Consuelo González del Castillo Escritora
Hoy se cumplen tres días de estar disfrutando de una enternecedora dinámica entre dos urracas.
Empecé a darme cuenta de que una de las dos aves era más grande, tenía las plumas esponjadas y emitía un chillido muy especial, mucho más estrepitoso, si así se le puede llamar.
La otra era esbelta y más pequeña. Poco a poco observé que esta última iba y regresaba constantemente.
A la hora del almuerzo, el alboroto que se llevaba a cabo en el patio trasero quedaba justo frente a nosotros, de manera que podíamos observar perfectamente lo que sucedía.
Desde un principio pensamos que el ave más grande no podía volar, porque permanecía todo el tiempo esperando a su compañera. Después vimos, con sorpresa, que su chillido se intensificaba en el momento en que veía llegar a la otra con alimento. Y así hemos contemplado, durante tres días, cómo la escena se repite una y otra vez.
Nosotros nos quedamos con la idea de que el pájaro más grande no podía volar lo suficiente para conseguir su propia comida. Incluso llegué a pensar que se trataba de una pareja y que la “esposa” llevaba comida a su “amado” enfermo.
Sin embargo, al investigar, alguien me comentó que la naturaleza sigue sorprendiéndonos con este tipo de escenas y que este comportamiento proviene, precisamente, del cuidado entre generaciones.
Entonces, todo parecía indicar que la urraca joven alimentaba a la de mayor edad.
La verdad, me considero una privilegiada por haber tenido la oportunidad de observar algo que siempre pensé que era exclusivo de los seres humanos.
Son momentos poco comunes y profundamente conmovedores, capaces de hacernos reflexionar sobre lo que cada uno de nosotros está haciendo para fortalecer la cooperación familiar y procurar que los adultos mayores vivan esta etapa con dignidad, tranquilidad y cariño.
Afortunadamente, la mayoría de las personas conserva una sensibilidad especial hacia quienes han llegado al otoño de la vida, sobre todo cuando la fragilidad los vuelve más dependientes. Sin embargo, contemplar a estas dos urracas me hizo comprender que el cuidado de los mayores no nace únicamente del deber, sino del amor. Y si la naturaleza, con la sencillez de dos pequeñas aves, es capaz de recordarnos el valor de la gratitud y de la reciprocidad, quizá nosotros también debamos preguntarnos si los estamos atendiendo con ternura y amor para devolver todo aquello que un día recibimos de quienes antes nos cuidaron.
