Para Diablito
MIGUEL ÁNGEL VILLALOBOS GÓMEZ
Así me esperaba, con su mirada expectante y su amor incondicional. Parecía tener un reloj interno, cuando iba a dar la hora de llegar a casa, ella se posicionaba, tomaba su lugar en la ventana o ponía su camita frente a la puerta. Reconocía el sonido del carro y comenzaba a agitar su colita con una gran alegría. A veces llegaba sin que se diera cuenta, escuchaba mi voz y salía a buscarme para hacerme una fiesta. Cualquier comida que terminaba, desayuno, almuerzo, comida o cena, cuando lavaba mi plato y daba los últimos sorbos de cualquier bebida, era una señal para hacer cabriolas pidiendo que la sacara a pasear.
Era una ternurita, con más, de lo que llamamos humanidad, que muchos de nosotros. Fue madre dos veces antes de que fuera esterilizada por problemas de un cáncer contra el que lucho valiente hasta vencerlo. Cuidó a sus hijos y los mimó cediendo su propia comida para ellos, los veía todo el tiempo cuando eran bebés y, cuando uno de ellos desaparecía de su vista, corría a buscar nuestra ayuda, nos llamaba y los olía a todos y luego nos miraba como anunciando: falta uno.
Nunca perdió su instinto maternal. Adoptó, como suyos a varios bebés. Un pajarillo que lloraba herido en la banqueta, ella lo cuidó hasta que pudo volver a volar y después le dijo adiós con su mirada triste pero altiva y orgullosa.
Una ardillita que perdió a su madre, cuando cayó del viejo árbol de mango donde quedó una parte de mi infancia, también fue adoptada durante unos días hasta que vinieron a llevársela manos especializadas. Dos tlacuachitos que perdieron a su madre fueron rescatados por ella y alimentados por nosotros, solo permitía que los tocáramos cuando iban a comer, ninguna otra ocasión, hasta que fuimos a entregarlos para que los llevaran a una reserva, no sabemos dónde, pero, cuando llegamos a casa, ella aún los buscaba hasta que entendió que se habían ido definitivamente.
Cuando tuve que estar fuera de mi ciudad un largo tiempo, ella sobrevivió a mi ausencia, se emocionaba con las llamadas que les hacía por el WhatsApp, no así el negrito que, cuando escuchaba mi voz, no veía el teléfono, sino que corría para el patio porque pensaba que ya llegaba, y que, finalmente, murió de tristeza.
Durante diecinueve años y algunos meses fue la alegría de nuestra casa, a veces, como estos días, la tristeza. Su corazón, noble y bondadoso, dejó de latir, repentinamente, como su espontánea alegría cuando escuchaba la voz de alguno de los que amaba. Llegamos del paseo que exigía después del almuerzo, cuando volví al trabajo me llamó mi hija: -papá, la muñeca se cayó. -De dónde. -Se desvaneció. Regresé, Estaba en sus brazos, la cargué le di masajes en su pecho, le di de mi respiración, intentó reaccionar, salí por un momento, mi hija, que había entendido que se iba, le dijo: todo va a estar bien, ve en paz. Dejó de luchar, cerró sus ojitos y descansó. Se escribe en muy poco espacio, pero decir diecinueve años de su alegría y el amor de toda su vida, es muy difícil resumirlo en unas pocas letras.
Voló al fondo del pecho donde habitan todos los amores. Sobrevivió a mi ausencia. Debemos sobrevivir también.
Quedan en el tintero muchos días, pero todo lo que nos diste y todo lo que nos enseñaste se queda aquí, con nosotros, sin ti, pero contigo. Te extrañamos. Hasta siempre Diablito.
