Sin recomendados… ¿será?
Los que tengan una mancha en sus antecedentes, advirtió con solemnidad el presidente del Consejo Estatal, Rómulo Pérez Sánchez, quedarán automáticamente fuera de la competencia. La popularidad, dijo el morenista a los aspirantes, no será suficiente para conseguir una candidatura.
La advertencia sonó fuerte: quien no cumpla con los estándares éticos y de honestidad será descartado, sin importar qué tan popular sea, qué tan cerca esté de las cúpulas partidistas o cuántos padrinos políticos pueda presumir.
También aseguró que no habrá lugar para los recomendados. Faltaba más.
Según explicó, la Comisión Nacional de Elecciones tendrá la última palabra y revisará con lupa los perfiles de los precandidatos, sus cuentas pendientes y hasta sus movimientos financieros, todo con la finalidad de impedir que los indeseables se cuelen por la puerta trasera de las candidaturas.
Muy bonito el discurso. Ahora falta ver si también aplica cuando el apellido pesa, cuando el teléfono de un poderoso suena o cuando aparece el clásico “este va porque es de los nuestros”.
Porque una cosa es pregonar la honestidad, la ética y la transparencia desde el micrófono, y otra muy distinta es sostener esos principios cuando llegan las presiones, los compromisos y los intereses de grupo.
Así que, para que no se hagan los occisos ni quieran pasarse de listos, quienes aspiren a alguno de los cargos que estarán en juego deberían ir entendiendo que las nuevas reglas —al menos en el discurso— vienen con candado.
El que tenga cola que le pisen, que ni se forme. El que arrastre expedientes incómodos, cuentas pendientes o demasiados favores por cobrar, que mejor vaya buscando otra ocupación.
Y a los padrinos políticos tampoco estaría de más recordarles que las candidaturas no deberían funcionar como herencia familiar ni como recompensa por lealtades partidistas.
Ahora viene la parte verdaderamente interesante: comprobar si la famosa lupa de la Comisión Nacional de Elecciones tiene el mismo aumento para todos o si, como suele ocurrir en la política, a unos les detecta hasta una mota de polvo y a otros ni siquiera les encuentra el elefante en la sala.
Porque si de verdad quieren desterrar a los indeseables, habrá que empezar por demostrar que nadie —por popular, recomendado, influyente o cercano que sea a las cúpulas— está por encima de las reglas.
De lo contrario, todo quedará en lo de siempre: mucho discurso de honestidad, mucha advertencia de dientes para afuera y, a la hora de repartir candidaturas, la vieja y conocida política de los favores.
Editorial
Sin manchas, ni recomendados
Los que tengan una mancha en sus antecedentes, advirtió el presidente del Consejo Estatal, Rómulo Pérez Sánchez, quedarán automáticamente fuera de la competencia. La popularidad, dejó claro el morenista a los aspirantes, no será garantía para obtener una postulación.
La sentencia fue contundente: quien no cumpla con los estándares éticos y de honestidad será descartado, sin importar su popularidad, sus relaciones políticas o su cercanía con las cúpulas partidistas.
Tampoco, aseguró, habrá espacio para los recomendados. La Comisión Nacional de Elecciones tendrá la última palabra y, de acuerdo con lo señalado, revisará exhaustivamente los perfiles de los precandidatos, sus cuentas pendientes y hasta sus movimientos financieros, con el propósito de evitar que se cuelen los indeseables.
Así que, para que no se hagan los occisos ni intenten pasarse de listos, quienes aspiren a alguno de los cargos que serán renovados en la contienda que está en puerta deberán tener muy claro que las reglas han cambiado.
Si no cumplen con los requisitos, será mejor que se dediquen a otra cosa. Porque, bajo las nuevas reglas de la competencia de la llamada 4T, las manchas en el expediente, los padrinazgos y las recomendaciones no deberían alcanzar para llegar al servicio público.
Ahora falta lo más importante: que esas reglas se apliquen parejo y que la lupa alcance a todos, sin excepciones ni privilegios.
