Por: Daniela Marinela
Existe un arte incomprendido en la política moderna: la capacidad de exclamar “¡La patria no se vende, se ama y se defiende!” con un nudo en la garganta, la mano puesta sobre el corazón y, si el presupuesto lo permite, con un fondo musical sweeping que arranque lágrimas hasta al más escéptico.
Es poesía pura. Una puesta en escena que dejaría a los viejos dramaturgos griegos a la altura de un modesto libreto de telenovela vespertina.
El problema con los grandes eslóganes es que tienen la molesta costumbre de chocar contra la realidad. Nos juran que velan por la soberanía y la Constitución con un fervor casi franciscano. Sin embargo, en los pasillos del poder, da la impresión de que el fervor patrio rinde mejores frutos cuando se le sazona con un toque de pragmatismo terrenal… o con un aroma bastante pecaminoso a hidrocarburo.
Al final del día, financiar la pureza ideológica y los espectaculares de carretera no es barato, y el destino (o el Huachicol) siempre encuentra formas misteriosas de proveer a sus devotos.
Ahí tenemos, por ejemplo, el caso fascinante de la senadora Olga Sosa. Hay que reconocerle el mérito: su fe en el poder del marketing es conmovedora. Ha llenado las redes sociales de Tamaulipas de su rostro en una cruzada publicitaria de dimensiones faraónicas, apostando a que un buen encuadre y una iluminación magistral puedan reescribir la memoria colectiva.
Es la noble ilusión de creer que el juicio de la historia se puede pautar en redes sociales.
Pero la ciudadanía, siempre tan ingrata y desprovista de sensibilidad artística, insiste en recordar la película completa en lugar del tráiler editado.
Mientras la narrativa oficial busca retratar a una abnegada defensora de los causes sociales, el espectador promedio jura ver la clásica historia de la acróbata política: esa disciplina olímpica que consiste en saltar de bandera en bandera con la ligereza de una pluma, siempre garantizando una caída de pie en el presupuesto en turno.
Dicen los que saben que las anécdotas sobre sus desplantes de altanería se cuentan por cientos en el estado. Pero seamos justos: quizás no sea prepotencia, sino un incomprendido sentido de la aristocracia popular.
Alguien tiene que asumir la pesada carga de mirar de reojo a la masa mientras se le representa en el Senado, ¿no es así?
La senadora puede seguir recorriendo cada rincón de la geografía tamaulipeca, invirtiendo su esfuerzo (y sus recursos de origen metódicamente coloridos) en convencernos de que es la encarnación del pueblo. Sin embargo, el problema con las estatuas de bronce artificial es que la lluvia del tiempo siempre termina revelando de qué están hechas por dentro.
Y mientras la retórica continúe prometiendo cielos e historias patrióticas, el juicio colectivo —ese juez implacable que no acepta patrocinios— ya parece haber reservado un espacio muy particular en la trastienda del olvido para quienes confundieron la defensa de la patria con el beneficio del patrimonio.
Y en este tenor, acompañan a la Sosa, otras legisladoras que dieron esos saltos acrobáticos desde alcobas inmorales, aulas corrompidas y cabinas de locución donde la cumbia y el guara-guara importan más que los grandes problemas de la nación; pero de esas hablaremos muy pronto..!
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