Yo tengo una amiga que estudió en la escuela 

Fecha:

 

“Artículo 123. Dr. Héctor Pérez Martínez

CARLOS ACOSTA

¡Por ahora el día está salvado! Como parte de La Cooperativa Cultural Mante, a nombre del grupo Té de Leer, hicimos la lectura del Relato “Bello capitulo de mi vida”, de mi autoría, homónimo del subtítulo del texto “Prisiones del Valle Nacional”, del muralista mexicano, Ramón Cano Manilla, en la Esc. Dr. Héctor Pérez Martínez. Una participación de lujo de los alumnos de Sexto A y B. Gracias, Eduardo Acosta, Ale Ayala, Paty Ríos, Alberto Polanco, Chole Mante. Gracias a la Escuela y su personal magisterial.

BELLO CAPÍTULO DE MI VIDA

1

Yo tengo una amiga que estudió en la escuela “Artículo 123. Dr. Héctor Pérez Martínez”, de la Colonia Obrera, en Ciudad Mante. Ahora, luego del paso de los años, cuando ella lo platica, dice que es lo mejor que le pasó en la vida y que no cambiaría por nada el haber estudiado aquí la primaria completa. Cuando habla de su escuela, se nota en su voz un timbre que denota nostalgia y alegría. Loida Eunice, es su nombre. 

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Ella, entró a primer grado cuando tenía seis años de edad. Venía del jardín de niños “Miguel Alemán”, que era parte de un plan educativo / cultural de la Sociedad Cooperativa de Ejidatarios y Obreros del Ingenio de El Mante, que incluía el Edificio Social Lázaro Cárdenas, que albergó el primer Instituto Regional de Bellas Artes en Tamaulipas, y el Salón de Actos de asambleas generales; el Teatro “Julián Carrillo”, único al aire libre en nuestro estado, construido con cantera rosa de San Luis Potosí, tierra del famoso músico creador del Sonido-13. Un edificio que pretendía ser el Casino Obrero y terminó siendo la actual escuela primaria “Carmen Serdán”. 

3

El proyecto incluía, La Alameda, canchas de tenis, frontenis, juegos infantiles, una plazoleta y área para caminar. Además, el parque de beisbol donde se jugó pelota profesional en los años cuarenta y cincuenta. Y desde luego, parte principal fue, y es hasta la fecha, la “Escuela Primaria Artículo 123. Dr. Héctor Pérez Martínez”. Desde el inicio fue construida de dos plantas. Con salón de música, amplios corredores y áreas de recreación. Todos los días la Cooperativa daba a los niños un vaso de leche, una pieza de pan y una fruta. Ningún niño, ningún obrero rendiría si no hubiera almorzado, decía el señor José Ch. Ramírez.

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Hablamos del año cincuenta y seis, del siglo veinte. Podemos ver a Loida Eunice portando el uniforme escolar. Es el mismo que hasta hoy se sigue usando. El de cuadritos azules y blancos. Ya desde entonces, en aquellos años, se exigía que la tela del vestido, en especial sus mangas, vinieran debidamente almidonadas. Es una niña tranquila, como cualquiera de las niñas que ahora escuchan este relato. Es alumna destacada. Tiene especial afecto y recuerdo del profesor Abel Ramírez Ramírez, quien en esos años fuera director de la escuela. Lo admiró toda su vida. Tanto, que ya en edad adulta, siendo fundadora del Suplemento Cultural Colectivo3, publicado en el periódico El Eco de Mante, tituló a su columna “Martes con mi viejo profesor”, retomando el título homónimo del libro del estadunidense Mitch Albom, publicado en 1997, y que ella dedicara precisamente al maestro Abel. 

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Le gustaba mirar los murales de la escuela. A ella no le daban miedo, a otros niños, sí. Durante el tiempo de recreo, Loida era proclive a salir al campito rojo y a la huerta, que están detrás de la escuela. Le atraían el verdor de los cañaverales, sus espigas, la exuberancia floral del huerto. Podría uno pensar que aquellas vivencias fueron su primer contacto con el gran espíritu de la naturaleza, que ya siendo adulta la llevó a ser una mujer de fe, congruente con sus estudios de Teología. También Loida, aquella niña de esta escuela, llegó a ser traductora simultánea de inglés a español, lo que la llevó a tener intervención como observadora a nombre del Comité Mundial de Consulta de los Amigos o cuáqueros en octubre de 1978, nada más y nada menos que en el mayor organismo internacional del mundo, Organización de las Naciones Unidas. 

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A la escuela íbamos en horarios de mañana y tarde, cuenta Loida. Conservo varias amigas de la primaria: Patricia León Villanueva, María Antonieta Gómez González. Con cierta nostalgia, de la que no es dolorosa, platica que jugaban a saltar la cuerda, a la matatena, a las rondas. Los niños, al trompo, balero, yoyo, canicas. Los días miércoles podían ir en ropas normales, descansaban del uniforme. 

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Ella nos platicó que finales de mil novecientos cuarenta. El gerente del Ingenio, el señor José Ch. Ramírez, a quien se debe la construcción del complejo social y cultural referido que tanto impactó en el desarrollo de la ciudad, invitó al pintor veracruzano, Ramón Cano Manilla, para colaborar en su proyecto. El artista plástico hizo una obra sobresaliente: pintó seiscientos cincuenta metros de murales al fresco y al temple. Este hecho tiene relevancia porque algunos de esos murales los plasmó precisamente en los pasillos de las escuelas, primaria “Dr. Héctor Pérez Martínez” (Ignorancia y Cultura), secundaria “Ávila Camacho” (La evolución de la vida. Lección de anatomía. Distintas culturas. El hombre y la ciencia), y en el IRBA (Estampas de vida colonial y danzas de México, en especial de Yucatán y Veracruz).

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Loida terminó la primaria en el 1962. Su graduación fue en la propia escuela. En una ceremonia sencilla en la cual le entregaron sus calificaciones y el certificado. Un recuerdo recurrente para ella es este: En el programa nacional para la erradicación del paludismo, el gobierno fumigaba la ciudad, incluida la Colonia Obrera, con una sustancia llamada Malatión. Al ver a la camioneta que llevaba una bomba y de ahí escapaba en forma de vapor el Malatión, los niños -Loida entre ellos- corrían detrás y gritaban “¡el humo, el humo!” Para ellos era un juego correr entre esa nube, sin saber que aquella podría afectar sus vías respiratorias. 

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Otro recuerdo entrañable para ella es el siguiente: el ingenio tenía un trenecito con su campana, en el cual paseaba niños de manera gratuita y los llevaba de la Colonia Obrera a la entonces lejana Ciudad Mante. A ella le gustaba hacer ese paseo. Sentía que se iba lejos. Quizás ahí nació su fascinación por los viajes. Por su desempeño como traductora, mi amiga ha recorrido medio mundo. Lo hizo cuando las líneas aéreas no estaban tan a la mano como ahora. 

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Loida, ama a El Mante, su tierra natal. Sus recuerdos son interminables. Menciona, las primeras julias de la ciudad. Salían de las oficinas del Ingenio. Dos autobuses, “La Chata” y “La Trompuda”, les decían los niños. Llevaban a los estudiantes que iban a la secundaria “Ávila Camacho” o a la “Técnica Francisco Nicodemo”, que estaban allá, en la ciudad. 

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Loida, quien en una época fuera la Cronista de la ciudad. Cronista es quien guarda por escrito la memoria, lo que sucede, en una comunidad. Ella sigue contando: Ramón Cano Manilla, originario de Veracruz, creó un fuerte arraigo en El Mante. Escribió “Prisiones de Valle Nacional” (Bello capítulo de mi vida). Es un libro que relata su cautiverio en Valle Nacional, Oaxaca.

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Durante el Porfiriato, ese lugar cobró notoriedad por ser un centro de trabajo forzado donde los presos y descontentos políticos eran sometidos a explotación extrema en los plantíos de tabaco. El subtítulo (Bello capítulo de mi vida) contrapone la dureza de la prisión con la capacidad del autor para rescatar la belleza, el aprendizaje humano, la dignidad y el sentido del arte aun en medio del maltrato.

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Mi amiga, conoció al maestro Cano Manilla. Convivió con él. Fue su profesor. Le dio clases de dibujo y pintura. El maestro Cano, formó a muchos pintores mantenses, algunos de los cuales -Gustavo Sánchez Tudon, Lucio Tenorio, Hiram Cespedes Cabriales- han llegado a destacar en el ámbito nacional. Loida los conoce. Con varios de ellos tiene muy buena amistad.

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Se puede decir que hay un punto donde coinciden el maestro Cano Manilla y Loida Eunice: en el subtítulo del libro del muralista, con los días de escuela primaria de mi amiga. Y que por esa razón se usa como título de este relato: Bello capítulo de mi vida.

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Yo, que la conozco hace treinta años, he aprendido a quererla como se quiere a los amigos de toda la vida. Tanto, como para que yo venga aquí a contar este relato que, entre otras cosas, quiere ser amable -amable: de amabilidad; y amable: digno de amarse- y el cual empezó diciendo: Yo tengo una amiga que estudió en la escuela “Artículo 123. Dr. Héctor Pérez Martínez” de la Colonia Obrera, en Ciudad Mante. Ahora, luego del paso de los años, cuando ella lo platica, dice que es lo mejor que le pasó en la vida y que no cambiaría por nada el haber estudiado aquí su primaria completa. Loida Eunice, es su nombre. 

Carlos Acosta.

Septiembre 2026. 

 

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