CÓDIGOS DEL PODER

Fecha:

Leer la mente.

David Vallejo.

Terry le dice “I love you” a su esposa y ella vuelve a escucharlo con claridad. La voz sale de una computadora, pero las palabras nacen de su intención de comunicarse. La esclerosis lateral amiotrófica, ELA, ha deteriorado su habla hasta volver difícil comprenderlo. En la escena difundida por Neuralink en septiembre, un implante experimental permite que una frase cotidiana recupere todo su significado. La tecnología hace audible lo que Terry quiere decirle.

El sistema registra señales de la región cerebral relacionada con el habla y aprende a reconocer sus patrones. Según Neuralink, Terry entrenó primero intentando articular las palabras y después pensándolas. Un programa las convierte en una voz sintética que reproduce la suya. Entre la intención y el sonido intervienen electrodos, algoritmos y entrenamiento. Se trata de palabras que quiere comunicar dentro de un sistema entrenado para esa tarea, lejos de una lectura libre de sus pensamientos.

La posibilidad de conversar mediante estas interfaces empieza a sostenerse durante miles de horas fuera del laboratorio. Casey Harrell, también con ELA, utilizó en su casa un sistema desarrollado en la Universidad de California en Davis durante más de 3,800 horas, con casi dos millones de palabras registradas. Pudo conversar, trabajar y manejar su computadora. Los cuidadores todavía deben preparar el equipo e iniciar el programa, pero después Casey puede utilizarlo de forma independiente. Es la diferencia entre depender de que alguien interprete una necesidad y poder expresarla.

La investigación también avanza en sentido contrario, llevando información hacia el cerebro. En Nueva York, un hombre con tetraplejia consiguió alimentarse y sujetar una cáscara de huevo vacía con su propia mano, asistida por estimulación y un soporte robótico. La actividad cerebral indicaba la intención de agarrar, la inteligencia artificial ajustaba la fuerza y la estimulación de la corteza cerebral proporcionaba sensaciones de contacto.

Sostener aquella cáscara exigía una delicadeza que ayuda a comprender la dificultad del experimento. Para agarrar algo necesitamos ordenar el movimiento y recibir información sobre lo que tocamos, ajustar la presión, sentir cuándo basta. El estudio, publicado en julio en Nature Medicine, consiguió reunir esas funciones en una persona. Todavía requiere equipos y asistencia especializada, pero demuestra una posibilidad que merece detenerse a imaginar.

Algunos dispositivos ya han obtenido autorización para usos específicos. China aprobó en marzo un sistema implantable que permite controlar un guante de asistencia al agarre para determinados pacientes con lesión medular. Por otra vía, Science Corporation anunció en julio el marcado CE europeo de PRIMA, un implante de retina destinado a personas con una forma avanzada de degeneración macular. En su ensayo, 27 de los 32 participantes evaluados al año reportaron poder leer letras, números o palabras en casa utilizando el dispositivo y unas gafas especiales.

El 5 de octubre, la compañía comunicó resultados de seguimiento a tres años, presentados en un congreso de especialistas en retina. De los 38 participantes implantados originalmente, 18 fueron evaluados para medir la eficacia en ese seguimiento y 14 alcanzaron una mejora de al menos 15 letras en la prueba de agudeza visual. El grupo evaluado es pequeño y estos datos proceden de una presentación científica, pero aportan información sobre una cuestión decisiva, cuánto puede durar el beneficio.

Conviene conservar la proporción de estos avances. Son tecnologías distintas, con indicaciones concretas, riesgos quirúrgicos y resultados que todavía necesitan seguimiento. La demostración de Terry pertenece a un ensayo experimental, mientras otros sistemas han superado etapas regulatorias para aplicaciones delimitadas. El asombro merece información precisa, especialmente cuando puede convertirse en esperanza para una familia.

La investigación que da título a esta columna ocurrió en Stanford. En 2025, un equipo logró decodificar palabras imaginadas en participantes con implantes cerebrales. Los experimentos tenían condiciones específicas y estaban lejos de permitir una lectura fiel de los pensamientos libres. Aun así, plantearon una pregunta que conviene atender desde ahora. ¿Cómo asegurar que una persona comunique únicamente aquello que desea compartir?

Con una participante ensayaron una contraseña imaginada para activar la decodificación. Antes de abrir la comunicación, ella debía imaginar una contraseña previamente establecida. Era una protección experimental, todavía insuficiente para garantizar por sí misma la privacidad, pero contenía una idea fundamental. Recuperar la capacidad de hablar debe preservar también la decisión de guardar silencio.

Chile incorporó a su Constitución la protección de la actividad cerebral y de la información que produce. California incluyó los datos neuronales entre la información personal sensible y la UNESCO adoptó en 2025 una recomendación sobre la ética de estas tecnologías. Convertir esos principios en garantías exige definir quién accede a los datos, con qué consentimiento y para qué puede utilizarlos.

También habrá que responder qué sucede cuando un implante falla, termina un ensayo o la empresa deja de sostener el servicio. Una persona que recuperó la comunicación necesita mantenimiento, actualizaciones y acompañamiento. Para México, discutir el acceso y la continuidad de estos sistemas debe formar parte de la misma conversación que su seguridad y la protección de los datos.

Hay motivos para maravillarse con quienes dedican años a devolverle a alguien una palabra, una sensación o la posibilidad de leer. En ese trabajo encuentro una esperanza concreta, hecha de conocimiento, perseverancia y cuidado. Que Terry pueda decirle a su esposa cuánto la ama y que cada persona conserve la llave de su propio silencio.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y los dueños del pensamiento lo permiten.

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