Por Carlos Acosta
ESPIRAL DE LUZ
A veces me vienen atisbos de nostalgia. Recuerdo mi libro de origen, del que un día escapé. Cierro los ojos y veo la imagen del chico lector que dormía, cuando me escapé. Me asalta asomos de arrepentimiento. No obstante, echo un vistazo a lo caminado, a los libros en los que he podido entrar. Los personajes que he conocido y con quienes he conversado. El hecho de sentarme a platicar con ellos, escuchar sus opiniones, estrechar su mano, ha sido una emoción a tope. Saltar de un tiempo presente a un futuro probable y a un pasado cercano o lejano, son experiencias que no pudiera haberlas vivido de ninguna otra manera, a no ser por la visita al interior, a los personajes, a las palabras, de un libro.
Esta vez abro los ojos entre las páginas de un libro delgado, casi folleto. El título habla de una espiral como analogía del cotidiano vivir. Una espiral en donde cada círculo es el día que uno está viviendo. Me gusta pensar que es un ascenso. Quizás por el enunciado que nos remite a que esa serie de bucles, son de luz. En especial porque algo de esa luminosidad queda conmigo cuando leo algunas de sus líneas: “Aurora que despunta en otro sueño. Este amanecer es el final de un día. Somos animales cíclicos. Vamos y volvemos al origen de lo eterno. Un destello marca lo más alto del monte. Y ahí comienza el descenso hacia el abismo. Cuando el pecho queda vacío de turbulencias. Es señal de que ya se engendran otras. Cerrar una puerta es entrar a otra luz. Nunca seremos un lago de aguas quietas.” Luego de leer renglones como esos, puedo mirar el horizonte con armonía interior.
Aunque no veo al autor, algo en estas lecturas, me parece conocido. En especial en la parte en donde escribe: “Sólo quiero un abrazo. ¿Alguien podría acercarse y dármelo? Aclaro, no busco pareja ni noviazgo. Pero noche y silencio no han podido darme otro consejo. Gritan que lo necesito. Y yo les creo. ¿Amor? No estoy para sarcasmos. Sólo que en lo inmenso de la noche y en la monotonía de mis pasos, busco, no pareja ni noviazgo, ni amor ni parecidos insomnios. Solo busco un abrazo. ¿Alguien podría acercarse y dármelo?” En esas letras hay guiños y palabras que resuenan en alguna parte de mí. ¿Dónde está el autor?, pregunto a las letras. Silencio. Silencio.
Después, cuando me encuentro con el texto dedicado a la profesora de primaria, luego el de su hijo y el de su mujer, me parece que empiezo a sospechar acerca del autor. Al seguir caminando página tras página, hay un momento en que me parece verlo. Desde una sombra lejana dice: “Acuérdate de mí cuando llueva
Piensa que soy agua. El hombre es agua. Mira el horizonte poblado de hilos líquidos colgados de las nubes. Aspira hondo el sueño de la tierra húmeda. Y sal a correr a campo abierto. Siente cómo te abrazo y te despeino. Cómo a donde corres, voy contigo. Dime una canción de antaño. Y en el murmullo de la lluvia escucharás tu nombre. Luego vuelve a casa. Pero no quites el agua de tu cuerpo. Desde la ventana, en silencio, mira cómo escampa. Y dame un hasta luego.”
Antes de acercarme para estar cerca de él, leo dos o tres cosas. Entre ellas, los reveladores acrósticos, de los que soy capaz de leer dos: “Dueles aire escaso en la voz que te nombra. Inundar mi cuerpo es destino que no cumples. Sagrada imagen invisible a quien imploro. Neblina que me cubre, me aísla, me ahoga. Eres el silbo de la muerte en mis rendijas. Admonición de un más allá no respirable”. Y este otro: “Dime aire incapaz de llegar a donde sueño. ¿Inventas la muerte en cada inspiración? ¿Sabes del abismo donde yazgo si te invoco? ¿Nunca, es la palabra que cubre el minuto de tu adiós? ¿Encontraré un momento en que pueda perdonarte? ¿Abdicaré alguna vez y serás mi salvación?”
Me sorprende y no, verlo de cerca. Quien escribió este libro es alguien muy parecido a mí. Pongámoslo de esta manera: es el que fui hace treinta años. Siento que ahora, soy y no aquel chico que escribió con ligereza no exenta de osadía. No puedo negar que una ráfaga de loca ternura, por un momento, revuelve mis cabellos y enseguida se va. Antes de salir del libro para seguir mi viaje, no resisto la tentación de leer algo más. Y es esto: “En el áureo trigal de la tarde hay una espiga de oro. Nadie me lo dijo. Nunca la he visto. Simplemente lo sé. Y saberlo me mantiene vivo.”
