al menos ahora no estaba tan intenso el calor.

Al menos tengo datos en mi celular, pensé. A través de los estados de FB de algunos amigos y conocidos, vi que las calles del centro estaban colapsando, que gran parte de la zona metropolitana estaba sin electricidad. De pronto ya no podía actualizar los estados.

Nuestros celulares habían dejado de funcionar. No se podían hacer llamadas.

Los apagones y la tormenta en el pueblo, cuando era niña, me conectaban con lo primordial, los espíritus del monte, los fantasmas… Ahora, una ciudad tan grande, con municipios tan urbanizados alrededor, en el caos total, semáforos sin funcionar, sin luz… me causa un tipo de miedo extraño, apocalíptico. 

Cuando dejó de llover, pero aún sin luz, mis hijos y yo nos sentamos en el quicio de la puerta trasera. Estuvimos observando a una paloma que, mojada, caminaba por el filo de la reja. Pobrecita, dijimos, ojalá pudiéramos invitarla a pasar, pero con nuestro michi aquí no es buena idea. Aunque es un gato consentido, sus instintos de cazador no se han apagado. 

Varias veces el ave voló y regresó, parecía mirarnos un tanto socarrona. Alzaba el pecho, se sacudía. Antes de tener gato yo solía alimentar a los pájaros en mi terraza, ¿lo sabrá ella? 

¿Te acuerdas que aquí nos sentábamos cuando eran chiquitos y no teníamos luz?, le pregunté a Morgana. Sí, me respondió sonriendo, nos contábamos cuentos de terror. Latika llegó con sus plumones y una libreta. Luego llegó Haku. 

Sentí que la tensión de mi cuerpo se disolvía. 

En unos minutos estábamos con libretas de dibujo en el regazo… Bueno, todos menos yo, que no tenía energías. Lo único que intenté dibujar, sin las gafas, fue al demonio de los pollos. Luego me apagué.

Cuando abrí de nuevo los ojos, ya era de madrugada. Había vuelto la electricidad, pero el internet iba y venía como una gotera. 

No tuve energías más que para moverme de la puerta al futón. Después de un rato quise levantarme a hacer de cenar, eso hacen las madres, ¿no?, pero mi cuerpo no respondió. 

Me fui quedando dormida mientras Morgana y Latika me decían que había llegado el tlacuache. Me alegré de que estuviera vivo. No sabemos de dónde sale, dónde tiene su madriguera, pero a veces llega por las madrugadas, nos ve con familiaridad y desaparece en las sombras. Si el tlacuache le dio el fuego a la humanidad, seguro es que estaremos bien. 

 

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